11-Voy a ser sincero contigo

La luz grisácea se filtraba por la ventana abierta. Una suave brisa otoñal llenaba la habitación de aire fresco con olor a pinos. Había llovido hacía poco, olía a tierra mojada. Las cortinas ondeaban perezosamente frente a los pies de la cama. El trino de los pájaros se mezclaba con el rumor de las copas de los árboles y un lejano sonido gorgoteante que no alcanzaba a identificar. Tal vez un arroyo.

Una ráfaga de aire frío terminó de despertar a Gregorio. Se encontraba descansado y lúcido. El pijama de hilo era fresco y cómodo, y un pesado edredón le mantenía caliente. Removió los pies perezoso bajo las sábanas almidonadas y estiradas.

Aspiró una gran bocanada de aire y sonrió, se sentía lleno de energía. De repente recordó la huída, a Abdellah, a Liria. ¡A su mujer! ¡Su mujer y su hija! ¡Sofía! ¡Claudia! Quiso saltar de la cama pero fue imposible. Tenía ambas manos esposadas al somier.

Miró frenético a los lados. No reconocía la habitación. No era la misma. ¿Qué había pasado? Pensó que le habrían cambiado de habitación durante la noche, pero el paisaje que alcanzaba a ver por la ventana no se parecía en nada a la finca de Abdellah.

Abdellah, entró con una taza de café en la habitación.

-Hola Gregorio, ¿Qué tal te encuentras?
-¿Dónde estamos? ¿Por qué estoy atado?
– No estás en Huelva, si es lo que quieres saber, y estás esposado- le corrigió,- así que no tires o te harás daño. No te puedo decir dónde estamos, al menos mientras no sepa quién eres.
-¿Cómo que quién soy? ¡Soy Gregorio Zabala, joder! ¡Me recogiste en el hospital, viniste con Luis!- Gritó Gregorio fuera de sí.
-Tranquilo, eso lo sé. Lo que quiero saber es por qué eres tan importante.
-¡Pero yo qué voy a ser importante, Abdellah, por el amor de dios!

Abdellah lo miró fijamente durante unos instantes eternos. Dio un sorbo al café y salió de la habitación. Al cabo de un minuto volvió con una segunda taza de café humeante.

Dejó la taza sobre la mesilla de noche, rebuscó en el bolsillo de su pantalón vaquero y liberó el brazo derecho de Gregorio para permitirle sentarse frente a él.

-Tómate el café. Las infusiones que prepara Liria a veces dan resaca.

Gregorio cogió la taza de café y la olió desconfiado. Se acercó la taza a los labios y miró a Abdellah.

-Tranquilo, el café lo he preparado yo. Liria siempre lo deja aguado. Es café y sólo café. Te despejará.
-Gracias.
-Es un placer. Y ahora te seré sincero porque quiero que tú lo seas conmigo. Necesitamos saber a quién tenemos en nuestra casa. Hasta donde yo sé, Márquez quiere matarte. A ese hijo de puta le conozco bien, puedes creerme. No hace falta mucho para cabrearle de ese modo, pero a ti te tiene una inquina especial. ¿Se dice inquina?
-Sí, lo has dicho bien. Eso que me llevas de ventaja. Yo sólo sabía lo que salía en los medios y comentarios que llegaban de conocidos que habían tenido algún tipo de trato con él. Nada más allá de su habilidad negociadora y del poco escrúpulo a la hora de conseguir lo que quiere.
-Pero quiere matarte y no sé por qué.
-Digamos que me encargaron los planos de una teórica bomba nuclear capaz de subyugar a toda la humanidad. Teorizar sobre esa bomba para prevenir a la humanidad ante quien la quisiera construir. En realidad no es una bomba, es algo más complejo, pero para entendernos bastará.
-Ahá. ¿Y qué pasó?
-Que esos planos llegaron a manos de Márquez. Y va a construir la bomba.
-¿Y si él tiene ya los planos, por qué te quiere muerto?
-Porque yo podría desactivarla. Podría explicarte a ti cómo detectarla y cómo evitarla.
-Bien, y aparte de que te mataría, ¿qué te impide desactivar la bomba?
-¿Sabes?, desde que desperté en la habitación del hospital no dejo de pensar en eso. Estoy jodido. Ahora no hay tiempo de explicar en los círculos adecuados de qué va todo ésto. No hay tiempo. Si lo hubiese visto venir, si no me hubiese lanzado como un maníaco a resolver este enigma, hubiese sido posible alcanzar al público objetivo. Si ahora aparezco y acuso a Márquez de querer usar mi trabajo simplemente usará a la prensa, la televisión y las hordas de bots de las redes sociales para desprestigiarme y convertirme en un bufón. Tiene la información en su mano, puede manipular casi lo que quiera. Sería tan fácil acabar con mi prestigio primero y en cuanto me diera a conocer, sería tan fácil encontrarme y hacerme desaparecer… Pero de todas formas, aunque me dieras la certeza de que me van a creer, que me tomarán en serio, aunque tuviéramos la garantía total de que si yo hablo libraríamos al mundo de su perdición, me temo que no podría hacerlo.

Abdellah le miró en silencio, sentado frente a él en una silla de mimbre, con la taza de café apoyada en una mano.

-Tu familia-, apuntó para que siguiera.
-Las mataría al momento-. Gregorio tragó saliva, intentando contener las lágrimas.- Si yo hablase las condenaría a una muerte segura.
-Tu silencio es su seguro de vida.
-Eso me temo.
-Bien, entiendo que Márquez tiene unos planes y el único que se los puede fastidiar eres tú. Ahora mismo estáis en tablas. Pero me falta Luis.
-¿Mi amigo?
-Sí. ¿Qué saca él escondiéndote?
-¡Qué va a sacar! ¡Salvarme la vida!
-Permíteme que lo dude.
-¿Por qué? Conozco a Luis desde que éramos dos mocosos, no me vas a convencer de que tiene otros planes para mí. Luis es como un hermano. Jamás…
-¿Recuerdas que te dije que era el sicario de Umberto Márquez?
-Perfectamente.
-Bien, pues sicario no es una palabra que abarque totalmente las funciones que desarrollaba para Márquez.
-No entiendo.
-Verás, mi trabajo consisitía, casi siempre, en perseguir un objetivo, obtener algo de él y después eliminarlo. No era simplemente liquidar a Fulano de Tal. Aunque a veces sí lo fuera.

Gregorio le miraba con la taza levantada a medio camino de la boca sin decir nada.

-¿Recuerdas al ministro Pereda?
-¿El de Hacienda?
-El mismo. ¿Recuerdas cómo murió?
-Un accidente de avión, si mal no recuerdo.
-Recuerdas perfectamente. ¿Y qué hizo unos meses antes de morir?
-A ver, murió hace unos… ¿seis años? Fue bastante polémico… ah, coño, la Ley Pereda de economía sistémica.
-¿Recuerdas en qué consistía?
-Claro que sí. Reducía al 0,5% la tributación sobre los beneficios netos de los bancos así como la eliminación del pago de seguros sociales para los trabajadores de la banca y un tipo de IVA especial que se recaudaba pero no iba a parar a las arcas públicas sino a un fondo de garantía bajo el control del banco.
-La justificación fue que al ser un elemento sistémico de la economía, no podían gravarlo como a una empresa cualquiera para salvaguardar su funcionamiento. El famoso «too big to fall». Por lo tanto, cualquier empresa lo suficientemente grande se acogería inmediatamente a dicha ley de protección después de algunas demandas al estado por el por qué éste sí y yo no. Así, Márquez podría financiar aliados hasta que consiguiesen alcanzar la masa crítica a cambio de distintos y perversos favores.
-Santo dios.- De repente Gregorio cayó en la cuenta.- ¿Tú provocaste ese accidente?
-Así es-, respondió Abdellah.- Conseguí colocar un generador de pulso electromagnético a bordo. Se activó a 40.000 pies. Con la electrónica frita, cayó a plomo con quinientos pasajeros y la tripulación.
-Abdellah…

Abdellah. Guardó silencio sin bajar la mirada.

-Fue mi último trabajo para Márquez. Me colé en la casa de Pereda una noche, sedé a toda su familia y al servicio antes de despertarle-, siguió Abdellah con la mirada más allá de las cuatro paredes de la habitación.- No tuve que insistir mucho. «Si quieres vivir, tienes que hacer esto. Si se lo cuentas a alguien, morirá». Intentó por todos los medios dejar testigos. Yo tenía todas sus comunicaciones interceptadas y le perseguía a todas partes. Si sospechaba que había susurrado el asunto a alguien, me deshacía de ese alguien. Tuve que matar a trece confidentes antes de que sacase adelante la ley chupando pollas y arrastrándose por el suelo suplicando, vendiendo su alma. La política es un asco.

A Gregorio le temblaban las manos.

-Pero no todo está podrido. En Interior había gente íntegra y se olían algo. No podía simplemente cortar los frenos del coche oficial. Ni tirarle un piano encima al ministro, tenía a un montón de policías acercándose demasiado, ya casi podían oler el rastro. Al final, la forma más sencilla de esconder una mancha de sangre fue teñir todo de rojo-. Abdellah volvió de su ensimismamiento.- No te imaginas la carcajada que soltó Márquez al recibir la noticia. Me felicitó efusivamente. Me invitó a un puro. Una palmada en la espalda. Eres el mejor, me dijo. ¡El mejor! ¿Te imaginas?

Gregorio no podía responder. No le llegaban las palabras a la garganta. Estaba sentado en la cama, en pijama, con un café caliente charlando con un asesino implacable. Casi un genocida.

-Gregorio, sé lo que estás pensando y tienes razón. Soy un monstruo. Me crié sin padres, sin familia, rodeado de muerte y pronto destaqué tanto por mi talento para esquivarla como para infligir el castigo final. Me entrenaron para acabar con objetivos muy concretos, al servicio de quien pagase por mis servicios. Trabajé para mi gobierno buscando redención, pero descubrí bien pronto que no es un buen lugar para buscarla. Los hombres malvados se sienten tentados muy pronto por usar los servicios que yo proveo. Infartos, ictus, derrames cerebrales, accidentes de coche, ataques terroristas, shocks anafilácticos… ¿Te imaginas poder quitarte de en medio a tus rivales políticos sin sufrir consecuencias? ¿Eliminar disidentes peligrosos? ¿Tal vez a una amante indiscreta?

Gregorio temblaba. Empezó a derramar el café en el suelo. Abdellah soltó su taza y sujetó las manos de Gregorio. Le miraba a los ojos.

-Dije que sería sincero contigo. Jamás lamenté ni una sola de esas muertes. Ni una sola. Ni la de mis objetivos ni la de las víctimas colaterales. No los conocía. Simplemente estaban vivos y había que conseguir que su corazón dejase de latir. Segué más de quinientas vidas el día que derribé el 380 en el que viajaba el ministro y después me compré un donut de chocolate fondant. Márquez me felicitó. Me dio un bonus. Me fui a casa a celebrarlo con Liria. Quería darle una sorpresa. Podríamos tomarnos unas vacaciones. Pero ella me tenía otra sorpresa a mí. Me enseñó un test de embarazo, saltó sobre mí y casi me lo mete en un ojo cuando entré en casa. Estaba pletórica. Y embarazada. ¿Sabes qué sentí?
-¿Q…qué?
-Pánico. Por primera vez en mi vida. Una bola de plomo empezó a crecer en el centro de mi pecho, segundo a segundo. Me dejó sin aire, me oprimía los órganos. Iba a ser padre. Y de repente, uno por uno, hombre por hombre, mujer por mujer, todos aquellos a quienes había matado eran mis hijos. Muertos en un enorme montón con quinientos hijos más coronando el pastel macabro de cuerpos sin vida. Eso pensé. Pensé en lo fácil que sería que alguien matase a mi hijo, que me lo arrebatasen. En cómo se desmoronaría Liria, cómo la desesperación la llevaría a la locura. Perder a su hijo. A nuestro hijo. Le vi morir una y otra vez. Lloraba, Gregorio. Lloraba como un crío por todas las vidas que segué. Liria pensaba entonces que era por la emoción. Toda la culpa que no sentí jamás. Muerte tras muerte. Todos eran hijos de alguien, sentí el dolor de su familia, muerto por muerto. Sentí la desesperación de sus madres. Y todas tenían el rostro de Liria.

» No hacía ni treinta segundos desde que sabía que iba a ser padre y ya amaba a esa criatura con toda mi alma. Allí me tenías, el gran asesino despiadado llorando por un puñado de células en la barriga de mi mujer. Liria estaba radiante, hablaba a toda velocidad, proponiendo nombres, enseñándome catálogos de carritos y de ropa de bebé. Y todo en lo que yo podía pensar era en protegerles. En cómo protegerles. Liria sabe defenderse sola muy bien, pero sabía tan bien como yo que la vida que tenía en su vientre significaba la redención a toda una vida de muerte y sufrimiento. Liria sólo conoció la guerra hasta que nos encontramos. No fue fácil pero conseguimos que escapara de aquella miseria. La alejé de la guerra pero no de la muerte. Este bebé era su redención, su recompensa a una existencia de dolor: una nueva vida.

» Así que me metí en el baño, me sequé las lágrimas, llamé a Márquez y le dije que no me llamase nunca más. Que lo dejaba. Montó en cólera, por supuesto. Tenía grandes planes para mí y ahora me había convertido en un cabo suelto muy peligroso. Sé que mandó asesino tras asesino buscándome, algunos muy buenos, de hecho. Pero los vi venir a todos. A algunos los pude esquivar. A otros, no. Márquez no dejaba de llamarme ni de mandarme mensajes. Nunca pudo localizarme. Mi teléfono viaja por el mundo de amigo en amigo. Así cuando intenta localizarme mediante la triangulación de la señal de mi teléfono siempre está dentro de un coche a toda velocidad camino de su siguiente parada, encendido el tiempo justo de recoger las llamadas perdidas y los mensajes y hacérmelos llegar.

» El último sitio donde buscas una pulga es debajo de tus pelotas, así que me quedé cerca. Nació una niña preciosa. Va a cumplir siete años, Gregorio. Y hace 36 horas sonó este teléfono-, le dijo enseñándole un viejo Nokia. – Era Luis Areces. Que Luis me llame a este número significa varias cosas. Uno: lo ha conseguido de alguno de mis amigos y un hilo lleva a la cuerda. Dos: Sabía dónde encontrarme. Tres: Es aún más peligroso que Márquez.

-Tú no conoces a Luis. Él no mataría a una mosca- negó Gregorio con una sonrisa nerviosa.
-¿Tú crees? ¿Tienes muchos amigos capaces de encontrar al ex asesino del hombre más poderoso del país a sus espaldas para hacer de niñera de su amigo?
-Pero… Luis no…
-Piénsalo. No acepté el trabajo de Luis por dinero. Me sobra dinero para esta vida y para otras diez. Luis me ha encontrado, Gregorio. Ha puesto en peligro lo único que me mantiene con vida. ¿Lo entiendes? Claro que lo entiendes. Tú y yo estamos en la misma situación.

Gregorio asintió con la cabeza, mirándose las manos.

-Así que por favor, dime qué pintas tú en todo ésto antes de que empiece a cortar cabezas a la hidra, empezando por ti.

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10-Cinco menos uno

Dos soldados encañonaban a Uno y a Null en los riñones y los empujaban cautelosamente hacia el cuadricóptero que descendía hacia el patio del caserón. El resto de los militares recibían órdenes del hombre al mando un poco más allá.

Los relojes de Null y Uno vibraron tres veces. Cayeron al suelo de rodillas inmediatamente y se tumbaron boca abajo. Los dos hombres que los escoltaban se miraron sorprendidos.

Antes de que pudieran reaccionar una de las enormes puertas de roble remachado que daban al patio saltó de la pared y avanzó a toda velocidad hacia el grupo de soldados y los derribó como si fueran bolos. La puerta giró sobre sí misma mostrando a Aristóteles sujetándola por el tirador como si fuera un escudo gigante. En la otra mano sujetaba una bombona de gas.

