12-El detector de tontos

-No puedo creerte, Abdellah. Mira, yo soy una rata de biblioteca, no un conspirador ni un asesino ni un loco. Mírame. ¿Tú crees que yo podría llevar una vida de crimen? Pero si me dan miedo las arañas…
-No importa lo que aparentes ser. Acuérdate de mi coche. Déjame que quite las esposas, parece que no van a ser necesarias.
-Gracias.

Gregorio apuró su taza de café de un trago, se levantó para estirar las piernas y la dejó sobre la mesilla de noche. En ese momento entró Liria en la habitación. Llevaba un revolver absurdamente grande en su mano izquierda. Colocó una silla y se sentó junto a Abdellah con las piernas cruzadas sin mediar palabra, mirándole atentamente.

-Hola Liria- dijo Gregorio.
-Hola, Don Gregorio- saludó Liria con frialdad.
-Gracias por tus cuidados. No siento ningún dolor en el hombro. No sé…- Gregorio se pasó la mano por la barbilla. Apenas tenía barba. Eso le alivió, últimamente su manera de medir el tiempo era muy poco ortodoxa y estaba entre enfadado y asustado por perderse días completos sin saber cuántos.
-Tranquilo, ha dormido sólo unas horas- contestó Liria como leyéndole el pensamiento.

El silencio se adueñó de la espartana habitación. Fuera, incluso los pájaros habían hecho una pausa en su incesante parloteo. El viento pareció dejar de soplar y quedó sólo el murmullo lejano del arroyo.

-Verás, Abdellah, en cuanto a tu pregunta…
-Calla.
-No, en serio, Abdellah, quiero responderte.
-Calla, ¿no lo oyes?
-No se oye nada.
-Exacto. Calla. Hay alguien ahí fuera.
-Liria.

Liria ya estaba tirando de Gregorio hacia el suelo. Le obligó a tumbarse mientras ambos se parapetaban en la ventana. El silencio seguía siendo omnipresente. Abdellah, sacó un smartphone del bolsillo y manipuló rápidamente en la pantalla hasta localizar la aplicación de videovigilancia. Torció el gesto contrariado y le enseñó la pantalla a Liria. Ella le miró con los ojos muy abiertos. Él hizo un gesto con la barbilla hacia arriba y Liria salió de la habitación reptando sin hacer ningún ruido.

-Gregorio, ven aquí, pero no te levantes- pidió Abdellah con urgencia.
-¿Qué pasa?- preguntó Gregorio intentando arrastrarse como Liria pero dando la impresión de ser un cocodrilo que había tragado demasiadas piedras y ahora se había quedado frío.
-Hay alguien ahí fuera.
-Pero si no se oye nada.
-Ese es el problema. Este sitio está lleno de vida, siempre se oye trino de pájaros, alguna lechuza, jabalíes hozando por el bosque. Sólo callan cuando viene alguien.
-Vaya, como una alarma silenciosa.
-Más o menos. Mira.- le tendió el smartphone.
-¿Qué es esto?
-Las cámaras de videovigilancia de la finca. Observa.
-No veo nada.
-Fíjate bien.

Gregorio se fijó en la pantalla y de repente se movió un arbusto. Entonces pudo adivinar la figura de un hombre armado tumbado en el suelo. Estaba cubierto de maleza o algo parecido y tenía un rifle de francotirador ante él, también camuflado.

-Desliza el dedo por la pantalla, Gregorio.

Gregorio lo hizo y vio un grupo de soldados en otra cámara que se movían hacia la derecha con sumo sigilo, muy despacio, evitando pisar algo que no fuera hierba. Siguió deslizando y vio más soldados.

-Nos están rodeando, Gregorio. Por qué no lo sé. Quién los manda, tampoco lo sé. Tampoco sé si te quieren vivo o muerto.
-¿Y qué hacemos?
-Defendernos, por supuesto. No son muchos, apenas veinte. Creo que nos van a tantear o quieren que salgamos corriendo, y eso no va a pasar. Si salimos corriendo será muy fácil que nos cojan. Vamos a acabar con ellos y a salir de aquí cagando leches por donde no se esperen. Vístete, rápido. Abre ese armario, hay ropa de caza y botas de montaña. Abrígate bien.
-¿Qué vas a hacer?
-Lo primero es acabar con el francotirador. Está a ciento cincuenta metros aproximadamente. Para él somos un blanco fácil si nos ve. Para nosotros es un poco más complicado. ¿Has disparado alguna vez?
-¿Yo? Si te vale el tiro al blanco en la feria del barrio…
-Bueno… tendrá que ser suficiente. Espera aquí, vístete y no te asomes a la ventana bajo ningún concepto, oigas lo que oigas.

