13-El ángel

Abrió los ojos con mucho esfuerzo. Caía la tarde. Podía adivinar la línea del horizonte tras antiguas montañas, redondeadas y casi vencidas por la erosión. Recortadas contra una suave luz rosada, la silueta de pequeños bosquecillos dispersos se veía negra a contraluz. Del más cercano voló un pájaro hacia otra percha un poco más allá y su silueta desapareció fundiéndose en el negro de la copa del árbol. Los murciélagos revoloteaban de un lado a otro sin parar.

Jirones de nubes atravesaban un cielo imposible, un atardecer rojo y malva rematado por un añil profundo en lo más alto. Jamás había visto un cielo igual en su vida. Quiso incorporarse pero no pudo. Un dolor infernal le atenazaba el pecho. Quiso gritar, pero no tenía aliento. ¡No podía respirar! ¿Qué estaba pasando? ¡No era capaz de meter aire en los pulmones!

Un rostro apareció frente a él. Una mujer, hermosa, de pelo gris y piel oscura. Un ángel, tal vez. Tenía la expresión serena, le hablaba, aunque él no podía oír nada salvo un terrible pitido continuo dentro de su cabeza. No entendió lo que le dijo. La mujer le acarició la cara y le enseñó una aguja. Sonrió intentando reconfortarle. Quiso revolverse pero no pudo. Una fuerza invisible lo aplastaba contra el suelo. No podía mover brazos ni piernas, y apenas podía mover la cabeza. Cuando lo intentó un rayo le cruzó la cabeza desde la nuca hasta los ojos. Creyó que le iba a explotar y que iba a dejar a su ángel perdida de sesos.

La mujer se giró un poco y le cortó la camiseta. Después limpió con un algodón un trozo de piel e introdujo la aguja larga hasta el borde de plástico en su pecho. No dolió tanto como pensaba que lo haría. Era muchísimo peor el dolor que ya sentía dentro. La misteriosa mujer levantó el dedo del borde superior de la aguja y casi instantáneamente empezó a sentirse mejor. El aire empezaba a entrar en sus pulmones y su corazón dejó de galopar desbocado. La mujer se volvió hacia él con una resplandeciente sonrisa. Mantenía una mano sujetando la aguja y con el dorso de la otra le acariciaba la cara . Con otra mano le puso un trapo en la nariz y de repente comenzó a ver todo negro.

Espera… ¿Su ángel tiene tres manos?

Cuando despertó era de noche. Una noche sin luna, oscura, pero en absoluto amenazadora. Estaba tumbado boca arriba y notaba un suave viento fresco en la cara, pero sin embargo, sentía el cuerpo caliente. Quiso ver si la aguja seguía clavada en su pecho pero apenas llegó a distinguir un oscuro saco de dormir que le envolvía como una crisálida. Tampoco pudo moverse. Miró hacia el cielo. La vía láctea se mostraba en todo su esplendor. Jamás había visto las estrellas de esa manera, tan rotundamente brillantes. Era una belleza. Quiso pedir agua, pero su garganta no debió emitir más que un quejido ronco. La sentía seca como la tiza. Un rostro enmascarado le puso un trapo en la cara de nuevo y las estrellas se difuminaron rápidamente mientras él se preguntaba qué habría hecho el enmascarado con su ángel.

Su ángel. Porque debía estar muerto. No sentía el cuerpo. Sí el dolor. Le dolía todo, aunque el dolor del pecho ya era un dolor más lejano. Lo peor era la cabeza, ese dolor pulsante en la coronilla, como un latido que irradiaba oleadas de dolor a toda la cabeza. Y el pitido en los oídos. El maldito pitido en los oídos le iba a volver loco.

De nuevo despertó de noche. El pitido ya era un sonido lejano y débil, pero aún perceptible en el inmenso silencio de la noche. Las estrellas brillaban en el cielo, apenas jalonado por cuatro nubes dispersas. Una sombra navegaba el mar de estrellas. La siguió con la mirada, intrigado. Como dándose cuenta de ello, la sombra giró hacia él y lo sobrevoló a apenas tres metros de altura. Era una enorme lechuza blanca, buscando la cena, tal vez. Nunca había visto una lechuza fuera de los libros o de la pantalla, y menos tan de cerca. Intentó no hacer ruido. Estaba harto de trapos en la nariz.