Los escoltas de Uno y Null apuntaron inmediatamente a Aristóteles demasiado tarde. La bombona voló e impactó contra la cabeza del escolta de Uno que cayó de espaldas con la visera agrietada y la cabeza en un ángulo imposible. El otro comenzó a disparar. Aristóteles se cubrió con la puerta y avanzó hacia el único soldado que aún quedaba en pie. La puerta se deshacía en astillas pero aún aguantó. Aristóteles iba contando mentalmente. «Uno, dos, tres, cuatro, diez, quince, veinte, ¡veinticuatro!»

El soldado había agotado el cargador. A la carrera, Aristóteles clavó la parte inferior de la puerta en el suelo de tierra y sujetándola de una de las esquinas superiores la inclinó hacia adelante y saltó sobre ella como si fuera una pértiga. Aprovechando la inercia de su cuerpo blandió la puerta como la espada más tosca del mundo y golpeó al soldado en el pecho mientras intentaba recargar el arma. La puerta y el soldado salieron disparados con un alarido y un sobrecogedor crujir de huesos.

Los demás soldados se estaban levantando. Aristóteles recogió la bombona de gas y la lanzó de nuevo con puntería, alcanzó a otro soldado en el hombro y lo derribó de nuevo. En cuanto lo hubo hecho se tiró al suelo tras el escolta desnucado justo a tiempo de esquivar una lluvia de balas.

-¡No disparen! ¡Cuidado con el viejo! ¡Sólo es uno y está desarmado! ¡En formación!- rugió el hombre al mando.

Aristóteles estiró el brazo para coger el arma del soldado que le servía de parapeto.

-Pero mira que son tontos, ¿eh, Uno?- dijo Aristóteles con una sonrisa maliciosa.
-Mientras me quieran vivo… ¿podrás con ellos?
-Claro, no te muevas.

Cogió el rifle, lo colocó sobre el cadáver del soldado, apuntó con cuidado de no exponer la cabeza y disparó una ráfaga a la bombona de gas. Una bola de fuego envolvió a los militares que rodaron por el suelo. Sin perder un segundo, Aristóteles echó a correr con el rifle en la mano.

-¡Equipo dos! ¡Recojan al viejo y a la chica! ¡Piloto, evacúe! ¡Evacúe!- rugió el jefe desde el suelo. En su visor dos puntos rojos señalaban las bajas de su escuadrón. No había heridos. Pero un loco había matado a dos de sus hombres con una bombona de gas y una puerta. Redactar el informe iba a ser divertido. Si lo llegaba a redactar. Le habían prohibido grabar la operación en vídeo.

Del cuadricóptero saltaron dos hombres más sujetos a cuerdas y recogieron con violencia a Uno y a Null y los subieron rápidamente con los cabrestantes. El aparato comenzó a elevarse rápidamente.

-¡Diego!- gritó Aristóteles. Un segundo después, desde el tejado Diego saltó hacia el cuadricóptero aterrizando sobre el anguloso parabrisas. Se deslizó rápidamente hacia las puertas del aparato y se coló dentro sosteníendose con un brazo al tiempo que en la mano contraria aparecía un cuchillo. Al instante cayeron dos hombres más al suelo, esta vez sin cuerdas. Se estamparon como sacos de tierra y se retorcían de dolor. Dos cruces naranjas parapadeaban en el visor del mando. Fracturas múltiples.

Aristóteles disparaba metódicamente a los soldados que se movían a las piernas, pues era la parte más desprotegida del traje. «siete, ocho, nueve… diez, once, doce». Uno tras otro intentaban incorporarse y buscar refugio y Aristóteles los derribaba con una ráfaga.

-¡Al suelo idiotas! ¡Disparen! ¡Fuego a discrección!- gritó el mando.

Apenas diez metros separaban a Aristóteles de los soldados. Aprovechó la munición que le quedaba para cubrirse entre las columnas del patio. Se acurrucó en el suelo tanto como pudo mientras trozos de piedra saltaban a su alrededor a causa de los balazos.

El cuadricóptero giró sobre sí mismo mientras descendía.

-¡Piloto! ¡Evacúe! ¡Es una orden!-gruñó el líder de los soldados.
-Me temo que no puedo hacer eso, señor- oyó por radio la voz de una mujer. No había ninguna mujer en su escuadrón.
-Mierda-, murmuró. El sargento Sánchez había recibido una misión absurdamente sencilla. Tenía que atrapar a un viejo y una mujer en un pueblo perdido. Iban acompañados de dos escoltas. Los escoltas eran prescindibles, pero querían a los dos objetivos vivos. Un cuadricóptero y catorce hombres. Absurdo, pensó. Con un maldito coche y y una porra los traería arrastrando de las orejas, pero sus superiores insistieron. Que volase tan bajo como pudiera para ocultar el ruido de los rotores. Tenían la ubicación exacta y era una ratonera. Más fácil imposible. Y ahora había perdido el cuadricóptero y su visor parecía un árbol de navidad con cada vez más luces rojas y naranjas. ¿Qué demonios había pasado? Tenía que hacer algo. Sólo le quedaban la mitad de sus hombres en pie.

Del cuadricóptero saltó Diego tras lo que quedaba del escuadrón. Sólo el sargento le vio. Los demás estaban ocupados disparando a la columna de piedra que cobijaba a Aristóteles. Un hombre delgado, no muy alto, de tez morena, pelo azabache. Insignificante y desarmado corría hacia su mermado escuadrón. El sargento Sánchez fijó en su visor el objetivo y disparó.

Pero el objetivo ya no estaba. Se había tirado al suelo de espaldas y se deslizaba tras sus hombres. El que estaba más cerca de Diego cayó de espaldas dando alaridos y retorciéndose. Diego le había rebanado los tendones de las corvas con su cuchillo de caza. El soldado intentaba incorporarse pero no podía mover las piernas.

Sánchez vio impotente cómo Diego giraba sobre sí mismo tras el siguiente soldado y repetía el mismo ataque.

-¡Objetivo a las seis!- ladró Sánchez furioso consigo mismo por quedarse mirando como un novato.

Los soldados se giraron. Los visores de 360º grados no servían de nada si el atacante se arrastraba entre tus piernas y estás ocupado intentando cazar a un loco escondido tras una columna de granito. Los soldados se giraron a la vez buscando al atacante. Diego se coló entre las piernas de un soldado y desde detrás le clavó el cuchillo en la cadera. Era un tipo grande, de unos cien kilos. Cojeando se giró hacia Diego, pero éste se agarró al mango del cuchillo con las dos manos y lo giró con fuerza. El soldado cayó al suelo como un saco, con la cadera rota.

Diego recuperó su cuchillo y rodó rápidamente hacia el mermado pelotón. Los soldados dispararon pero Diego se movía demasiado cerca. Un arma de fuego larga a esa distancia es muy poco efectiva. Como un gato saltó sobre el pecho del soldado más cercano. El soldado vio a través del casco la cara de Diego manchada de sangre pero con una expresión tranquila. Casi parecía que estaba aburrido. El soldado reculó con Diego colgado del pecho.

-¡Ayuda! ¡Enemigo sobre mi! ¡Enemigo sobre mi! ¡Argh!

El arma de soldado cayó al suelo cuando Diego clavó el cuchillo en su pecho y le dislocó las dos clavículas con dos precisos movimientos de cuchillo. Diego pateó al soldado con todas sus fuerzas empujándolo contra el resto de sus compañeros y salió corriendo hacia el cuadricóptero.

-¡Mátenlo, joder! ¡Matenlo! ¡Maten a ese puto mono!

Diego corría en zigzag y cuando se coló en el cuadricóptero las balas agujerearon el fuselaje

Medio segundo después un banco de madera atropelló a los cinco hombres que quedaban. Cayeron al suelo rodando como muñecos desmadejados. Aristóteles alejó las armas de los soldados.

El cuadricóptero paró los rotores y un silencio ominoso se asentó en el patio. El visor del sargento Sánchez era un desfile de luces rojas y naranjas. Quedaban vivos y en condición de combate el piloto, cuatro hombres y él mismo, pero estaban derribados en el suelo.

-Los cascos, fuera, que nos veamos las caras- dijo sonriente Aristóteles apoyado en el banco de madera que sujetaba en vertical como si fuese el cayado de un pastor. Los soldados obedecieron, incluyendo Sánchez.-Vale, muy bien. Os diré lo que vamos a hacer. Mis amigos y yo nos vamos a llevar el cuadricóptero y vosotros os vais a desnudar, os vamos a atar y os vais a estar quietecitos hasta que vengan a por vosotros los malos, ¿de acuerdo?

Uno de los soldados deslizó la mano lentamente buscando la pistola que tenía en la cadera.

-No me jodas, hombre, hay que saber cuándo has perdido-, gruñó con fastidio Aristóteles. En una zancada le pisó la mano al soldado y le estampó un extremo del banco contra la cara. El cuerpo convulsionó dos veces y quedó inerte.

Sánchez y sus hombres contemplaban pálidos el espectáculo.

-¿Algún héroe más? ¿No? ¿Vamos a hacer caso ya o no?
-¡No podréis escapar!- bramó Sánchez escupiendo saliva con furia.-¡El equip..!
-Ya, ya, ya… – interumpió Aristóteles girando la mano libre en el aire con fastidio.-El equipo de apoyo vendrá en diez minutos o así y no podremos escapar porque el cuadricóptero sólo responde a las manos del piloto asignado y si huimos a pie nos vais a cazar como a conejos y tal. ¿No es eso?
-¿Cómo? ¿Cómo lo…?
-Hijo, si es que siempre es lo mismo. Bueno, qué, ¿nos vamos desnudando?
-Que te jodan, paleto- gruñó uno de los soldados. Sánchez se sintió orgulloso del coraje de sus hombres.
-Mira, no, que te jodan a ti-respondió Aristóteles estampando el banco sobre la cara del soldado sin más miramientos. Después, sin perder de vista a los soldados derribados en el suelo gritó- ¡Diegooo! ¿Tienes ya las llaves del cacharro?
-¡Casi! ¡Estoy terminando de calentar el cuchillo!
-¡No me jodas!
-¡Un minuto, hombre!

Aristóteles suspiró fastidiado.

-¿Te lo puedes creer?- dijo a Sánchez- Casi nos matáis y el jodido Diego está calentando el cuchillo al rojo para que no se te desangre el piloto cuando le corte las manitas.
-¿Qué…?- Sánchez- ¿Estáis locos?
-Qué va, hombre. Sobrevivimos. Vosotros veníais a cazarnos. No nos conocéis, no os importamos, cumplís órdenes. ¿No es eso?- Aristóteles aplastó la cabeza de otro soldado con el banco. Como no dejaba de convulsionar repitió la operación con más fuerza.- Órdenes. Debe ser maravilloso entrenar duro, esforzarse en cumplir órdenes y dejar la ética a otros. Qué más dará quién tenga que morir mientras tú cobres a fin de mes y a lo mejor hasta asciendas-. Aristóteles pisó el pecho del soldado que retrocedía arrastándose de espaldas y le aplastó la cabeza con el banco.- Hasta que un día encuentras la horma de tu zapato, sargento. Yo también tengo una misión y ni tú ni ninguno de tus amiguitos de negro os vais a interponer en mi camino.

Sánchez no daba crédito. Si aún hubiese llevado su casco habría podido ver en su visor que él era el único punto verde. De pronto comprendió que iba a morir.

-Por favor…- imploró.
-¡Ya tengo las llaves, Aristóteles!- gritó Diego y empujaba fuera del cuadricóptero el cuerpo sin sentido y sin manos del piloto .
-¡Vale! ¡Voy!- gritó Aristóteles. Alzó el banco sobre la cabeza de Sánchez.
-¡Para! ¡Tengo mujer e hijos! ¡Por favor!- rogó Sánchez con la cara recorrida por ríos de lágrimas.
-Tranquilo, tus jefes les dirán que has sido un héroe-, dijo Aristóteles. Alzó el banco y lo bajó con la fuerza de un martillo pilón. El eco del golpe resonó en el patio.-Venga, desnúdate que tenemos prisa.
-¿Pero? ¿Pero?-Sánchez no entendía por qué seguía vivo.
-Si te mato el cuadricóptero volverá automáticamente a casa y nos hace falta. ¿No lo sabías? Así que… Oooooooh, venga ya, tío ¿Te has meado?
-Yo… yo…
-¡Venga, muévete!- dijo Aristóteles levantando a Sánchez como a un pelele y lanzándolo en dirección al cuadricóptero.- ¡Quítate esa ropa meada! ¡Chicos, esto está despejado!- gritó

Inmediatamente Null, Diego y Uno saltaron del aparato y corrieron hacia el muro del fondo, donde había caído fulminado Rama. Aristóteles cogió a Sánchez bajo el brazo y corrió tras ellos sin entender qué estaba ocurriendo.

Cuando Aristóteles llegó soltó a Sánchez, que apenas se tenía en pie, junto a Diego, que le indicó que no debía moverse clavando la punta del cuchillo en los riñones del Sargento.

-Pero bueno, chico, ¿qué te han hecho?- dijo Aristóteles intentando encontrarle el pulso. -Ah, mierda… El pulso es muy débil y ha perdido mucha sangre-, dijo Aristóteles. -Mirad cómo está el suelo. No respira. Pobrecillo. No era más que un chiquillo…

Aristóteles recogió las mochilas que estaban desparramadas entorno a Rama y se las dio a Null. Toma, no podemos hacer nada por él. Null le devolvió una de las bolsas después de mirar en su interior.

-Esta es suya. Son sus discos duros, eran su tesoro. A mi no me sirven para nada-, sollozó.

Aristóteles colocó la mochila junto al crío. Luego se levantó lentamente y golpeó la cara de Sánchez con el dorso de la mano. El sargento cayó al suelo y sintió algo removerse en su boca. Escupió tres muelas nadando en sangre.

-Ésto es lo que consiguen tus órdenes, valiente. Que un crío muera desangrado como un perro.
-Lo siento…- consiguió articular el sargento
-¿Que lo sientes?- chilló Null al tiempo que clavaba la puntera de su bota derecha en la entrepierna del sargento. Sánchez se encogió gimiendo.
-Chicos- susurró Uno apretando los dientes.- Vámonos. Cargad los cuerpos de los soldados en el cuadricóptero. Null, reinicia el visor del Sargento, todos vivos. No cortes el jammer del cuadricóptero hasta que yo te diga.

En un abrir y cerrar de ojos estaban en el aire. Las manos del piloto estaban sujetas a los mandos de vuelo con cinta aislante. El piloto estaba inconsciente en la parte de atrás. Null tiró de los mandos hacia atrás y el cuadricóptero despegó bruscamente. Giró sobre sí mismo y salió disparado en dirección Oeste.

-Diego- llamó Null.
-¿Sí?
-Desconecta el avisador, me tienes la muñeca frita con las vibraciones ya.
-Oh, perdona, no me había dado cuenta- respondió Diego pulsando un botón en su pulsera.

Aristóteles miraba sombrío hacia el caserón.

-Uno…
-Dime, Aristóteles.
-Creo que deberíamos haber quemado ese sitio.
-¿Por qué?
-Ningún padre merece encontrar a su hijo así. Un incendio al menos les hubiese dado un culpable contra el que poder estar furiosos. Así solamente les consumirá la pena.
-Entiendo. Pero no podemos volver. De cualquier forma, el equipo de retaguardia lo encontrará muy pronto. Ni siquiera creo que sus padres lleguen a saber nunca qué ha pasado aquí. Tenemos que escondernos.
-¿A dónde vamos?
-Lejos. Tengo que pensar.

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9-Nada acaba hasta que termina

Rama sostenía entre las manos, intrigado, la consola que le había dado Null. Por supuesto, había usado su consola de VR en casa, pero el contenido autorizado le aburría y no era especialmente aficionado a los videojuegos. Le parecían demasiado fáciles.

Los demás estaban reunidos unos pasos más allá. Null le miraba sonriente. Discutían si debían seguir allí más tiempo o marcharse.

Rama esperaba junto al fuego dándole vueltas a la consola distraídamente. Tenía dos visores que podían tornarse transparentes u opacos a voluntad gracias a un compuesto químico que se volvía opaco al aplicarle una corriente eléctrica, no como las VRs comunes que eran completamente opacas. Una fina tira de titanio unía ambos visores con el armazón para la cabeza. Aquella consola no se parecía nada a las demás. No eran unas gafas innecesariamente grandes con pequeñas pantallas para crear efecto tridimensional y sonido envolvente.  Ésta tenía un sinfín de electrodos semirígidos que se abrazaban a la cabeza del usuario como un pulpo. No tenía ningún botón para accionarla y la unidad de trabajo no estaba integrada en la consola, sino en un dispositivo aparte.