Abdellah salió gateando y desapareció. Gregorio hizo lo que le mandó el marroquí. Se vistió con ropa cómoda y abrigada. Tenía sentido, si iban a salir de la casa no podía ir en pijama y alpargatas. En la parte trasera de la casa se oyó un ruidoso traqueteo. Una puerta metálica con ruedas se estaba abriendo. Al momento se oyeron ladridos. Muchos ladridos de perro grande. En el piso de arriba Gregorio escuchó un ruido metálico, un arrastrar de un mecanismo engrasado. Lento, metódico.

Gregorio se ajustó el cinturón del pantalón y corrió junto a la ventana. Recuperó el smartphone y vio unos enormes mastines corriendo por el campo, buscando un rastro. Unas patas pesadas pisaron cerca de la ventana y oyó cómo husmeaba. El perro rascó con la uñas en las hojas de la ventana.

-¡No, vete!- dijo Abdellah con tono autoritario. El mastín se marchó inmediatamente.
-¿Y esos perros?
-Son los mejores soldados con los que contamos ahora mismo. Van a hacer que el enemigo delate su posición.
-¿Y después?
-Tiro al blanco, Gregorio. Dame el teléfono.
-Toma.
-Mira, esta cámara está sobre el tejado. Si algún soldado pasa de aquí- dijo señalando una alambrada- tenemos que pararlo nosotros porque está fuera del alcance de Liria. Toma. Es un M16. Ya tiene el seguro quitado. Tienes treinta tiros. Ten cuidado y no hagas ninguna tontería. Sé que he dicho que si no averiguo qué pintas en todo esto te mataría, y es verdad. Pero aún tengo que averiguar qué es lo que quieren de ti. Creo que no podemos preguntarles a estos señores qué desean, así que te sugiero que nos eches una mano y que apuntes en la dirección correcta.
-Pero…
-Ya, no quieres matar a nadie. No es necesario. Apunta a las piernas. Aunque acertaras en alguna arteria, no moriría inmediatamente.
-¿Y el francotirador?
-Eso es cosa de Maday y Rayco.
-¿Quién?
-Dos presas canarios. Están entrenados para buscar ciertos olores y no atacan a humanos que corran, sólo atacan si estás quieto. Míralos, aquí van.

Abdellah le enseñó en el teléfono cómo los dos perros corrían como misiles en dirección al bosquecillo frente a la casa. De vez en cuando bajaban el hocico y apretaban el paso.

Sonó un disparo solitario. En la pantalla del teléfono se veía al francotirador recargando. Había fallado por milímetros a uno de los presa canario. Los perros corrigieron la trayectoria y se lanzaron hacia el origen del disparo. En segundos localizaron al soldado y se abalanzaron sobre él, arrancándole el camuflaje y la ropa a bocados. El soldado se las arregló para rodar y encaramarse precariamente por el tronco de un pino.

-¿Ves? Arreglado- le dijo Abdellah a Gregorio.
-Vaya. Espero que ese pobre hombre no se caiga.
-Eso espero yo también. Lo matan.

Empezaron a escucharse detonaciones a ambos lados del bosquecillo. Los perros corrían tras los soldados, que retrocedían disparando a los animales. Enormes mastines de cien kilos rugían y vertían espumarrajos por la boca, pero se mantenían a cierta distancia de los soldados. Algunos soldados abrieron fuego y alcanzaron a uno de los perros que cayó de lado con un gañido.

En cuanto los soldados estuvieron al descubierto, desde el tejado de la casa rugió un tableteo pausado y monocorde. Inmediatamente los soldados comenzaron a caer al suelo desmadejados. El suelo explotaba en volcanes de tierra y piedras. Los que no eran alcanzados por la ametralladora pesada se tiraban al suelo buscando refugio.