Intentó escuchar algo. Sólo podía oír su respiración. Eso ya eran buenas noticias. Recordaba cómo hacía un rato, o un siglo, apenas podía respirar. Llenó los pulmones con ansia y espiró lentamente. Las cosas habían mejorado mucho desde que conoció a su ángel. La cabeza le seguía doliendo, pero ya era un dolor más llevadero.

-Vale, ¿y ahora qué?- pensó. De ningún modo quería moverse, no quería más trapos en la cara que le hicieran dormir. Lo primero era saber si estaba bien. Su cabeza era un barullo sin sentido y necesitaba poner algo de orden. Se concentró en algo sencillo: mover los dedos de las manos. Sintió que se movían contra sus piernas. Dos noticias buenas. Movió los dedos de los pies. Intentó incorporarse pero fue imposible. No podía mover ninguna extremidad. Apareció su ángel, apenas iluminada por la luz de las estrellas.

-¿Quién? ¿Dónde?
-Ssssh- le susurró con el dedo índice sobre los labios, y le colocó el inevitable trapo en la nariz que lo dejó fuera de combate de nuevo.

Abrió los ojos y un resplandor cegador le hizo entrecerrarlos para poder ver algo. Era casi mediodía porque las sombras de los árboles apenas se separaban de su tronco. Hacía calor, pero no demasiado. Vio que tenía los pies y las piernas sujetos con cinta americana. Con razón no podía moverse. Un momento, ¿podía verse las piernas? Estaba recostado en una especie de hamaca de tubos y lona. Miró alrededor y vio que estaba en un pequeño campamento, encajado estrechamente entre unos matorrales. Habían limpiado y aplastado el suelo, dejando la tierra compacta y lisa. Un pequeño hornillo de gas daba vida a una cafetera que emanaba un aroma delicioso.

Vigilando la cafetera estaba su ángel, agachada en cuclillas. Sonreía, como siempre.

-Veo que por fin te has despertado. Si puede oírme, pestañea dos veces- le susurró.

Pestañeó dos veces. Quiso preguntarle por qué no podía hablar, pero enseguida se dio cuenta de que una mordaza le impedía emitir cualquier sonido.

La mujer se acercó a él sin hacer ningún ruido. Se irguió lentamente y miró hacia todas partes. Después se agachó de nuevo y se acercó mucho a él.

-Voy a quitarte esto, pero por favor, no hagas ninguna estupidez. ¿De acuerdo?

Como parte de un idioma aprendido de repente, Rama pestañeó dos veces. La mujer le quitó la mordaza con delicadeza.

De repente se dio cuenta de que la mujer iba armada. Llevaba un rifle a la espalda y un cuchillo enorme sujeto al muslo derecho. Rama se asustó y gritó pidiendo ayuda.

-¡SOCOR…!- Su grito se vio interrumpido por un puñetazo en la sien. El negro se apoderó otra vez de su mundo.

Casi prefería los trapos en la nariz, la verdad.

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8 opiniones en “13-El ángel”

  1. Aish… así que el pequeño Rama no ha muerto… jeje
    Dos chorraditas:
    «Miró alrededor y vio que estaba en una especie campamento, » – falta el ‘de’
    «-¡SOCOR…!- Su grito de se vio interrumpido…» – y aquí sobra

    Me ha sabido a poco… quiero más…

  2. Pillin, pillin, como nos engañaste, pero me alegro que hayas resuucitado a Rama, me gustaba, dos cosas para corregir «Llenó los pulmones con ansia y espiró lentamente. Las cosas habían mejorado mucho desde que se conoció a su ángel.», aspiró supongo, y sobra el se en conoció, y sobre todo gracias por tu trabajo.

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