Estaba fascinado por el aparato que tenía entre las manos, pero no por ello dejaba de prestar atención a la reunión que estaba teniendo lugar apenas unos metros más allá. Ahora era por fin consciente de que su aventura ya había comenzado, y que ponerse en marcha era cuestión de tiempo. Cuánto tiempo era lo que estaban decidiendo. Un ramalazo de pánico le abrazó el estómago.

Null le hizo señas con la mano para que se acercase.  Se levantó y, con la consola en la mano, se acercó al grupo.

-Rama, estamos intentando decidir si nos vamos o nos quedamos. Y tú  eres parte del grupo. Deberías tomar parte-, dijo Null. Su actitud  había cambiado radicalmente desde que crease un punto de acceso seguro. Le respetaba.

-¿Y  qué habéis pensado?
-Necesitamos víveres y equipar tu consola. Por lo demás, aquí estamos bastante seguros. Tu pueblo es realmente tranquilo.
-Demasiado-, se quejó Rama.
-El caso- intervino Uno- es que el aprovisionamiento lo podemos hacer en muy poco tiempo. ¿Cuánto tiempo tardarías en cargar el software que necesites en la consola?
-En realidad no mucho, pero me gustaría llevarme todo lo posible, y mis equipos no son precisamente rápidos.
-Dime algo más concreto.
-Supongo que, cuando aprenda a usar la consola, unas horas me bastarán.
-¿Y en número?
-Uf… no lo sé. Tal vez doce,- Aristóteles y Diego se miraron intranquilos pero no dijeron nada. Ya llevaban mucho tiempo en el mismo sitio para estar en busca y captura. Sólo Diego se había dejado ver en el pueblo unas cuantas horas, pero sabían perfectamente que varios equipos de búsqueda les seguían permanentemente. No tardarían en localizarlos.
-Pues entonces será mejor que te pongas en marcha. Tendremos que irnos pronto.

Rama se quedó mirando fijamente a Uno. Su anciana cara sonreía pero sus ojos vivos chispeaban urgencia. El muchacho fue a decir algo, pero al final, se mantuvo callado. Uno apenas varió el gesto, pero Rama supo que había comprendido lo que le quería preguntar.

-Rama, no tengas vergüenza, muchacho. ¿Qué me ibas a decir?
-Quisiera despedirme de mis padres.
-Creo que eso no es una buena idea, hijo.
-Pero se morirán de preocupación.
-Mejor eso a que sepan algo que les pueda poner en peligro.
-Al menos, dejarles una nota. Que sepan que estoy bien. Que me he ido por mi voluntad.
-No. Es mejor que no sepan nada. Nosotros estamos fuera de la ley y nos busca mucha gente, gente muy peligrosa. Si algo saliese mal, el único que tiene posibilidades de salvarse eres tú. A ti no te conocen. No te buscan. Si nos cazan diremos que te secuestramos. Tú harás el papel de pobre niño inocente y volverás a casa.
-Pero…
-Es lo más seguro, Rama. Null ya me ha contado lo que has hecho. Eres inteligente y muy valioso para nosotros. Pero no permitiré que te pongas en peligro.
-Está bien, está bien…
-Nos iremos de madrugada.  A las cuatro y media debemos estar fuera de este pueblo. Por cierto, Rama. ¿Cómo se llama este sitio? No vi indicaciones al llegar.
-No tiene nombre. Sólo un número. Setecientos Ochenta. Los nombres fomentan la xenofobia, según el alcalde. Ya no me acuerdo del nombre, la verdad.
-Qué curioso. Yo diría que los nombres son importantes. Anda, ve a preparar tus cosas.

Diego y Aristóteles habían desaparecido. Rama ya se había acostumbrado a no ver moverse a Diego, pero Aristóteles era demasiado grande como para no verlo.

Uno volvió junto al fuego, se envolvió en su manta y siguió tomando café mirando bailar a las llamas, pero ahora sonreía.

Null tiró del brazo de Rama y se dirigió hacia el sótano. El muchacho siguió hipnotizado el bamboleante ritmo de la cola de caballo de la menuda hacker.

Una vez en el sótano, Null hizo sentarse a Rama en una mesa despejada y colocó los componentes de la consola sobre la mesa.

-Bueno, imagino que lo primero será enseñarte a usar esto.
-La verdad es que estoy deseándolo- dijo el muchacho.
-Bueno, ésta es la consola en sí, con los visores y los sensores neuronales. No tiene controles, sencillamente, porque no los necesita.
-¿Pero…?
-Calla y atiende. Esto es el cerebro de la consola. Tienes que unirlo con este cable. Sé que parece anticuado, pero no quieres llevar dos kilos en la cabeza, créeme.
-¿Has visto mi equipamiento? ¿Crees que nada de lo que me enseñes me va a parecer anticuado?
-Pues también tienes razón. En fin. La petaca lleva una batería nuclear. No te preocupes, es absolutamente segura, no vas a brillar en la oscuridad, pero mejor no la desmontes.
-¿Cuánto dura una carga?
-Unos doce años.
-¡La hostia! ¡Las baterías de los móviles o de las consolas normales no duran ni un día!
-Bueno, vivir fuera del sistema te hace ver cosas que no creerías posible. Las baterías débiles sirven para controlar a la población. No es una cuestión de tecnología cara o barata, sino demográfica.
-¿Cómo van a controlar a la gente con las baterías de los móviles?
-La gente ha desarrollado dependencia a la tecnología. Para mantener cargados sus cacharros necesitaban estar cerca de lugares conocidos. Desde que aparecieron los primeros smartphones la gente empezó a sentir desasosiego cuando se quedaban sin batería y volvían a su casa rápidamente, inconscientemente.
-¿Estás diciendo que el que las baterías no duren nada es para controlar a la gente?
-No, digo que ayuda a hacerlo. Es un matiz. Muchas pequeñas cosas hacen cosas más grandes. Y nadie se da cuenta.
-Null, no dudo de ti, pero tu teoría me parece un poco pillada por los pelos.
-¿De verdad crees que en más de cincuenta años de informática móvil nadie ha descubierto la manera de hacer una batería que dure más de veinte horas?- le dijo sonriendo y dando palmaditas a la petaca de la consola.- Esto dura doce años. Reservado a empleados de alto rango del Gobierno. Doce años de batería. Y las consolas de desarrollo consumen cincuenta veces más energía que los móviles o consolas domésticas.
-Si tú lo dices…
-¡Oye! ¡No me des la razón como a los tontos!- rió y le dio un puñetazo en el hombro.- Sigamos. Venga, equípate. Haz como yo.

Rama se colocó la petaca a la espalda imitando a Null. La petaca pesaba muy poco, era delgada y acolchada. Se convertía en una mochila muy cómoda. Pasó el cable del visor por debajo de la camiseta y lo conectó. Después se colocó la consola expectante.

-¿Qué he hecho mal? ¡No pasa nada!
-¿La has encendido?
-Oh… mierda. Parezco tonto. ¿Dónde? ¿Dónde está el botón de…?- el muchacho empezó a revolverse buscando el botón de encendido por todas partes, sin resultado. Null le miraba divertida.
-¿Ya te has cansado de bailar? ¡Lo haces muy bien!
-Muy graciosa… ¿Cómo se enciende?
-No hay botones. Control neural. Verás, hay varios protocolos para comunicarte con estos trastos.  Para las tareas básicas, como encender, apagar, controlar el volumen, se suelen usar ideogramas. Así que, para encender la consola bastará con…
-¡Ah! ¡Vale, ya veo cómo funciona!
-¿La has encendido?
-Sí, como me has dicho.
-Pero si no te he dicho cómo…
-Ideogramas, ¿no? He pensado en un icono universal de encendido en verde y se ha encendido. ¡Qué pasada!
-Eres una bestia, Rama. Normalmente a la gente le cuesta unas horas dejar la mente lo suficientemente limpia como para visualizar el icono y encender.
-No sé, se me da bien imaginar cosas. Me gusta dibujar. Supongo que está relacionado.
-Supongo-, repuso Null.- Intenta cambiar la opacidad del visor.
-Vale, veamos… No, esto es el brillo, contraste… ¿Cómo era?
-¿Quieres que te ayude?
-No, por favor, me gusta investigar… a ver, ayuda… ¡Bien! ¡Tiene menú de ayuda! ¿Y para escribir? ¿Imagino un teclado? ¡Qué pasada! ¡Bien! ¡Aha! ¿Y si…?
-Vaya, ya has aprendido a poner la opacidad en uno solo de los cristales, parece que aprendes rápido. ¿Te parece que vayamos copiando tus cosas y practiquemos con la consola después? Creo que tenemos algo de prisa.
-Vale. ¿Este cacharro tiene conector RJ45?
-¿No hay red inalámbrica aquí?
-Si quieres transferir a 54Mbps…
-Dios mío… quítate la petaca y ponla en la mesa-, Rama lo hizo en un momento y se quedó esperando instrucciones.-Bien, piensa en el texto «interfaces polimórficas».
-Veo el rótulo en la parte de arriba del visor.
-Perfecto. Ahora piensa en un conector RJ45. Piensa en su forma y en el número de contactos que tiene. La consola tiene una enorme base de datos, lo reconocerá sin problemas.

Rama se concentró en visualizar un conector de red y en unos segundos un lateral de la consola retiró una tapa y como si fuese una impresora 3D empezó a expulsar un conector de red, con sus ocho contactos, perfectamente sólido. Lo tocó con curiosidad.

-Y es totalmente funcional, Rama.
-Impresionante.
-Tecnología militar, ya te dije. No queremos ir cargados con cables y clavijas a todas partes.
-Voy a buscar un cable de red que nos llegue.

Rama se quitó la consola y se fue hasta el otro lado de la habitación. Abrió un armario y tanteó algunos cables enrollados. Al fin se decidió por uno y lo conectó a un switch. Desenrolló el cable hasta la mesa en la que estaban trabajando.

-Vaya, estoy atontado.
-¿Por?
-Pedí un conector macho y necesitaba hembra- se colocó la consola de nuevo, retiró el conector macho e invocó uno hembra para conectar el cable de red.
-¡Muy bien! ¡Ya casi lo tienes dominado!
-Resulta muy intuitivo, la verdad-. Conectó el cable de red.- Vaya, en el visor aparece la dirección IP que ha asignado el servidor, veo los equipos de la red y los recursos disponibles. ¡Qué fácil! ¿Y para gestionar ficheros?
-Imagina que…
-¡Ya veo! ¡Es como un gestor de ficheros cualquiera pero esto es súper flexible! ¡No tengo que buscar una ventana, viene a mi cuando la necesito!
-Pues entonces ya sabrás cómo copiar tus cosas, ¿verdad?
-Creo que sí.

Navegó hasta el servidor donde guardaba la documentación que había recopilado durante años, los mirrors de repositorios de paquetes y sus documentos. Seleccionó todo y comenzó a copiar.

-Pues ya está en marcha. Esto dice que le quedan unas 16 horas…
-¿16 horas? ¿A qué velocidad va esta red?
-Un gigabit.
-Por favor… voy a morir de vieja aquí.
-Ya lo siento, es lo que tengo.
-En fin, no vale lamentarse. ¿Tienes que llevarte algo más?
-No creo que mi colección de DVDs nos sea de mucha ayuda. Veo que el punto de acceso que tengo en la habitación de colores se puede emular con la consola… Supongo que con recoger algo de ropa de casa será suficiente.
-De eso ya se está ocupando Diego.
-¿Pero cómo sabe Diego dónde vivo?
-Cuando me diste cobertura administrativa fue fácil averiguar dónde vive una pareja con 2 trabajos cuyo miembro masculino es repartidor y que tienen una deuda hipotecaria descomunal.
-Vaya, parece que tú también eres buena.
-Está feo que yo lo diga pero sí-, rió.-Salgamos a recoger el campamento mientras vuelven Diego y Aristóteles.

Salieron al patio y Uno ya estaba recogiendo cosas en un petate.

-¿Qué tal vais?
-Parece que copiar sus cosas va a tardar un poco más de lo que nos esperábamos-, dijo Null
-Vaya.
-La parte buena es que Rama parece que ha nacido con una consola militar en las manos. Es algo natural para él.
-Me alegra escuchar eso.

Rama se puso colorado. De repente aguzó el oído.

-¿Oís eso?
-¿El qué?
-Un zumbido.
-Yo no oigo nada-, dijo Uno.
-Espera, yo sí-, susurró Null pálida. El zumbido se hacía más evidente.- ¡Un cuadricóptero!
-¡Hay que salir de aquí ya!-gritó Uno.
-¡Las consolas están abajo! ¡No podemos irnos sin ellas!
-¡Voy a buscarlas!- dijo Rama mientras salía corriendo hacia el sótano tan rápido como podía.

Null se apresuró a meter sus cosas en las bolsas a toda prisa. Si el cuadricóptero llegaba y ellos conseguían escapar sin ser vistos no debían dejar ninguna pista.

El rugido de los motores del vehículo aéreo ya era ensordecedor. Habían volado bajo para pasar desapercibidos, pero ya estaban aquí. Sobre los muros del patio se elevó furiosa una nave negra con cuatro rotores y un cuerpo central grande como un autobús que se estabilizó a unos diez metros del suelo. De los flancos angulosos se abrieron dos compuertas a cada lado y cayeron cuatro cuerdas. Por cada cuerda se deslizaban dos hombres vestidos de negro con ropa de combate.

Sobre el fragor de los motores sonó un megáfono potente como la sirena de un barco.

-Fugitivos, no se muevan. Permanezcan en donde están con las manos en alto hasta que sean esposados. Por su propio bien no opongan resistencia.

Null y Uno se miraron a los ojos, soltaron los petates en el suelo y alzaron las manos por encima de la cabeza.

Los soldados se acercaron despacio, apuntándoles con pesados rifles automáticos. Otros cuatro soldados bajaron del cuadricóptero para cubrir a los precedentes. Iban idénticamente equipados, con chaleco antibalas, gruesas botas, guantes, ropa reforzada con acero tejido y un casco integral que contenía, Null lo sabía bien, una consola táctica con información sobre el enemigo, visión infrarroja, ayudas al combate, visión de 360º, detección de amenazas y ayudas a la puntería que convertían a estos soldados en máquinas de matar muy precisas.

-Permanezcan donde están. No muevan ni un músculo-, ordenó el soldado que iba al frente. Su voz sonaba ronca a través del casco.

-Mierda, Uno. ¿De dónde han salido estos? ¿No los habrá alertado el chico? ¡Te dije que era arriesgado!
-¿Quién te dice que ha sido el chico?
-¡Es obvio! Se ha terminado. Después de tanto tiempo, se ha terminado.

-¡Null! ¡Ya tengo las consolas!- Rama salió corriendo del sótano cargando con dos mochilas.
-¡Objetivo no previsto a las 13! ¡Fuego!

Un soldado apuntó y disparó. Rama voló desmadejado, giró en el aire y chocó contra el muro que había tras él. Cayó al suelo y quedó inmóvil.

Null cayó de rodillas al suelo.

-¡Rama! ¡Mierda, Rama! ¡Rama!- Se giró furiosa hacia los soldados.- ¡Hijos de puta! ¡Era un niño!
-Permanezca inmóvil, señora.

Seis soldados los rodearon mientras los otros seis cubrían las entradas del caserón.

-No me toquéis, escoria. Si he de ir iré por mi propio pie-. Se puso en pie furiosa y se encaró con un soldado. El reflejo de su cara sobre la visera negra del casco le devolvía una mujer furiosa y vencida. Miró a Uno. Uno lloraba en silencio. El pobre muchacho. Sólo era un crío. Miraba el bulto desmadejado que dos minutos atrás era un torrente de vida. Yacía inmóvil. Una mancha de sangre en la pared chorreaba lentamente hacia el suelo..

Se volvió hacia Null y le puso la mano en el hombro.

-¡Quieto señor! ¡No se mueva!
-Se ha acabado. Nos tienen-. gruñó Null.
-Nada se acaba hasta que termina, cariño. Aún estamos aquí.