Por el otro flanco los soldados comenzaron a disparar hacia la casa. El tableteo paró un momento y a continuación comenzó de nuevo con su cadencia monótona y destructora. De nuevo, los soldados que no volaban, se tiraron al suelo. Abdellah asomó la cabeza por primera vez y disparó unas ráfagas. Gregorio seguía el combate desde la pantalla del smartphone, temblando como una hoja.

La ametralladora pesada hacía casi todo el trabajo, pero mientras ésta barría un flanco, Abdellah atacaba a los soldados que se movían en el otro hasta que el silencio volvió a apoderarse de la finca.

Abdellah silbó y los perros avanzaron. Pasaron por donde los soldados habían caído y se pararon sobre los cuerpos de algunos de ellos, rugiendo con fiereza.

-Marcan los vivos. Esos de ahí no se van a mover. Ven.
-¿A dónde?
-Vamos a saludar.
-Preferiría quedarme aquí, si no te importa.
-Como quieras. Luego tendrás que creer lo que yo te cuente, ¿no te parece?

Gregorio lo pensó un momento y le siguió. La casa era muy sencilla. Además de la habitación en la que Gregorio se había despertado, había una habitación más que hacía las veces de sala de estar y de cocina. Los muros eran de piedra vista y de madera. Una escalera subía a la planta alta y por ella descendía Liria a paso ligero. Vio a Gregorio con el fusil de asalto en las manos.

-Don Gregorio, mire. El seguro hay que ponerlo así. Y apunte al suelo mientras lo lleve encima. Con las cosas de matar nunca se sabe. Gracias por ayudarnos.
-¿Ayudaros? ¡Pero si no he hecho nada!
-Bueno, no ha intentado matar a Abdellah, eso significa que está en nuestro bando, ¿verdad?

Abdellah le miró con una sonrisa pícara.

-A veces en combate se pueden averiguar muchas cosas. No has gastado ni uno solo de tus treinta tiros de fogueo intentando matarme. De momento eso es suficiente para nosotros. Vamos a ver qué podemos averiguar.

Salieron de la casa. Definitivamente aquello no era Málaga. La casa, de dos plantas estaba encajada en el medio de dos riscos cortados a pico y cada milímetro de superficie que no fuese de dura roca estaba cubierto de vegetación de un color verde intenso. Detrás de la casa se veía un almacén con el techo metálico y muros de hormigón prefabricado, un par de quads y un viejo Mercedes 200 con unos neumáticos de apariencia impoluta y muy cara. Un camino salía de la pequeña hacienda hacia el bosquecillo, cruzando una alambrada y descendía de la montaña haciendo eses.

Abdellah y Liria avanzaron por el camino escrutándolo por las miras de sus rifles. Se dirigieron primero al flanco derecho, donde dos perros marcaban la posición de dos soldados vivos. Los demás animales correteaban por el campo como si no hubiese pasado nada, se acercaban a saludar a Abdellah o a Liria y a olisquear a Gregorio. Eran animales impresionantes, limpios y cuidados, la cabeza de la mayoría de ellos pasaba bien de largo la altura de las caderas de Gregorio.

Por fin llegaron a los soldados. Gregorio no pudo mirar sino de hito en hito. El olor de la sangre lo inundaba todo y los soldados estaban desparramados por el suelo como marionetas rotas, en posiciones imposibles. Algunos aún respiraban, pero no parecía que fueran a hacerlo por mucho tiempo. Estaban boca abajo y la sangre les manaba a borbotones.

-Fíjate bien, Gregorio. Ni un distintivo. Ni una bandera. Las armas no son reglamentarias de ningún cuerpo del ejército español ni de la policía o la Guardia Civil. Está claro que estos muchachos no estaban de maniobras. Vamos.

Se dirigieron hacia el bosquecillo, en busca del francotirador. Lo encontraron enseguida. Los perros se desgañitaban al pie del pino al que se había subido el soldado.

-¡Rayco! ¡Maday!- llamó Liria a los perros. Los dos dejaron inmediatamente su objetivo y fueron a jugar con Liria como dos cachorros. Liria los colmó de caricias y de besos y les dio unas chucherías de su bolsillo.

El francotirador no parecía tener intención de bajar. Abdellah apuntó al árbol y disparó un palmo por encima de la cabeza del hombre.

-Baja. Ya.

El hombre comenzó a bajar con cuidado. Su uniforme estaba hecho jirones y tenía varias mordeduras en los muslos y los brazos, aunque no parecían graves.