Un soldado los empujó y les colocó las manos a la espalda. Otro se las sujetó con varias bridas de plástico.

-Escanead el perímetro. Los otros dos no deben andar lejos. ¡Rapido!- ordenó el soldado al mando.

Otros dos soldados levantaron a Null y Uno de los codos y los condujeron hacia el centro del patio. El cuadricóptero descendía lentamente con los portones abiertos levantando nubes de polvo y restos de revistas medio quemadas.

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8-Apariencias

Gregorio no era capaz de dormir pese a que estaba cansado como un perro. Hacía ya rato que iba sentado en el asiento de atrás del viejo Renault 18. Era más cómodo que ir tumbado.

El velocímetro tenía un generoso tope de doscientos veinte kilómetros por hora, pero hacía un rato que la aguja había pasado de ahí y apuntaba tercamente hacia el suelo del automóvil. No estaba nada mal para una tartana.

Ya hacía un rato que Abdellah había soltado la baca del coche en plena autopista desierta. Dijo que era un estorbo aerodinámico y se deshizo de ella sin más, tirando de una palanca del techo.

Gregorio intentaba asimilar todas las cosas extrañas que le habían sucedido en tres días escasos. Fue a conocer a su cliente más importante y después le habían tiroteado, acusado de incendiar un edificio, estaba en busca y captura y ahora iba a más de doscientos kilómetros por hora en un Renault 18 del siglo pasado conducido por un ex agente del servicio secreto marroquí camino de Málaga.

-Debería tomarse la medicación, don Gregorio- dijo Abdellah, sacándole de golpe de sus pensamientos. Sin decir nada, buscó las pastillas y se las tomó.
-Parece que su viejo Renault ha envejecido bien, Abdellah.
-Sí, ¿verdad? Es un viejo truco, Don Gregorio. Lobo con piel de cordero. Un buen mecánico amigo mío metió ahí debajo un buen V8 y dos turbos. También me dejó este botoncito que lo deja en cuatro cilindros y suena como una tartana…
-Jamás lo hubiera pensado, la verdad.
-El truco para reconocer coches como este está en las ruedas: si los neumáticos valen más que el coche, seguro que tiene sorpresa. Es lo único que no se puede esconder.

Siguieron un rato en silencio. Abdellah era un magnífico compañero de viaje. Sabía guardar silencio sin que Gregorio se sintiese incómodo. Mantenía una actitud relajada y se concentraba en conducir.

La cabeza de Gregorio hervía de actividad. No sabía a dónde le llevaban exactamente, ni cuánto tiempo estaría allí. No sabía cuánto  tardaría en curarse la herida del hombro. No sabía qué iba a pasar con su mujer y con su hija.

Demasiadas variables. Demasiados puntos débiles si Umberto quería hacerle salir de dondequiera que estuviese escondido. No sabía cuánto sabía su chófer.

-¿Cómo se conocieron Luis y usted, Abdellah?- preguntó incorporándose un poco en el asiento. Un rayo de dolor le recordó que debería moverse con más cuidado.
-Durante un tiempo trabajé para Umberto Márquez, pero lo dejé.
-¿Para Márquez? ¿Haciendo qué?
-Sicario- dijo Abdellah con la misma indiferencia con la que le diría la hora a una abuela en la parada del autobús.
-¿Y por qué lo dejó?
-Márquez está loco. No está bien matar para un loco.

Abdellah siguió conduciendo en silencio cuando Gregorio dejó de hacer preguntas. Gregorio tenía la piel de gallina. Su chófer no tenía reparos en admitir que era un asesino. De hecho, matar no le parecía mal, si lo hacía para la persona correcta. Al menos, aunque de una manera macabra, tenía un código ético.

-Vaya. ¿Y cómo se lo tomó Márquez?- Abdellah miró a Gregorio por el retrovisor interior con una sonrisa torva.
-Quiere matarme. Pero primero tiene que encontrarme- sonrió divertido Abdellah.
-Entonces parece que Luis me ha elegido al mejor compañero de viaje posible.
-Sí, ¿verdad?- rió el marroquí.

Luis había sido muy hábil. Mucho. A Gregorio le asustaba lo hábil que había sido su amigo.

-Ya casi estamos, don Gregorio.
-Quite el don, Abdellah, por favor. Y tutéeme.
-Muy bien. Tuteémonos.

Condujo el coche a toda velocidad dejando Málaga al este, que empezaba a iluminarse con las primeras luces del amanecer. Dejó atrás los polígonos industriales y se dirigió hacia poniente. A los pocos kilómetros salió de la autovía y se internó por caminos de tierra, conduciendo con las luces apagadas y frenando con el freno de mano.

Abdellah detuvo el coche suavemente bajo un imponente alcornoque frente a una pequeña casa de campo. Bajó del coche y ayudó a bajar a Gregorio. Gregorio aspiró una gran bocanada de aire limpio y frío y miró a su alrededor. El camino, de fino polvo blanco, pasaba por delante de la casa siguiendo el valle entre dos cerros hacia el norte. Tras la casa se podía ver un depósito de agua, un tractor, aperos y un remolque. Más allá había árboles frutales. Todo parecía cuidado y en buen estado, no parecía un escondite improvisado. Un mastín blanco vino meneando el rabo a lamer la mano de Abdellah.

-Bienvenido a mi casa-, dijo acariciando la cabeza del animal.
-¿Tu casa? ¿Vives aquí?
-Sí. Cultivo aguacates, judías, tomates, ya sabe.
-Claro. Vida tranquila.
-Sí.
-Lamento complicártela.
-No te preocupes. Aquí estaremos tranquilos. Pasa, por favor.

Entraron en la casa. Era una vivienda sencilla, sin lujos. Un salón despejado con un hogar encendido a un lado. Al fondo, a la derecha se veía la cocina separada de la habitación principal por una cortina de tiras. En medio, entreabierta, la puerta del baño, y a su izquierda, en el quicio de la puerta del único dormitorio de la casa, una hermosa mujer vestida con vaqueros y camisa de trabajo escondía disimuladamente un arma tras la puerta al comprobar que no había ninguna amenaza.

Abdellah se acercó a la mujer y la besó con dulzura al tiempo que la abrazaba por la cintura. Sin soltarla, hizo las presentaciones.

Se llamaba Liria y era italiana. Era tan alta como Gregorio, con una densa melena negra recogida en una cola de caballo y rostro ovalado, pero mirada severa enmarcada por finísimas arrugas incipientes. Una cicatriz nacía en el ojo derecho y se internaba bajo la mata de pelo. Se movía como una pantera: medía los pasos, miraba dónde pisaba, con los músculos tensos, dispuesta a saltar. Pero lo hacía con naturalidad, como un ejercicio aprendido a fuerza de repetir.

-Tal vez quiera descansar, don Gregorio-, dijo ella, con voz melodiosa, casi sin acento.
-La verdad es que lo estoy deseando.
-Usted dormirá en el dormitorio.
-Tutéame, por favor. ¿Y vosotros dónde dormiréis?
-No se preocupe.
-Liria, te he dicho que me…
-Le he oído la primera vez-, respondió secamente esta vez.- Ahora déjeme que le examine la herida y cambie el vendaje.

Sentados al pie de la hoguera, Liria destapó la herida, la examinó, limpió y volvió a vendar con tal delicadeza y precisión que Gregorio supo que había terminado cuando sintió que le colocaba la camisa de nuevo.

-Le han hecho una obra de arte, teniendo en cuenta qué le provocó la herida. No creo que queden secuelas importantes.
-¿Importantes?
-Podrá mover el brazo sin problemas, eso seguro. Tal vez le duela a veces, con los cambios de tiempo, la humedad, esas cosas. Estas heridas son así. Puede que tenga menos fuerza en el hombro… pero podrá vivir con ello.
-Bueno, la halterofilia nunca ha sido mi meta en la vida- bromeó Gregorio.
-Tiene suerte de conservar el puto brazo en su sitio-, dijo de mal humor. Recogió el botiquín, se levantó como un huracán y fue a lavarse.

Gregorio se preguntaba si había dicho algo inapropiado. Abdellah le ayudó a ponerse en pie y lo condujo hasta el dormitorio.

-¿He dicho algo malo?
-Tu herida le trae fantasmas del pasado. No tenías por qué saberlo.
-¿Fantasmas?
-Liria vivía con su familia en Irak, en tiempos de la Guerra del Golfo. Su padre era un empleado de una compañía petrolífera. La guerra no es como se ve por televisión. Siempre es más cruel y más despiadada-, empezó a contar Abdellah mientras le pasaba a Gregorio un pijama limpio y le ayudaba a desvestirse.- Se suponía que estaban en territorio seguro, pero la gente de Hussein se atrincheraba rodeada de civiles continuamente para protegerse de Naciones Unidas como las ratas que eran. Pero los norteamericanos no eran mucho mejores. Durante seis horas, escuadrillas de Warthogs sobrevolaron edificios civiles para destruir diez puñeteros blindados que habían atacado un convoy militar en las afueras de Bagdad. ¿Sabes cómo los destruyen?
-Ni idea. Misiles, supongo.
-Con una ametralladora tan grande como medio avión. Y con balas de uranio y termita de casi cuatrocientos gramos. Evidentemente, no son del tamaño de las de Márquez, que son perdigones en comparación, pero en esencia se parecen mucho. Uno de los aviones se encontró con que un iraquí tuvo el valor suficiente como para disparar un tierra-aire y realizó una maniobra evasiva. Pero olvidó quitar el dedo del gatillo y cosió a tiros la fachada del edificio donde vivía Liria con su familia. Un proyectil de 30 milímetros atravesó la ventana, un tabique de la casa y alcanzó a su padre, que intentaba tranquilizar a su madre y a ella, escondidos en el dormitorio principal. Lo pulverizó. Literalmente. Su madre corrió hacia donde el pobre hombre estaba acuclillado unos segundos antes cuando un segundo avión realizó una pasada para cubrir al precedente. Tuvo menos suerte que su marido: la bala le rozó simplemente, pero le arrancó una pierna y se desangró en el suelo boqueando como un pez fuera del agua. Gastó sus últimas fuerzas para decirle a Liria que no se moviera, que no se levantara del suelo. Durante seis horas, Liria estuvo aplastada contra el suelo mirando cómo el cadáver de su madre recibía impactos de escombros y cómo las balas rozaban su cuerpo arrancándole pedazos.
-Dios mío.
-Aquella mujer salvó a la mujer que amo. La casa de su familia estaba en un edificio de viviendas al final de una avenida en la que se habían refugiado los soldados iraquíes. Cuando todo terminó, no había ni rastro de la fachada del edificio. Liria se salvó milagrosamente.
-Y cuando he frivolizado sobre mi herida para intentar romper el hielo…
-Se lo ha tomado como una falta de respeto. Pero tú no tenías por qué saberlo. Quizá debería haberte advertido.
-Le pediré disculpas.
-No lo hagas. Ella guarda su dolor como un tesoro. Es la mujer más fuerte y más dulce que existe en toda la faz de la tierra. No quiere olvidar, pero tampoco deja que el pasado sea un obstáculo para vivir.
-Son las circunstancias, claro.
-Exactamente.
-Lo siento, de verdad.
-Tranquilo. Ya lo habrá superado.

Gregorio ya había conseguido vestirse el pijama y estaba sentado al borde de la cómoda cama de matrimonio, con sábanas limpias y planchadas y un grueso edredón. Se sentía fatal, pero sabía que no era culpa suya.

Liria entró por la puerta con una taza humeante en la mano que puso en la mesilla al lado de la cama.

-Disculpe mi brusquedad de antes. Es por su herida. Me trae malos recuerdos. Lo siento.
-No, por favor. Discúlpeme a mí.
-Bueno, dejémoslo en empate-, sonrió Liria y sus ojos verdes brillaron como el agua de un pozo al arrojar una moneda.- Tómese eso, le hará bien. Que descanse.

Abdellah le guiñó un ojo y salió de la habitación con la mano derecha en el hombro de Liria. Al salir, ella cogió el rifle que había escondido antes y se lo colgó con el movimiento exacto y estudiado de un gesto repetido miles de veces. Hacían buena pareja.

Gregorio olió el mejunje de la taza y lo probó. Era dulce y espeso, con  regusto a fruta y estaba caliente. Cuando el líquido caliente llegó a su estómago, se sintió reconfortado.

Un minuto después, los dos somníferos disueltos que llevaba la bebida le dejaron profundamente dormido.

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7-Cobertura

-¿Aquí hay cobertura administrativa?- preguntó Null incrédula.
-Bueno, ahora no, pero sí-. Rama estaba muy nervioso y le costaba explicarse.
-No te entiendo.
-Ven que te lo enseñe.

Se levantaron de un brinco dejando el desayuno sin apenas tocar. Null cogió una mochila pequeña.

-¿A dónde vais?- dijo Aristóteles con la boca llena.
-¿A dónde vamos, Rama?
-Al sótano.
-Ah. ¿Os vais a comer eso?

Null bufó e instó a Rama a que le condujese al sótano. Rama cruzó el patio hacia una galería que recorría la parte derecha de la puerta principal. Dejaron atrás varias puertas de madera desvencijadas.

Llegaron a la esquina más alejada del patio, y al volverla encontraron una puerta de hierro pintado de verde. Rama abrió la puerta con una llave que sacó de un bolsillo. Null esperó olor rancio y humedad, pero nada más lejos. El aire olía limpio y quizá un poco a lejía. Los escalones descendían en la oscuridad. Se asustó un poco. Pese a ser menuda, apenas un metro sesenta de alto, había aprendido a defenderse perfectamente y no creía que Rama fuese un rival peligroso. Pero aún así le hubiese gustado que Aristóteles les hubiese acompañado.

Como en respuesta a sus pensamientos, oyó un paso detrás de ella rozar exageradamente la lija que alguien había colocado en los bordes de los escalones para evitar resbalones. No necesitó girarse para saber que era Diego. Rama se sobresaltó pero no dijo nada. Cerró la puerta tras ellos y pulsó un interruptor. La boca de la escalera iluminó una curva hacia la izquierda. Los escalones estaban impecablemente limpios y las paredes de un blanco impoluto. No era lo que uno esperaría de una biblioteca abandonada, desde luego.

Null cada vez sentía más curiosidad. Rama les condujo escaleras abajo hasta un amplio sótano iluminado con multitud de barras fluorescentes. Las paredes estaban revestidas de estanterías llenas de libros. Había varias mesas pulcramente ordenadas, y en cada una de ellas, un viejo ordenador personal.

-Así que tienes aquí un museo, ¿no?
-¿Un museo? No, aquí vengo a… estudiar.
-¿Y qué estudias?
-Sobre todo informática, comunicaciones, física, historia…- dijo señalando unas cuantas estanterías. Null se acercó y leyó los lomos de los libros. Lenguajes de programación, protocolos de comunicación, teoría de redes, algoritmia… todo aquello había pasado a mejor vida hacía veinte años y ahora estaba totalmente en desuso. Ya nadie programaba así. Las consolas de VR y los lenguajes de programación neuromodulares habían sustituido a todo aquello.
-Vaya. Pero esto es historia de la informática, ya no sirve para nada.
-Sí que sirve- dijo sonriendo ampliamente.- Ven.

Se dirigió hacia una puerta en un costado del sótano y la abrió. Era una habitación más pequeña, de dos por cuatro metros. Hizo pasar a Null y a Diego y cerró.

Dentro había una mesa de trabajo con un ordenador encendido. También había un viejo módem de fibra óptica conectado al equipo y a un punto de acceso inalámbrico más moderno.

Las paredes estaban pintadas de color fucsia, verde chillón, blanco y azul eléctrico. Null las miraba divertida.

-¿Y esta decoración tan… particular?
-Oh, ya. No es muy elegante, la verdad. Pero es que es muy difícil encontrar pintura de hierro.
-¿Pintura de hierro? ¿Para qué?
-Claro, no sería buena idea emitir en abierto, ¿verdad?
-Espera,- dijo Null confundida- ¿me estás diciendo que puedes emitir cobertura desde aquí?
-Exactamente.
-¡Pero eso es imposible! ¡Las conexiones administrativas sólo se pueden usar con equipamiento del gobierno! ¡Es imposible falsificarlo!
-Claro que es imposible falsificarlo. Pero nosotros no necesitamos equipo auténtico del gobierno. Yo puedo usar otro equipamiento cualquiera para hacer una red administrativa nueva.
-Espera, espera, ¿cómo que vamos a hacer una red nueva?
-Sí, una red administrativa nueva. En el fondo es muy fácil, una vez que te das cuenta de cómo funcionan las cosas.

Encendió la pantalla del ordenador y se sentó frente al teclado. Pulsó una tecla y el viejo i7 salió de su letargo y mostró una consola negra que pedía un nombre de usuario.

-Bien,-dijo Rama-aquí tengo un viejo equipo con Linux. Es un antiguo sistema operativo que…
-Sé lo que es Linux. Es el pleistoceno de la informática.
-Oh, no, ni mucho menos. Créeme. Casi todo funciona con Linux aún hoy. No se ha innovado mucho en ese aspecto.
-Mira, no me tomes el pelo. He pasado ocho años de mi vida desarrollando software de seguridad para el gobierno, y jamás he visto ni de lejos Linux. Desde hace quince años nadie ha tocado nada que no sea modular. Quince años programando con consolas VR de desarrollo. De hecho, no había visto un teclado desde que era niña.
-Lo sé. Pero resulta que debajo de todo el software de VR, siguen estando los viejos sistemas. Algunos han sido actualizados, pero han cambiado muy poco en lo esencial. Hacen lo que tienen que hacer y lo hacen bien.
-¿Quieres decir que todo el VR está programado sobre sistemas antiguos?- Null dudaba. Fue una de las mejores programadoras del gobierno, pero su ámbito era la seguridad de identidad. Los sistemas eran algo bastante abstracto para ella.
-Todo. Cuando encontré este sitio hace años comencé a arreglarlo. Estaba hecho un asco. Salvé todos los libros que pude y los traje aquí. Me llevó mucho tiempo, pero precisamente tiempo es lo que me sobra… La electricidad se la robo a un ricachón que vive cerca. Es viejo y está medio ciego, ni se entera. Rescaté los ordenadores y los reparé un poco por intuición y empecé a estudiar. Para mi sorpresa, podía conectarme a Internet con este viejo módem y…
-¿Internet? ¡Venga ya! ¿Y qué más? ¿Navegas por tus páginas web favoritas?
-Hablo en serio, Null. La World Wide Web ya no existe. Pero internet sí. La red sigue funcionando igual. Todo está conectado. Es como en los noventa, usamos los servidores de las empresas y del gobierno para comunicarnos.
-¿Quiénes?
-Los hackers. No como tú. Los de la vieja escuela. Expertos en explotar y esconder. Quedan muy pocos. Cuando me dijiste que eres hacker casi me da algo.

Null le miró dubitativa. Uno le había dicho que el chico podría ser útil. Si lo que estaba diciendo era cierto, se había quedado muy corto.

-Así que hablas en serio: puedes crear cobertura administrativa.
-Sí. Mira.

El muchacho introdujo su nombre de usuario y una contraseña.

-¿Te suena el protocolo SSH?
-Claro. Prehistoria informática.
-Pues casi todo se basa en eso. Por debajo de toda la infraestructura de seguridad, aún se mantiene el protocolo SSH.
-Pero ya no se puede hacer nada con él.
-¡Claro que se puede, Null! ¡Podemos acceder a los servidores y manipular la red! ¿No te das cuenta?
-No veo cómo… y menos con este equipamiento.

Sin contestar, el muchacho se puso a teclear con ligereza. Null observaba lo que iba escribiendo en pantalla. Le parecía estar viendo una antigua película de hackers. Diego miraba también intrigado, aunque para él aquello sólo era un galimatías sin sentido.

rama@netpc:~$ ssh root@dist.45.220.sp.global.gov

password:

Los dedos de rama se detuvieron sobre el teclado. Miró a Null.

-¿Ves? Los servidores aún contestan a las peticiones SSH incluso por el puerto estándar. Los administradores se han vuelto perezosos.
-Pero necesitas una contraseña y…

Rama escribió cuatro letras al azar y pulsó la tecla Entrar. La consola volvió a pedir password.

-No tengo la contraseña de root.
-¡Por supuesto que no! ¿Crees que los administradores serían tan estúpidos como para poner una sencilla?
-No, no lo creo, claro que no. Pero resulta que tampoco la necesitamos. Los servidores hacen muchas cosas, y muchas veces podemos usar esas cosas para nuestro beneficio. Este servidor en concreto es el del ayuntamiento, lo conozco bien. Pero casi todos son muy parecidos. Observa.

Rama cambió mediante una combinación de teclas a un entorno gráfico e inició un navegador de internet. Null no daba crédito, pero estaba expectante. Ya llevaba bastantes sorpresas ese día, pero el chico seguía sacando programas que ella sólo había visto en emuladores y en libros. Rama escribió la dirección del servidor y añadió dos puntos y un número. Un segundo después una página web le pedía un usuario y contraseña.

-¡Otra contraseña!
-Claro. Esto es el panel de control de la  centralita de teléfono y videoconferencia. Observa.

Escribió “admin” en el usuario y “Admin” en la contraseña. Pulsó intro y se cargó el panel de control en la pantalla del ordenador. Null tenía ambas manos sobre la boca para no gritar y los ojos tan abiertos que parecía que iban a salir rodando.

Rama se reclinó satisfecho en la silla.

-La contraseña de root será fuerte, pero a esto no le dieron importancia. De cualquier forma, desde aquí podemos hacer más bien poco en principio. Tardé un tiempo en descubrir cómo hacer cosas en la centralita. Resulta que desde aquí podemos crear extensiones, borrarlas, redirigirlas, crear buzones de voz, crear usuarios y… enviar comandos UNIX.
-¿Y?
-Pues mira.-Buscó en el menú de la centralita un botón que decía “Run command”.- Este botón hace magia. Voy a poner aquí un netcat a la escucha– tecleaba con confianza y rapidez. -Y allí le envío un comando de conexión mediante la interfaz de la centralita a nuestra dirección. Y…- la ventana cambió y le conectó al servidor del ayuntamiento en una consola.-¡Magia! ¡Estamos en el servidor!
-Pues yo no noto ninguna diferencia.
-Sí, la verdad es que no es muy espectacular, pero quien instalase la centralita le asignó el usuario root para ejecutar el software. Una afortunada chapuza. Ahora voy hacer una red privada virtual entre el servidor y mi equipo, que actuará como puente con el punto de acceso . Bastará con…- tecleó durante un minuto con verdadero entusiasmo y se paró en seco con un comando escrito en la pantalla.- Por favor, Null, ponte tu consola VR.

Null se la puso, con los visores en modo transparente. Rama se retiró un poco del teclado y la invitó a pulsar ella misma el intro. Null pulsó y un segundo después en su consola VR se iluminó el indicador de cobertura administrativa hasta el cien por cien.

-¡Dios mio!- gritó.- ¡Tenemos cobertura administrativa! ¡A tope! ¿Cómo? ¿Cómo…?
-Ah, fácil. Las políticas de seguridad de los puntos de acceso administrativos son idiotas: basta con que el punto de acceso esté conectado mediante un equipamiento autorizado. Como por ejemplo, nuestro servidor amigo.
-¡Eres un genio!

Rama sonreía satisfecho. Al final sí que era bueno en algo. En ese momento, mientras Null se conectaba a la red administrativa y cotilleaba un poco, se dio cuenta de que echaría de menos la biblioteca. Era más su casa que el sitio donde vivía.

Al cabo de unos minutos Null se desconectó y se quitó la consola lentamente. Seguía sonriendo como un niño emocionado tras bajar de una montaña rusa. Le temblaban las manos.

-Increíble. Realmente increíble. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando una cosa así? ¡Y lo podremos tener cuando queramos! ¿Cómo es que no has cotilleado en la red VR?
-No me gustan las consolas. Están limitadas por hardware, y si las intentas desmontar se autodestruyen. Son inútiles.
-Tú necesitas una de estas. Toma.- le dijo, tendiéndole una consola extraña como la de Null.- Es una consola de desarrollo. Te enseñaré a usarla. Supongo que encontraremos la manera de cargar todos tus sistemas operativos y tus programas en un emulador de la consola. Vas a hackear más rápido de lo que nunca has soñado.


  si te gustó y quieres apoyarme.

*Este hack se lo he copiado sin permiso a pepelux porque me pareció divertidísimo.

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6-Amigos

El mundo volvía lentamente a tomar forma a su alrededor y lo sentía blando y acolchado. Podía oír pasos cerca, pero no venían hacia él, que pasaban de largo. Escuchaba conversaciones ir y venir, pero nadie se dirigía a él.

Podía oír traqueteantes carritos de metal y vidrios chocando de vez en cuando, pero todo eso ocurría muy lejos de él. A su alrededor, salvo algún ruido de dilatación o algún crujido, sólo había un silencio intermitente y blandura piadosa.

Si hubiese creído en algún dios, le hubiese dado gracias por tenerle en esa paz. Después de lo que había sufrido, esa paz le parecía el paraíso. Aún no había asimilado que le habían disparado. Era algo increíble. Como si le hubiese pasado a otra persona.

Durante un momento de pánico valoró la posibilidad de estar muerto pero un ramalazo en el brazo izquierdo le confirmó que estaba regresando al mundo de los vivos. Apretó los dientes.

Poco a poco recuperó el sentido del tacto. Sábanas almidonadas de algodón, frías al tacto, agradables. Abrió los ojos y cuando pudo enfocar vio que estaba en una habitación de hospital. Tenía en el brazo derecho una vía enganchada a dos goteros. Buscó con la mirada alguna referencia de dónde estaba. En las sábanas leyó estampado el nombre del hospital donde se encontraba. Estaba a escasos quinientos metros del edificio de oficinas donde había dejado atrás a un banquero loco pegando tiros.

Le entró el pánico. Miró hacia la ventana. La luz que entraba era azulada. Debía ser muy temprano. ¿Había pasado un día entero en el hospital y Umberto Márquez aún no lo había encontrado? ¿Cómo era eso posible? ¿Le habría detenido la policía? Se tocó la mejilla con la mano del brazo sano y se quedó paralizado. ¡Tenía barba de varios días!

Olió a café. Giró la cabeza hacia la puerta y vio que Luis, su socio, entraba por la puerta removiendo con un palito de plástico naranja el contenido de un vaso marrón y blanco.

Sonrió ampliamente al verle despierto.

-¡Hombre! ¡Buenos días! Te preguntaría si quieres café, pero este cieno inmundo no merece tantos honores. ¿Qué tal la siesta?

Gregorio quiso incorporarse, pero el mundo le daba vueltas.

-Quieto, hombre, que te vas a joder algo más.
-¿Por qué estás tú aquí?- su voz le sonó rasposa.
-Porque soy tu amigo, joder.

Gregorio le miró largamente. Ahí estaba Luis, tomando un café como si tal cosa. Y sin embargo, no estaba enfadado con él. Debería, pero no lo estaba, no le salía. Luis había hecho lo que sabía hacer: vender. El verdadero traidor había sido su propio ego. Si no hubiese sido por su ego, no habría desarrollado los escenarios que le habían pedido, o al menos no sin asegurarse de que el destinatario era el adecuado. Que los tuviese Umberto Márquez era una atrocidad. En su enmarañada mente, este pensamiento cruzaba por encima de todos los demás.

-Supongo que sí.- Aún estaba un poco aturdido. Se señaló el brazo con la barbilla.- ¿Cómo tengo el brazo?
-Teniendo en cuenta que Márquez tira con balas de uranio, no tienes nada. Resumiéndolo mucho, te falta un cacho del deltoides y tenías media puerta clavada, pero te han dejado nuevo.
-¿Balas de uranio?
-Perforadoras, son capaces de atravesar un chaleco antibalas.
-Hijo de puta. Ese tío es un maníaco.

Luis asintió sin decir nada.

-¿Cuánto tiempo llevo en el hospital?
-Te has pegado una siesta de tres días.
-¡Tres días! – Gregorio entró en pánico- ¿Cómo es que Umberto no me ha encontrado?
-Tranquilo, no te pongas nervioso, Goyo. Todo está bien de momento.
-¿Cómo que de momento?- Gregorio percibió la preocupación en la voz de su socio.
-No, no, todo está bien. Tú tranquilo, que esto lo arreglo yo.
-No me jodas, Luis. Me despierto en un hospital después de huir de un rascacielos con un tío pegando tiros con balas de uranio detrás de mí. Haz el favor de no tocarme los huevos y no me digas que todo está bien “de momento”. ¿Qué coño ha pasado?
-Nada, es sólo que es mejor que desaparezcas unos días. Nada más.
-¿Desaparecer? ¡Lo que tenemos que hacer es llamar a la policía! ¿O le han detenido ya?

Luis rió con sorna.

-La policía es una marioneta de Márquez. Tiene comprados a todos los inspectores y comisarios. Te llevarían esposado con una cinta roja en la coronilla a que Márquez te metiera un tiro entre los ojos.
-Joder…- Gregorio se sintió indefenso.
-Deja que se calmen las cosas. En unos días Márquez estará más tranquilo y podré hablar del tema con él. Confía en mí, hombre.
-¿Que confíe en ti? ¿Te estás oyendo? ¿Tú te estás oyendo, Luis?
-¡Sé de qué hablo! Hazme caso y todo irá bien.
-¿Estás tonto? ¿Te crees que esto es un berrinche? ¿Un día te mato y al siguiente tan amigos? ¿Es eso lo que dices?
-¡Exactamente! Conozco a Márquez y sé cómo se comporta. Es como un niño caprichoso, pero se le pasa enseguida. Tampoco es tonto, por supuesto, y entenderá que lo mejor es que todos nos llevemos bien.

Gregorio cayó entonces en la cuenta y se reprochó no haberlo hecho antes. Seguía vivo.

-¿Cómo es que Márquez no me ha encontrado todavía?
-Cree que has huido. Le han informado de que te han visto cogiendo un ferri en Algeciras. Tu coche estaba en el puerto, mal aparcado, y ahora está en el depósito municipal.
-¿Quién ha…?- sostuvo la pregunta en el aire al comprender la respuesta inmediatamente, pero Luis contestó igualmente.
-Don Dinero, por supuesto. Márquez no es el único que puede comprar gente. Aquí nadie te ha visto. Ni el médico que te operó siquiera.

Gregorio miraba fijamente a Luis. Tenía un aspecto lamentable. La chaqueta y la camisa estaban hechas un higo y no se había afeitado. Al parecer se había quedado velándole los tres días y, a su manera, le había protegido.

-¿Y Sofía? ¿Y la niña?
-Bien, bien, están bien. Están en casa. Un poco preocupadas porque has desaparecido, es normal, claro, pero en cuanto pueda yo las tranquilizo y les digo que estás bien.
-¿No has hablado con ellas? ¡Dame el móvil! Sofía debe estar histérica.
-No te conviene llamarla. Tu casa está vigilada día y noche, igual que los teléfonos. Hazme caso: no la llames ni le mandes mensajes. Ahora lo mejor es mantenerte aparte, que desaparezcas y que todo se calme.

Luis le decía todo eso con semblante sombrío. Demasiados años trabajando juntos, jugando juntos al tenis, yendo juntos de vacaciones para que Gregorio no se diese cuenta de que la situación no era tan sencilla como su amigo planteaba. Luis tenía mucho interés porque desapareciera y lo cierto es que no había otra opción.

Al menos por el momento, tendría que hacerle caso. Ni siquiera podía ponerse en pie, tampoco podría hacer mucho más. Pero necesitaba saber que su familia estaba bien.

-Luis, llama a casa. Habla con Sofía, intenta tranquilizarla. Dile lo que me has dicho a mí.
-No puedo decirle nada de eso. Se supone que yo no sé nada, Gregorio.
-Bueno, pues llámala y consuélala. Necesito oír su voz, saber que está bien.
-Le vas a hacer más mal que bien, Gregorio.

Luis leyó la mirada suplicante de su socio y asintió. Fue hasta la puerta y cerró. Sacó un portátil de su maletín y dos juegos de auriculares que conectó al ordenador. Entregó uno de ellos a Gregorio.