Gregorio miraba la escena incrédulo. El hombre, semidesnudo y cubierto de tatuajes, se mantenía erguido ante Abdellah. Liria le apuntaba con su rifle mientras Rayco y Maday estaban sentados tranquilamente a ambos lados de la mujer. Gregorio sujetaba su rifle con el cañón apuntando al suelo como le había enseñado Liria sin saber qué cara debía poner.

-Quién os manda- preguntó Abdellah sin inflexión en la voz.
-No diré nada- dijo el hombre con acento inglés.
-Veo que no te han informado bien. Mi nombre es Abdellah Belhaj. Ella es Liria Parisi. Eso no te lo habían contado. Él es tu objetivo.

El hombre abrió mucho los ojos, como si le acabasen de comunicar que el aire es venenoso para los ingleses.

-Bien, ahora ya nos conocemos, por lo que veo. Te lo preguntaré sólo una vez más. ¿Quién te envía?

El hombre bajó la vista.

-No puedo decir nada. Ellos matarán.
-Te matarán. ¡Rayco!

El perro corrió al lado de Abdellah.

-Elige cómo quieres morir: despedazado ahora o de un tiro en la cabeza si te atrapan. ¿Quién os envía?

El hombre se debatía internamente entre ambas opciones. Sus manos temblaban y al final cayó de rodillas.

-Areces. Luis Areces-musitó el soldado. Abdellah miró a Gregorio.
-Luis Areces, Gregorio.
-No… no puede ser… Luis es mi amigo. No, no, no… Luis no…

La cabeza le daba vueltas a Gregorio. ¿Por qué? ¿Por qué primero le salva la vida y luego quiere matarle? ¿Por qué? Gregorio se acercó con paso tembloroso al soldado.

-Por… ¿por qué quiere matarme Luis?- le preguntó al hombre.
-¿Matar? Órdenes ser capturar vivo a usted y esconder. Sin uno little wound.
-Vaya- terció Abdellah-, parece que Luis ya no confía en mi. A partir de ahora habrá que sacar el localizador GPS que escondió en tu ropa y que piensa que no hemos descubierto.
-No entiendo nada, Abdellah. ¿Por qué me manda contigo y luego manda a alguien a matarte?
-No sé. Tal vez porque el plan era ir a Málaga y saltar a África si la cosa se ponía muy fea. Tal vez porque así podría negociar con Márquez: tu vida y además la muerte de su ex asesino a sueldo bien merecerían una gratificación. Tal vez sea otra cosa, Gregorio, pero me temo que este caballero no nos lo va a poder explicar ahora mismo.

El soldado negó con la cabeza enérgicamente. Obviamente no sabía nada más.

-Una par de cosas más, amigo. ¿Cuánto os pagaban?
-Tres millones cada uno.
-Vaya, sesenta millones. No está mal. Por lo menos no me siento insultado.

Liria rió divertida.

-Y por último. ¿Traéis refuerzos?
-Sí señor.
-¿Dónde están?
-Camino abajo, junto a carretera. Convoy con compañeros. Muchas armas.
-¿Cuántos compañeros?
-Veinte más.
-Vaya. Ciento veinte millones. Gregorio: tu amigo juega en la liga profesional.

Gregorio no era capaz de articular ni una sola palabra. Su mujer y su hija estaban atrapadas entre dos psicópatas y lo único que él podía hacer era confiar en una pareja de asesinos. Un paso en falso y ambas podrían morir.

-Perdona, amigo, ¿cómo te llamas?- le preguntó Abdellah al soldado.-
-Tyler.
-Bien, Tyler. Te diré lo que vas a hacer. Vas a salir cagando leches camino abajo y vas a decirles que hemos escapado. Luego puedes hacer lo que quieras: seguirnos e intentar matarnos o convencerlos de que es mejor seguir siendo pobres. Pobres y vivos. Vete.
-¿Puedo ir?
-Sí. Vete antes de que me arrepienta.

El soldado reculó desconfiado hacia el camino y cuando se creyó a salvo salió corriendo como alma que lleva el diablo.

-Vamos, tenemos que irnos, dijo Abdellah.

Volvieron a la casa y cargaron en los quads provisiones, ropa limpia y armas. Abdellah guardó el coche y encerró a los perros. Después montaron en los quads y salieron a toda velocidad dejando marcas de ruedas en el suelo.