-¿Qué haces?
-Llamar desde mi casa. Me conectaré a mi VPN desde aquí y usaré un módem para hacer la llamada de voz desde el número de mi casa. Si enciendo mi teléfono móvil sabrán que estoy aquí y en cinco minutos tendrías visita.
-¿Y no podrán trazar tu ubicación conectado a la red wifi del hospital?
-Tardarán un buen rato, créeme.
-Alucino. Estoy viviendo en una película de espías y tú estás tan tranquilo.

Luis torció el gesto. No se equivocaba mucho. Un paso en falso y estarían los dos bien jodidos.

-Calla ya, que marco. Y por tu padre: no hables.
-De acuerdo-. Gregorio tenía el corazón desbocado.

Por los auriculares pudo escuchar el primer tono. Al segundo ya lo habían descolgado. Era Sofía.

-¿Diga?
-Sofía, soy Luis.
-¡Luis! ¿Dónde coño estabas por el amor de dios? ¡Llevo tres días llamándote! ¿Sabes algo de Goyo? ¡Dime que sabes algo!

Mierda. Paso en falso, pensó Luis.

-He… he perdido el móvil con el jaleo del incendio. No, no sé nada de Goyo. He intentado hacer averiguaciones por mi cuenta pero no hay ni rastro de él. Hay rumores que dicen haberlo visto por Algeciras, pero no sé cómo de fiables son. ¿Cómo estáis? ¿Necesitáis algo?
-¿Cómo vamos a estar, Luis?
-Me lo puedo imaginar. Yo estoy muerto de preocupación. He intentado indagar algo, pero nadie sabe nada, es como si se lo hubiese tragado la tierra.
-Estamos histéricas, Luis. En las noticias han dicho lo del incendio, dicen que ha sido Goyo- Gregorio miró inquisitivamente a Luis, y éste le indicó con el dedo que luego le explicaba. – A ver por qué Goyo iba a quemar un edificio de oficinas y luego desaparecer, y menos con una niña que podría ser su hija. No tiene sentido. A Goyo le ha pasado algo, Luis. Le ha pasado algo. La niña no hace más que preguntarme qué ha pasado con papá y yo ya no sé qué decirle.
-Tranquila, Sofía. La policía está investigándolo. Verás cómo pronto se aclara todo.
-No sé, Luis. Cada día que pasa me da más miedo. Cada minuto que pasa sin noticias de Goyo más me temo que esté…
-No seas agorera, mujer. Verás como aparece más pronto que tarde.
-No, Luis, no. Lo presiento. Es… es una opresión que siento en el pecho.

Sofía se derrumbó y empezó a llorar con grandes hipos. Luis dejó que llorara, nada de lo que pudiera decir conseguiría calmarla.

-Sofía, tengo que dejarte. Mañana te llamaré-. Le mandó un beso y colgó. Luis esperó que los escuchas que Umberto había puesto a intervenir todas las llamadas de la casa de Gregorio pasaran por alto la conversación. Luis había tirado el móvil en una papelera la mañana del incidente.

Gregorio estaba visiblemente preocupado. Su mujer estaba destrozada y él no podía hacer nada para remediarlo.

Gregorio intentó sobreponerse. Desde luego, aquello tenía toda la pinta de ser una película de espías y él estaba una situación muy comprometida.

-Luis, ¿qué es eso del incendio?
-Una coartada, Goyo. Una coartada. Márquez tuvo que quemar tres plantas enteras para justificar que sonara la alarma. Las noticias han dicho que el principal sospechoso, o sea, tú, ha huido y está en paradero desconocido. Sólo hay un muerto y tres desaparecidos. El muerto es el que tiró Márquez por las escaleras de incendios y los desaparecidos son los dos guardias a los que voló en pedazos en la escalera y la secretaria que se cargó por error. Ahora eres un pirómano asesino y un secuestrador pervertido con dos posibles cómplices.
-¿También tiene comprada a la prensa?
-No a toda, pero sí a las agencias más importantes. Tú deberías saberlo.
-Ya. Estoy bien jodido. Se está aplicando, el muy cabrón.
-Verás cómo todo se arregla, hombre. Venga, descansa. Yo voy a comprar un teléfono cerca de casa para reforzar mi coartada. Mucho me temo que Márquez me va a llamar de un momento a otro, no he estado muy fino.
-¿De qué hablas?
-Estos días han sido frenéticos también para él, orquestando coartadas, escondiendo muertos y pagando silencios; no ha reparado en mí. Pero, sabiendo que he llamado a tu mujer, querrá localizarme enseguida. Debería haberla llamado mucho antes y no hubiese despertado sospechas, ha sido un fallo imperdonable. Esperemos que los policías estén adormilados todavía y no hayan notado nada.
-¿Y yo? ¿Qué hago? ¿Me quedo solo?
-No te preocupes. Aquí estás seguro. Si pasase algo, encontraría la manera de sacarte de aquí.

Sin decir nada más, Luis cogió su abrigo de una percha que había detrás de la puerta, cogió su maletín, guardó el ordenador y se marchó.

Poco después entraron dos enfermeras que le ayudaron a asearse y le curaron la herida. Más tarde llegó un médico y le autorizó a comer algo y a que le quitasen una de las bolsas de gotero, pero le dejaron la que contenía antibióticos.

-¿Qué tal ha ido la operación, Doctor?
-Perfectamente, Matilde. Ha tenido usted un bebé precioso-, contestó el médico guiñándole un ojo. Gregorio al principio no comprendió lo que le decía, pero cuando el doctor se marchó, miró hacia el pasillo y se dio cuenta de que estaba en el ala de maternidad.

Le dieron un caldo aceitoso con sabor a sopa de sobre, pero al menos estaba caliente y sintió cómo recobraba un poco de fuerza. Ya podía tenerse sentado sin marearse. En la bandeja había un papel en el que rezaba “Matilde Suárez”. Vaya. Sí parecía que Luis le había escondido bien.

Gregorio pasó todo el día sentado en el borde de la cama, salvo breves paseos al cuarto de baño. Pensó en afeitarse, pero decidió que era mejor tener algo en la cara que dificultara ser reconocido.

Hizo lo mejor que sabía hacer: escenarios.

Evaluó sus posibilidades. Si volvía a casa seguramente le matarían antes de alcanzar la puerta y pondría en peligro a su mujer y a su hija.

No podía acudir a la policía. No podía pedir ayuda a ningún amigo ni a ningún familiar o les pondría en peligro. Estaba solo. Sólo Luis podía ayudarle, pero sabía perfectamente que la ayuda que Luis le proporcionase sería muy limitada de aquí en adelante, por mucho que su amigo le jurase tener todo controlado.

Si huía, seguiría teniéndolo difícil. Sin dinero suficiente, apenas cien euros llevaba en la cartera, si es que seguía en la chaqueta; sin documentación y sin poder usar tarjetas de crédito iba a llegar poco lejos. En el momento en que hiciese uso de una tarjeta pondría a Márquez sobre su pista.

Gregorio sabía que Márquez no iba a cejar en su empeño de matarle. Se jugaba demasiado. De hecho, ya había dado un paso por delante de Gregorio haciendo ver que tampoco podría denunciarle a la prensa porque la tenía bajo su yugo. En mensaje era claro: esto es entre tú y yo.

Durante todo el día, Gregorio le dio vueltas y más vueltas, pero no encontraba un escenario que le favoreciese. Estaba realmente bien jodido.

La noche cayó fuera y se llevó la luz de la habitación. Gregorio no se molestó en encender una lámpara siquiera. Estaba absorto en sus pensamientos. No se resignaba a rendirse.

Luis llegó a las cuatro y veinte de la mañana, según el reloj de pared que había sobre la puerta. Venía aseado y bien vestido, y le acompañaba un hombre alto y delgado. Por los rasgos parecía marroquí o argelino. Llevaba un jersey rojo lleno de manchas y con varios puntos sacados, chaqueta de piel sintética, unos gastados pantalones de algodón y unos zapatos castellanos destrozados por el uso.

-Hola, Goyo. Menos mal que estás despierto.
-¿Qué pasa? ¿Quién es él?
-Se llama Abdellah Belhaj. Es amigo mío. Que no te confundan las apariencias. Es un ex agente especial del ejército marroquí.- Abdellah saludó con indiferencia y se puso a mirar por todas partes.-Tienes que irte.- Sentenció Luis.
-¿Ha pasado algo?
-No, todavía no, pero yo tengo que hacer el paripé, Márquez me anda buscando. Toma, vístete-, le dijo tendiéndole una bolsa con andrajos.
-Vaya, Gucci. Cómo me conoces, cabrón…
-Se trata de que pases desapercibido. Ponte estas gafas-. Le dio unas horribles gafas de concha sin graduar.
-Toma,- le tendió un abultado sobre- es todo lo que tenía en casa. Hay ciento veintidós mil euros. Gástalos con prudencia.
-¿Y a dónde voy?
-De momento a Málaga, Abdellah te esconderá allí. Recupérate y cuando estés listo, házselo saber y él me avisará.
-Dile a mi mujer… dile…
-Ya sabes que no puedo, Gregorio. Lo sabes.
-Tienes razón. Dame un papel y un bolígrafo. Venga.

Luis le dio una libreta y una pluma. Gregorio escribió dos bloques de seis números y se lo tendió a Luis de vuelta. Luis le miró desconcertado.

-Tú dáselo. Ella lo entenderá.
-Ah, toma.- le tendió una bolsa de farmacia con varias cajas de pastillas.- Son antibióticos y protectores estomacales. Una de cada cada seis horas y cámbiate el vendaje dos veces al día. Abdellah lleva un buen botiquín.

Gregorio se puso en pie y vaciló, un poco mareado, pero se sostuvo. Se quitó la vía de un tirón. Odiaba las agujas. Con mucho esfuerzo se vistió y se miró en el espejo. Increíble. Apenas reconocía su reflejo.

-Luis, cuida a Sofía y a la niña.
-Por supuesto, Goyo. Cuídate.
-Gracias. Tú también.

Le dio un abrazo a su amigo y se fue con Abdellah, que esperaba fuera de la habitación, escrutando los pasillos con ojo experto.

Bajaron al parking del hospital y le guió hasta un Renault 18 ranchera de color verde con la puerta del conductor amarilla cargado hasta los topes de fardos y bultos variados. Al parecer el coche también iba disfrazado. Le abrió la puerta trasera y le indicó que se tumbase en el asiento. Gregorio lo agradeció, empezaba a marearse. La tapicería era de cuero, estaba desgastada pero muy limpia.

Su escolta arrancó el coche y salieron del parking a la tranquila noche de otoño. Poco rato después llegaban hasta un acceso a la A4 en dirección sur y el coche se detuvo.

Gregorio miró por la ventanilla sin levantarse. La cara de Abdellah estaba iluminada de un tenue azul y amarillo. Un segundo después apareció un guardia civil ante la ventanilla del conductor haciendo señas para que la bajase.

-Buenas noches. Estamos realizando un control rutinario. ¿Hacia dónde se dirige?
-Algeciras- dijo Abdellah con fuerte acento.
-¿Y de dónde viene?
-Lyon.
-¿Puede enseñarme el pasaporte?
-Sí señor.- Abdellah buscó en su chaqueta y sacó el pasaporte. El guardia civil lo examinó y se lo devolvió. Sin mediar palabra alumbró con la linterna el interior del vehículo. Gregorio cerró los ojos deslumbrado por el haz de la linterna y se revolvió débilmente.
-¿Quién es ése?- preguntó el guardia civil.
-Mi padre, señor- dijo con tono sumiso.
-No puede ir tumbado. Es ilegal.
-Ya sé señor- dijo con su marcado acento marroquí-, pero mi padre enfermo, muy cansado. Último viaje a Marruecos, ya no viene más.
-Está bien, está bien. Continúe.

Abdellah arrancó el coche de nuevo y se incorporó lentamente con el motor carraspeando a la autovía. Luis vio cómo el agente les hacía incorporarse con movimientos oscilantes de la linterna

-Por los pelos- dijo Gregorio cuando se incorporaron a la autovía.
-No se preocupe. Lo último que le apetece a la policía es meterse con un moro moribundo mientras tienen a sus jefes locos buscando a un violador asesino fugado- dijo con una sonrisa maliciosa. Había perdido el acento marroquí y hablaba un castellano perfecto.- Duerma un rato, en tres horas estaremos en Málaga.
-Le veo muy optimista respecto a su vehículo.
-No se fíe de las apariencias, Don Gregorio.

Pulsó un botón bajo el salpicadero. El coche dio una sacudida y el motor comenzó a sonar más bronco. La parte trasera, vencida por el peso de los bultos se elevó un poco y en conjunto, el coche se bamboleaba mucho menos. Abdellah pisó el embrague y revolucionó el motor, que bramó con energía en la autopista vacía. Soltó el embrague y pese a que iban a más de cien kilómetros por hora, hizo chirriar las ruedas traseras y empujó a Gregorio contra el respaldo del asiento.

-No se fíe nunca de las apariencias.

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5-Una Carga

Durante un buen rato se quedaron en silencio observando cómo Null despotricaba por todo el patio de la vieja biblioteca.

Iba de un lado para otro pateando cuanto encontraba a su paso, refunfuñando palabras ininteligibles y gesticulando mucho con los brazos.

De vez en cuando se acercaba al grupo y, con un dedo levantado, parecía que iba a empezar a regañar a los cuatro sentados a la hoguera, pero al final bufaba, se daba la vuelta y seguía murmurando.

Los cuatro la miraban. Uno, Diego y Aristóteles, divertidos con el espectáculo. Rama estaba preocupado por la reacción de la mujer.

Uno le  inspiraba confianza. No hacía ni veinte minutos que le conocía y ya confiaba en él. Ya había decidido seguirle. Los últimos minutos habían sido los más emocionantes de su vida.

A Rama le preocupaba cómo iba a decirle a sus padres que se marchaba, aunque también pensaba en si acaso les importaría o si se darían cuenta de se había marchado. No era la primera vez que no regresaba a casa por la noche y ni siquiera se daban cuenta. Estaban demasiado ocupados trabajando, llegaban a casa agotados, como zombis. La mayoría de las mañanas se limitaban a golpear la puerta de Rama y decir “Venga, cariño, es la hora de levantarse”.

Null estaba furiosa. ¿Cómo podía Uno pedirle a un puñetero mocoso salido de la nada que les acompañase? ¿Es que no se daba cuenta de lo mal que estaban ya? ¿En qué estaba pensando?

Menuda pregunta. Nadie sabe en qué piensa Uno. Siempre absorto en sus pensamientos mientras los demás cumplen sus órdenes.

Cuatro ya eran multitud, no hacía falta nadie más. La comida no era fácil de conseguir para tres forajidos sin chip y una desertora con un chip reescribible. Había que robarla la mayor parte de las veces. Falsificar dinero hasta ciertas cantidades era sumamente fácil para Null, pero lo complicado era encontrar identidades disponibles a quien asignarles el dinero para comprar.

Y no es que la comida les durase mucho, con Aristóteles en el grupo. Comía por dos o por tres. El tío era grande como un oso, y comía como tal. Sin embargo, no se podía negar que cuando hacía falta, Artistóteles bien merecía cada caloría.

¿Quién es éste muchacho? ¿Por qué lo ha escogido Uno? ¿Por qué no encerrarlo en cualquier sitio como habían encerrado antes a otros hasta que se hubiesen alejado lo suficiente?

Cuando Uno le pidió a Diego que les acompañase, Null también receló.

Diego era un maleante, un buscavidas. Lo encontraron robando de noche en una tienda de comestibles en la Sección 29. Claro, que ellos también estaban tomando algunas cosas prestadas. Diego les sorprendió a Uno y a ella por la espalda. Ni siquiera le oyeron llegar. La inmovilizó retorciéndole un brazo detrás de la espalda y le puso su cuchillo de caza con cachas de cuero y plata en la garganta.

Recordó que el cuchillo estaba caliente. No tibio, sino caliente. Recordó el olor a acero pulido y a aceite. Recordó que Diego no le apoyaba el filo en la garganta, sino la hoja. Supo en ese momento que no le iba a hacer daño. Recordó que Uno intentaba convencer a Diego de que la soltara. Con demasiada vehemencia teniendo en cuenta que a ninguno de los presentes le convenía ser descubierto de noche en una tienda cerrada.

Recordó un zumbido, un golpe y crujir de huesos. La presión sobre su cuello se desvaneció y su atacante cayó al suelo desmadejado. Null comprendió que el escándalo que Uno estaba organizando sólo servía para ocultar los pesados pasos de Aristóteles, que asestó un mazazo con su enorme puño en la coronilla de Diego. Hizo crujir todas  las vértebras del cuello al muchacho.

Los tres se agacharon para ver si seguía vivo, y por fortuna lo estaba. Aristóteles lo inmovilizó con lo primero que encontró: film transparente para envasar alimentos.  Recogieron el arma de Diego, la comida que pudieron cargar y al propio Diego y volvieron a su refugio.

Diego aún tardó seis horas en despertar. No forcejeó al verse atrapado. Uno habló con él durante diez minutos en voz baja. Aristóteles y ella nunca supieron qué se dijeron.

Uno pidió que le soltaran. Diego, nada más verse libre, pidió su cuchillo. Uno asintió y Null se lo entregó. Diego lo recogió y con un gesto rápido se hizo un pequeño corte en la mano izquierda. Dejó que brotase la sangre y estrechó la mano de Uno. No dijeron nada. Aristóteles y Null asistieron atónitos al extraño ritual. El cuchillo desapareció sin que ninguno advirtiese cómo y Diego pidió algo de comer.

Confesó que llevaba tanto tiempo sin comer que cuando apresó a Null apenas se podía mantener en pie y por eso Aristóteles pudo sorprenderle. El azar quiso que los cuatro entrasen a robar al mismo sitio la misma noche.

No pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta de que Diego decía la verdad: no era fácil pillarle con la guardia baja. Siempre estaba alerta, no parecía dormir nunca y resultó ser más útil para el grupo de lo que Null hubiese imaginado nunca de un vulgar ratero.

Era sigiloso, hábil y ladino. Se las apañaba para que nadie se fijase en él, aún entre la multitud; tenía los dedos ágiles y rápidos y una inteligencia despierta.

Tenía sus rarezas, por supuesto, apenas sabía leer ni escribir, pero siempre se podía contar con él.

Pero este chico, Rama, no tenía ninguna utilidad. Era uno de tantos. Un ciudadano alienado como otro cualquiera cuya mayor virtud era no tener chip por culpa de un funcionario estúpido.

Por mucho que estuviese apartado de la sociedad por su inusual condición, no dejaba de ser un imbécil más. Tenía su casa, su familia, un sitio donde ir a leer y a esconderse.

¿Qué necesidad tenían de cargar con un crío? ¿No se daban cuenta de que no sería más que un estorbo? ¿Uno lo recogía por lástima? ¿Qué pensaba que le podría aportar un crío en su misión? ¿Se había propuesto ponerles a todos en peligro?

-Uno, tengo que hablar contigo.
-Aquí me tienes, Null. ¿Qué quieres?
-A solas.
-Disculpadme-, dijo Uno.

Aristóteles y Diego hicieron una exagerada reverencia, como si se quitasen un sombrero emplumado. Null los fulminó con la mirada. Esos dos zoquetes nunca se tomaban nada en serio. Se llevó a Uno hacia una esquina apartada y se encaró con él.

Se miraron fijamente durante varios segundos sin decir nada. La mirada de Uno era plácida, sin miedo, sin remordimiento, emanaba paz. Además, sonreía. Su fase de ensimismamiento había pasado. Sin querer, Null se desinfló. Siempre le pasaba lo mismo con Uno. Uno le transmitía calma.

Los otros dos no conseguían sostener la mirada de Null. Ella era irascible, y de carácter explosivo. No era sólo que Null tuviese mal genio, sino que la combinación de sus ojos azul hielo con su piel del color de la canela y el pelo negro como el ala de un cuervo resultaban perturbadores. Diego y Aristóteles la respetaban como a un general. El cuerpo menudo de Null emanaba autoridad.

-Uno, no sé en qué estás pensando. ¿Qué haces con ese chico?
-Sospecho que nos va a ser útil. Ya verás.
-¿Y en qué nos va a ser útil? ¿Necesitamos a alguien con un ojo de cada color para algo en particular y no he sido informada de ello? Porque si no está en el sistema, es de chiripa. Seguramente lo único que consiga hacer por nosotros sea que lo maten o que nos maten a nosotros.
-Null, tú sabes que te quiero, y que aprecio todo lo que haces por nosotros. Te necesitamos. Pero aún tienes que aprender mucho, cariño.

Null se apartó el pelo de la cara y se hizo una coleta para digerir el paternalismo. Se dispuso a replicar, pero Uno la interrumpió y le rodeó el cuello con un brazo, colocándose a su lado mirando hacia el grupo, que se entretenía charlando animadamente.

-¿Te has fijado en sus manos?
-No. Me he fijado en que es un crío.
-Vive en la calle prácticamente todo el día y tiene las manos impecables. Sus dedos son rápidos, finos y ágiles. Sabe hacer algo con ellos y quiero saber qué es.
-Claro, un pianista nos vendría de puta madre…
-No seas impertinente y escucha. A esos dedos los gobierna un cerebro despierto. ¿No te has dado cuenta de que le he preguntado su opinión sobre el sistema y ha respondido algo sensato y con vehemencia?
-¿Y eso es excepcional? ¡Pregúntale a Aristóteles y te hará un exhaustivo análisis a tres bandas!
-Es excepcional. El sistema está montado de tal manera que los ciudadanos no se pregunten nada. Que no opinen. Ya se preocupan los de arriba de decirles lo que tienen que opinar. Este chico no ha tenido contacto con nadie fuera del sistema y aun así no está contaminado.
-¿Y qué más? ¿Necesitamos un pianista filósofo?
-Tiene dieciséis años-, continuó como si no hubiese escuchado el sarcasmo-, y ha estado viniendo a esta biblioteca día tras día toda su vida.
-Me he perdido.
-Un niño del sistema no se pasa toda la vida yendo al mismo sitio a leer novelas de aventuras. Si viene aquí es por algo. Ya has escuchado que la biblioteca pública no le gusta. Si después de cinco minutos de charla con él ya se quiere unir a nosotros, es porque quiere pelear, aunque aún no sepa contra qué. Null, este chico tiene algo y yo lo quiero. Quiero saber qué es.

Null lo miró fijamente de nuevo. Mientras le hablaba, se dio cuenta de que Uno, una vez más, no hacía las cosas sin una razón. Tenía la capacidad de evaluar a una persona inmediatamente. Cuando hablabas con él te miraba de arriba a abajo sin pudor e interpretaba cada expresión corporal con una precisión absoluta.

-Muy bien. Muy bien. No sé para qué me esfuerzo en mantener al grupo seguro. No lo sé. ¿Quién te dice que no es un espía? ¿Quién te dice que no nos lo manda tu amiguito?
-Oh. No lo sé. No creo que sea un espía, desde luego. Pero para eso te tengo a ti-, le dijo con una amplia sonrisa. La cogió del brazo y volvieron con los demás.

Aristóteles había preparado un desayuno abundante, dado lo menguado de su despensa y los tres habían empezado a comer. Uno se unió inmediatamente y Null se sentó con ellos unos segundos después.

-Déjame que adivine, Null-, dijo Aristóteles.- Has hablado con Uno y te ha convencido de que el chico se viene.
-Cállate, ceporro.
-¡Lo sabía!-rió con ganas, y se llenó la boca de embutido.

Diego comía despacio con una sonrisa pícara en la cara. Le estaba diciendo lo mismo que Aristóteles pero sin palabras.

-Oye, Rama-, dijo Null de repente.- Necesito que me digas una cosa.
-¿Sí?.
-¿Qué es lo que mejor se te da?
-¿A qué te refieres?
-Tu habilidad. ¿Qué sabes hacer?

El chico se quedó pensativo. Dudaba. No sabía qué decirle. ¿Y si resultaba vanidoso? ¿Y si él pensaba que era bueno en algo y resultaba que no lo era? ¿En qué podría él decir que era bueno si no tenía a nadie con quien compararse?

-Nada, supongo…
-¡Ja! Todo el mundo sabe hacer algo. Mira,  Diego puede hacerse invisible. Aristóteles es como un tanque, en todos los sentidos. Yo soy técnico de seguridad virtual del ejército y Uno… bueno, Uno es Uno.
-¿Técnico de seguridad virtual? ¿Del ejército?
-Sí. Bueno, no, ya no estoy en el ejército, obviamente… ¿Sabes lo que es una consola de VR?
-Claro, todo el mundo tiene una.
-Pues si tengo cobertura administrativa, puedo suplantar identidades importantes y moverme por la red para obtener información o modificar datos de nuestro interés.
-¡Vaya!- dijo con curiosidad. -¿Y eso cómo lo haces?

Uno se levantó con una taza de café en la mano. Apoyó la otra en el hombro de Null. Ahí tenía su “te lo dije” particular. Uno se reunió con Diego en el centro del patio y se puso a charlar con él. Null no se había dado cuenta de que Diego se había movido siquiera. Rama miró a su lado, donde había estado sentado Diego hacía unos segundos. No podía moverse tan rápido sin que los demás lo notasen. Uno le estaba dando un trozo de papel y Diego dejó el patio.

-Bueno, para explicártelo necesitaría cobertura administrativa y no tenemos. Tú no sabrás dónde hay, ¿no?
-¡Claro que sé dónde hay!
-Los centros públicos no me valen, no queremos que nos vean hacer según qué cosas. Así que dime: ¿Desde dónde podríamos conectarnos?- le preguntó con una sonrisa maliciosa.

Rama se puso muy serio.  No quería que notasen lo feliz que estaba por serles útil. Pero al hablar, su sonrisa le delató.

-Desde aquí mismo.

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4-Corre

Una Desert Eagle con el cañón modificado, más largo, de color gris claro, pulida, sin un solo arañazo. El seguro estaba quitado y detrás de la pistola seguía Umberto Márquez. Gregorio se sorprendió al encontrarse pensando en la cantidad de detalles que era capaz de apreciar en una situación tan comprometida como aquella. El miedo, pensó.


-Usted no se va-, repitió mecánicamente.- ¿No preferiría sentarse con nosotros y celebrar nuestro triunfo?
-Gregorio, por el amor de dios, piensa en tu mujer y en tu hija. No seas gilipollas- le rogó su socio.
-Yo…- tragó saliva. O lo intentó. Tenía la boca seca como una tabla.- Yo no puedo. No puedo. No puedo…


Gregorio reculó hacia la puerta cerrada. No era capaz de articular una frase coherente.

-Bien, señor Zabala, pues no se hable más. Una pena que nos hayamos conocido en estos términos. Le debo mucho. Espero que comprenda que, en estas circunstancias, no le puedo dejar marchar. Ambos sabemos por qué. Que tenga usted un buen viaje-, dijo en tono neutro, como el que mata una mosca en mitad de una conversación y sigue charlando como si nada.

Gregorio miró a Luis. Estaba desencajado. Le miraba con expresión de auténtico pavor, moviendo la cabeza frenéticamente y haciéndole señas para que no siguiese reculando.

Los políticos y empresarios asistían con una expresión de absoluta indiferencia al espectáculo, exhalando bocanadas de humo de vez en cuando o dando un sorbo distraído de vasos cargados de líquidos de color ámbar o le señalaban mientras murmuraban entre ellos y reían discretamente. Algunos, incluso, miraban la hora aburridos.

Vio cómo Umberto deslizaba el dedo índice desde la guarda hasta el gatillo y cerró los ojos cuando la corredera comenzó a moverse.

Se sorprendió al oír el disparo, un trueno desproporcionado para un arma corta, y sintió cómo un millón de escorpiones le clavaban aguijones de fuego en el brazo izquierdo. Estaba sentado en el suelo. No recordaba haber caído. Tal vez perdió el conocimiento por la tensión y el pánico.

Abrió los ojos inmediatamente. El mundo parecía funcionar mucho más despacio. Un espectáculo dantesco se estaba desarrollando frente a él.
Una puerta lateral se había abierto en la línea de fuego y de ella había salido una secretaria sujetando un teléfono móvil del que salía un cable hasta sus oídos. Era joven, de poco más de veinte años. Alta y esbelta, maquillada con discreción, guapa y peinada con una pulcra trenza.

En la pantalla del móvil, una fotografía de una mujer subtitulada “Mamá” y un contador de tiempo. Veintidós segundos de llamada. Veintitrés. Veinticuatro. Su expresión era de sorpresa absoluta. Le miraba con la boca abierta, de pie, delante de la puerta con las manos levantadas hasta la altura de los hombros.

Gregorio pudo ver la expresión de fastidio de Umberto Márquez. Pudo verla a través del agujero que tenía la joven en el pecho. Toda la parte derecha de su torso había desaparecido. Media puerta se había vaporizado y llovían trozos de madera. El pomo rodaba abollado por el suelo. Gregorio estaba cubierto de sangre, pero no sabía si era suya o de la secretaria.
La secretaria se desplomó boqueando en el pasillo.

-Hija de puta-, masculló Márquez.- La nueva tenía que ser, hostias.
Gregorio se levantó tan rápido como pudo y abrió la puerta de la sala como una exhalación. Saltó fuera presa del pánico, temiendo no escapar a tiempo del segundo disparo. Media puerta salió disparada hasta el otro extremo del vestíbulo después de otro atronador disparo como confirmación de sus temores.

De todas las puertas de la planta se asomaron curiosos para ver qué pasaba. Gregorio pensó en pedir ayuda, pero enseguida se dio cuenta de que nadie se atrevería a cobijarle. Se encerraron como ratas cuando vieron a Márquez salir como una exhalación empuñando la pistola.

-¡Llamad a seguridad, imbéciles!- bramó Umberto.

Gregorio corrió hacia las escaleras como alma que lleva el diablo, con el corazón en la boca y la adrenalina impulsando los músculos de sus piernas que se quejaban por un esfuerzo al que no se habían sometido desde hacía muchísimos años.

Otro disparo silbó por detrás de su nuca y se estrelló en una pared. Gregorio alcanzó las escaleras y se lanzó hacia abajo como si fuese una rampa, ni siquiera miraba los escalones que pisaba. Bajó una planta y miró hacia atrás. Umberto le perseguía corriendo mientras cambiaba el cargador de la pistola. ¿Por qué recargaba tras sólo tres disparos?

Gregorio se quiso recriminar por entretenerse con preguntas irrelevantes, pero se dio cuenta de que no había dejado de correr escaleras abajo. Al menos su instinto de supervivencia seguía funcionando.

Otro disparo se estrelló dos metros delante de él en la pared de la escalera. Una nube de esquirlas, y polvo le cayó encima y la onda expansiva le quemó la cara y le hizo bajar un tramo de escaleras rodando. ¿Balas explosivas? ¡Maldito maníaco! ¿Quién va a una reunión con una pistola y balas explosivas en la chaqueta?

Siguió corriendo a la desesperada escaleras abajo. Afortunadamente, el tremendo retroceso del arma modificada hacía que la cadencia de tiro fuese más reducida. De otra forma ya estaría muerto.

En el siguiente descansillo se encontró con tres guardias de seguridad que venían a la carrera por el pasillo, cerrándole el paso. Sin pensar, saltó por la barandilla para esquivarles. Uno de ellos le cogió por la chaqueta, pero ya estaba en el aire y su propio peso le liberó del guardia. Un nuevo disparo y siguió corriendo escaleras abajo. Iba a ser un viaje largo. Estaba, si no le fallaban las cuentas, en el piso cincuenta y el pecho le ardía ya por el esfuerzo. Delante de él cayó un brazo sin dueño. Al parecer el disparo explosivo había impactado en el objetivo erróneo.

Gregorio oyó un revuelo escaleras arriba, un breve forcejeo. Decidió que no llegaría mucho más lejos por las escaleras y se aventuró por el pasillo. Gastó dos segundos de su precioso tiempo en localizar una placa verde con un hombrecillo blanco corriendo a través de una puerta con una flecha y corrió hacia ella. Otros tres guardias subían las escaleras.

Salió por la puerta de emergencia como una exhalación y ésta le llevó a una terraza donde había un hombre que estaba fumando un cigarrillo.