Enfilaron hacia un estrecho camino escondido detrás de la finca, embutido entre dos paredes de piedra. Pararon un poco más adelante y bajaron de los quads. Introdujeron unos paquetes de color naranja en unos agujeros excavados en la roca y los conectaron a unos cables terminados en una especie de broche plateado.

-¿Qué era eso?
-Un detector de tontos. No te preocupes, Gregorio.

Continuaron su camino y a los pocos minutos coronaron un risco desde el que se divisaba la finca. La tierra tembló y llegó el ruido de una explosión. Una columna de polvo se levantó a lo lejos.

-Vaya, el detector de tontos funciona perfectamente.
-¿Era una bomba?
-Qué va. Eran dieciocho bombas. Parece que habían decidido seguirnos. Ahora tienen una montaña de problemas.

Liria sonrió mientras arrancaba el quad.

-Sigamos, Gregorio. Me temo que tendremos que escondernos un poco mejor e intentar averiguar qué pieza eres tú en esta partida. Debemos solucionar esto.
-Solucionarlo- dijo Gregorio mirando cómo se asentaba el polvo a lo lejos muy poco a poco-. Para eso primero tendríamos que entender el problema. Y no tenemos ni idea de en quién confiar.
-Don Gregorio- intervino Liria-, un camino largo no se anda en un día. Paso a paso. Confíe en nosotros.
-No te lo tomes a mal, Liria, pero ¿por qué debería confiar en vosotros?
-Porque el destino le ha puesto en nuestras manos. Su familia está en peligro. La nuestra también. Queremos recuperar nuestras vidas y puede que usted sea la clave.
-¿La clave?
-La única forma de recuperar nuestras vidas es acabando con Márquez. Él y su amigo Luis le están buscando y parece que vale usted más vivo que muerto. Así que podemos tentarles y que comentan algún error. Esa es mi esperanza y la de Abdellah.
-Así que soy un cebo.
-Si quiere llamarlo así- dijo Abdellah-… Para nosotros es usted la persona más importante del mundo.

  si te gustó y quieres apoyarme.

14 opiniones en “12-El detector de tontos”

  1. Un buen día para tener un capítulo de Crisis cuando tienes un día malo. Gracias Wardog¡ como siempre de lujo y nos tienes intrigados¡ Escupe el libro que lo compremos de una vez¡ jajaja
    Animo¡¡

  2. Que te voy a decir, el Tarantino que llevas dentro , junto con esa pizca de Guillermo Tel y algo de Rambo lo está haciendo verdaderamente interesante y adictivo, el nivel es excelente, bueno, muy bueno

    1. Wardog, disfruto tanto leerte!
      Devoro tus textos como si fueran discos de mí banda favorita. Los leí y releí cientos de veces en quien sabe ya cuántos años y ahora empezaste está historia tan atrapante, tan divertida, llena de acción y misterios. Espero con ansias el próximo episodio.
      Un gran abrazo desde Buenos Aires.

      PD: ¿escuchaste hablar de la revista Orsai, de Hernán Casciari? Quizás te resulte interesante ese proyecto.

  3. Muy bueno, muchas gracias 🙂

    Unos fixes que he visto:

    Abdellah y Liria avanzaron por el camino escrutando el camino por las miras de sus rifles. De dirigieron primero al flanco derecho, donde dos perros marcaban la posición de dos soldados vivos.

    Abdellah y Liria avanzaron por el camino escrutándolo por las miras de sus rifles. Se dirigieron primero al flanco derecho, donde dos perros marcaban la posición de dos soldados vivos.

  4. Me encanta la historia. Pierdo un poco el hilo con el tiempo q tarda en salir el siguiente capítulo pero en seguida me reencuentro. Aún así no te apresures y sigue haciéndolo así de bien!!
    Estoy intrigado con como sigue la línea del futuro y como convergerán ambos argumentos…
    Apoyo lo del libro!!

    Por cierto, una corrección en “tentarles y que comentan algún error”
    Será “cometan”

    Ah! Y echo de menos a Wardog

  5. Detector de tontos es cada vez que entramos en el enlace a ver si hay algo nuevo, y cuando hay algo nuevo sorpresa, cuando no… Se nos queda cara de tontos jejeje

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