-¿Qué pasa ahí dentro?- le preguntó con indiferencia.
-Me… persiguen…- contestó mientras bajaba las escaleras metálicas hasta la planta siguiente. Bajó así tres plantas más, esquivando fumadores hasta que se dio cuenta de que por la escalera de incendios subían más guardias de seguridad y varios hombres vestidos de negro con cara y pistolas de pocos amigos.

Por arriba ya podía oír los pasos apresurados y los gritos furiosos de Umberto Márquez. Uno de los fumadores cayó al vacío gritando de pánico.

-¡Apartad, hijos de puta!- gritó Márquez dos tramos de escaleras más arriba.

Vio una puerta abierta y se coló dentro. La puerta se deformó como un papel cuando el disparo de Márquez llegó medio segundo tarde al lugar donde estuvo la cabeza de Zabala. Gregorio cayó de bruces con muy poca elegancia en el suelo enmoquetado. El pasillo estaba calmado y había poca gente. Una agradable melodía sonaba por el hilo musical. Echó a correr sin rumbo, no conocía el edificio. Sólo quería alejarse.

Al final de un corredor lateral vio una boca de incendios y otra señal de salida de emergencia señalando hacia el punto del que venía. Aquella era su última baza, no podría aguantar mucho más este ritmo. Apretó el paso y con el codo rompió el cristal y pulsó el botón de alarma. Un timbre ensordecedor comenzó a sonar en todo el edificio. Los rociadores comenzaron a escupir agua y todo el mundo salió gritando de los despachos y se lanzó a la carrera por las escaleras.

Gregorio se unió al primer grupo que pasó junto a él y comenzó el descenso. Pronto una marea humana bajaba las escaleras. Dos plantas más abajo eran cientos, bajando a toda prisa. Gregorio se camufló entre la muchedumbre impaciente por llegar a la salida.

A la altura de la planta diez oyó sirenas en la calle. Deseó que alguien hubiese llamado a la policía. Mierda. ¿Dónde estaba su móvil? Se registró todos los bolsillos sin encontrarlo. Decidió que buscaría un teléfono en cuanto llegase abajo, pero primero tenía que salir de allí y buscar un sitio seguro.

Por fin, llegó al hall del inmenso edificio, agotado pero extrañamente relajado entre la multitud que corría hacia la salida presa del pánico. Las puertas estaban abiertas de par en par.
Cuando salió a la calle, después de varios minutos de bajada, aspiró una gran bocanada de aire. La gente corría unos metros al salir del edificio y se volvía para mirar hacia arriba en busca del humo del incendio. Él daba vueltas desesperado buscando uniformes de policía, pero sólo veía sanitarios y ambulancias.

Otras cuatro ambulancias llegaban por la avenida con las sirenas puestas y a lo lejos se oía un camión de bomberos. Parecía que el protocolo antiincendios del edificio de Umberto Márquez era extremadamente eficaz.

Una mano sujetó a Gregorio del brazo y tiró de él. Se giró bruscamente, seguro de encontrarse a Umberto Márquez y su pistola de balas explosivas.

-¡Madre mía! ¿Qué se ha hecho en el brazo?- le preguntó un sanitario mientras le examinaba el brazo izquierdo.- ¡Venga! ¡Venga por aquí!

Le llevó hacia una ambulancia que esperaba junto a la acera. Le sentaron en una camilla y le quitaron la chaqueta mojada y llena de polvo y sangre. Se miró el brazo y entre los ríos de sangre que le manaban desde el hombro vio un buen número de astillas de madera clavadas. Un profundo surco en el hombro había aparecido en el lugar donde antes tenía el deltoides. La primera bala casi hace bien su trabajo. Sintió que se desvanecía. El mundo fundió a negro, la adrenalina dejó de mantenerlo en pie.

-¡Sánchez! ¡Sánchez! ¡Ayúdame a subir a éste que está sin tensión! ¡Paco, arranca que nos vamos! ¡Venga, coño!

Oyó que se cerraban las puertas de la ambulancia y salía disparada quemando ruedas. Entonces se quedó sin fuerzas, dejó de oír y se dejó ir.


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3-Cinco

-Si te mueves te rebano el cuello, jaro.
-¡Diego! ¡Qué pasa!- gritó Null, saltando de debajo de su manta.
-He pillado a este pimpollo entrando al patio ahora mismo y por mis muelas que no sale andando de aquí.
-¿Qué…? ¡Oye!- dijo Aristóteles levantándose de un brinco.  En tres zancadas llegó a donde Diego sujetaba por el pelo a un muchacho de no más de dieciséis años y le apoyaba un cuchillo de caza en la garganta. -¡Deja al chico, hombre, que lo vas a asustar!
-¿Qué lo suelte? ¿Quieres que salga corriendo y nos traiga aquí a toda la Guardia Ciudadana? ¿Tienes ganas de correr hoy?
-No seas bobo, joder, que no es más que un crío- dijo Aristóteles. Cogió a Diego por la muñeca que sujetaba el cuchillo y sin ningún esfuerzo liberó al chico de su abrazo. – Ea. Ya está, no te asustes, muchacho.
-Aristóteles…- dijo Diego con un suspiro.
-No te voy a dejar que le asustes.
-Que no es eso, hombre que…
– ¡Que no insistas! ¡Pobre muchacho! ¿No ves que es un simple civil?
-Pero…
-Que no, coño, vamos a hablar como personas civilizadas. Que Uno decida.
-Que tienes el pantalón ardiendo, animal.
-¡Oh! Disculpa, chico-, dijo poniendo al muchacho a un lado, pero sujetándole con su enorme manaza por la cabeza. Miró hacia abajo y efectivamente, vio que tenía el pantalón ardiendo vivamente hasta media pierna. Chasqueó la lengua con disgusto y  con unos cuantos manotazos apagó el fuego. El muchacho observaba la escena con los ojos como platos,mientras que los otros tres se reían a carcajadas.

Aristóteles abrazó al muchacho por el hombro, le revolvió el pelo, lo cogió en volandas y sin darle opción, lo acercó hacia la hoguera, o hacia donde estuvo un minuto atrás; porque en su apresuramiento había pisado el fuego y esparcido las brasas a su paso. Soltó al muchacho y las recogió con las manos desnudas para recomponer la hoguera lo mejor que pudo.

-Bueno, mira, por lo menos he conseguido que Uno se ría un rato. Debería prenderme fuego todas las mañanas, joder- rió Aristóteles. – Pena de pantalón…
-No entiendo cómo puedes ser tan animal, Aristóteles-, rió Diego frotándose la muñeca. Le había hecho daño el gigantón.
-¿Te he contado alguna vez que trabajé diez años en un puto alto horno? ¡No siento el calor!
-¡No era calor! ¡Estabas ardiendo!
-¡Eso no era arder, hombre! ¡Era lumbrecilla!

Uno sonrió, se acercó al chico y, con voz paternal, comenzó a hablar con él.

-¿Qué haces aquí, muchacho?- preguntó Uno amablemente cuando el muchacho se sentó en el suelo forzado amablemente por Aristóteles.
-Yo… yo…
-No somos guardias ciudadanos ni policías ni nada parecido, como podrás ver- se adelantó Uno viendo que el muchacho pensaba que le iban a detener-. A mí me llaman Uno. Diego es quien te ha encontrado, disculpa su celo. Aristóteles es tu salvador, y esta es Null. Dime,  ¿cómo te llamas?
-Mis padres me llaman Rama, de Ramiro-, dijo asustado.
-Curiosa abreviatura. ¿Y los demás, cómo te llaman?
-Chico, chaval, muchacho, da igual. No tengo nombre administrativo.
-¿Cómo? ¿No tienes certificado de ciudadano?
-No, no tengo-. Todos prestaron mucha atención al muchacho. No parecía un  forajido.
-¿Cómo es eso posible si lo tienen hasta los perros?
-Pues por mala suerte.
-Explícate.
-Al año de nacer, mis padres fueron a inscribirme en el censo de ciudadanos para que me pusieran el chip, pero no pudieron.

Rama se sorprendió hablando tranquilamente. El tono del viejo y su genuino interés le invitaban a hablar, como en un encantamiento.

-¿Y eso?
-Porque el funcionario que tenía que introducir mis datos no pudo hacerlo.
-¿Por qué no?
-Por mis ojos. Tengo uno verde y el otro marrón.
-¡Anda! ¡Es verdad! ¡Qué curioso!
-Se llama heterocromía. Pero el formulario de inscripción de ciudadanos sólo permitía un color, y no se atrevió a rellenarlo por miedo a las sanciones que ponen a los funcionarios que se equivocan con los datos.
-Vaya, vaya, qué curioso. Así que no existes para la Administración- dijo Uno,y se quedó pensativo unos segundos. Null chasqueó la lengua.- Y dime, ¿qué haces aquí?
-Nada, no… no hacía nada. Yo venía a leer… y de repente el señor del cuchillo me cogió por detrás y os despertasteis.
-Diego, se llama Diego. ¿Cómo que a leer? ¿Aquí? ¿No hay una biblioteca en el pueblo?
-Sí, esto era una biblioteca. Pero ya no viene nadie, sólo yo. No puedo ir a la nueva  porque no tengo chip- dijo meneando la muñeca izquierda de lado a lado.- Además, allí no hay libros interesantes.

A Null le brillaron los ojos. El chico no podía pisar la biblioteca nueva y aún así sabía que no había nada interesante, así que, pese a todo,había entrado. Uno pareció pasar por alto el detalle.

-¿Y cómo te han puesto las vacunas y te han hecho las revisiones médicas sin certificado ciudadano?
-Una amiga de mi madre trabaja en el centro de salud. Es enfermera y me sacaba las vacunas de contrabando.
-Vaya… ¿Y cómo es que estás aquí tan temprano?
-Mis padres se van a trabajar muy pronto y yo no me puedo quedar solo en casa.
-¿Cómo que te quedas solo? ¿Y el colegio?
-No voy al colegio.
-¿Y eso?
-No puedo- dijo dándose unos golpecitos en la muñeca.
-Ah, claro, claro… ¿Y entonces qué haces?
-Vengo aquí y leo.
-¿Todo el día?
-Casi todo. Luego voy a comer y-… dudó si seguir contando más. -Y me entretengo con mis cosas…
-¿Y por qué no te quedas en casa?
-¿Está de broma? ¡Es ilegal!
-¿Cómo que es ilegal?
-En este pueblo es ilegal que los menores de diecisiete años se queden solos en casa sin la presencia de un adulto responsable. ¡Mis padres perderían mi custodia!
-No lo creo-, dijo Uno.- No existes.

Rama se le quedó mirando como quien mira a quien le acaba demostrar cómo se pela un plátano a quien se lo ha estado comiendo siempre con cáscara.

-Pero de cualquier manera, tus padres tendrían un buen problema, por supuesto- zanjó Uno rápidamente.

Null repartió café a todos los presentes, muy atenta a la conversación que mantenían Uno y el chico. El muchacho olió el líquido con curiosidad.Lo probó con desconfianza y se relamió de gusto.

-¿Qué es esto? Está buenísimo.
-Café. ¿No lo habías probado nunca?
-No. Creo que aquí no lo venden.
-Madre mía. Qué pueblo de mala muerte-, resopló Null.
-Oye, muchacho-, continuó Uno,- ¿cómo es que no se queda tu padre o tu madre contigo?
-Porque no pueden. Les asignaron una hipoteca muy alta y tienen dos trabajos cada uno.
-¿Hipoteca asignada? ¿Dos trabajos?
-Sí. Uno con sueldo y otro social con reducción de hipoteca.
-No lo había oído nunca-, confesó Uno.
-Por lo que me dice mi padre, que es repartidor, es por una ley local. Como hay pocos habitantes,  se asignaron las casas disponibles en función de la capacidad de cada uno. Por lo visto deberíamos estar orgullosos de que les asignaran una hipoteca tan alta. Y por no haber faltado nunca a un pago, pueden trabajar para la administración a cambio de una reducción de la hipoteca.

El muchacho contaba aquello con total naturalidad, pero el grupo sentado al fuego se miraba con incredulidad.

-Este pueblo es muy peculiar, por lo que veo-, dijo Uno con serenidad-. Una manera de distribuir la riqueza… innovadora.
-Por lo que me dice mi padre, la Administración Central ha premiado al alcalde y está aplicando la misma normativa en más pueblos. Así no se quedan las casas vacías. Dice que somos unos pioneros.
-Increíble. ¿Y a ti que te parece, Rama?
-¿Qué me parece el qué?
-Pues todo lo que me cuentas. La hipoteca, que no tengas derecho a ir al colegio, que tengas que estar en la calle todo el día mientras tus padres trabajan. Que alguien decida dónde debes vivir. Todo.
-Pues…- el muchacho parecía concentrado. – No lo sé.
-¿No sabes qué te parece todo esto?
-No lo había pensado nunca. Nunca me lo habían preguntado.
-Bien, pues ahora te lo pregunto yo-. Uno miraba fijamente al muchacho. Los otros tres reconocieron esa mirada al instante.
-Ay madre-, murmuró Null con preocupación. Diego se puso a limpiar el cuchillo concienzudamente con una sonrisa pícara en la cara. Aristóteles sonreía de oreja a oreja sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
-Dime, Rama. ¿Qué te parece todo esto?

Rama miró a todos y cada uno de ellos. Un viejo con mirada de hielo que le preguntaba su opinión con voz afable y expresión impenetrable.Un gigante ignífugo de más de dos metros, de rasgos amables y duros; un hombre fibroso y moreno capaz de hacerse invisible e inaudible y una mujer muy joven de ojos vivos, gesto severo y manos inquietas.

¿Qué hacían ahí? ¿Por qué les interesaba su vida? ¿Y por qué querían saber qué opinaba él? Más todavía. ¿Qué opinaba él?

-Me parece injusto-, dijo casi sin pensar, sin darse la orden de hablar. Los ojos le ardían y tenía los puños apretados.-Yo no puedo hacer lo que hacen los demás, y estoy siempre solo. Mis padres no pueden estar conmigo. Nunca han estado conmigo por la maldita hipoteca. ¡Llevo dieciséis años solo! No puedo ir a ningún sitio ni estar en mi casa. ¡Es injusto! ¡Es una mierda!- Con gran esfuerzo contuvo las lágrimas. Estaba furioso. ¡Estaba furioso! Nunca había experimentado esa sensación. Lo había leído en libros y cómics, pero nunca había experimentado esa sensación en toda su vida con tal intensidad.

-¿Y qué vas a hacer para cambiarlo?- preguntó Uno sin dejar de mirarle. Sus ojos fríos chispearon brevemente y se clavaron en los de Rama. Null se levantó de un salto, bufó y se puso a pasear frenéticamente. Uno la reprendió furioso sin dejar de mirar a Rama.

-¿Qué voy a hacer? ¡Nada! ¡No puedo hacer nada!- dijo el muchacho bajando la cabeza.
-¿Qué harías si pudieras?
-¿Si pudiera?
-Si tuvieras poder infinito. Qué harías para que el mundo no fuese injusto, ni una mierda, como tú dices.
-Si pudiera… dejaría que cada uno hiciera lo que le diese la gana. Es lo más justo, ¿no? Dejar que la gente decida qué quiere hacer con su vida. Las reglas del gobierno son injustas y estúpidas.
-¿Sabes cómo se le llama a la condición de las personas que no tienen libertad para decidir y se ven forzadas a trabajar?
-¿Cómo?
-Esclavitud-. Hizo una pausa para mirar a Rama y comprobar que conocía la palabra-.Tus padres. Tus vecinos. Tus amigos si los tienes. Son esclavos. Esclavos del sistema y ni siquiera lo saben porque están convencidos de que son libres. Pero tú eres libre, hijo. No sabes la suerte que tienes. Y si quieres, sólo si quieres, porque puedes elegir como hombre libre, me gustaría que vinieras con nosotros.

-¡Lo sabía! ¡Es que lo sabía! ¡Cinco minutos y ya está!- Null se alejaba del grupo a grandes zancadas, refunfuñando y dando patadas a todo lo que veía.
-No le hagas caso, chico- dijo Diego, bajando mucho la voz-, protesta por todo.
-Es verdad-, confirmó Aristóteles con la boca llena de algo que parecía embutido.
-¡Os he oído, imbéciles! ¡Ni siquiera le conocemos! ¡Podría ser un espía!¡Sois los tres unos idiotas! ¡Y además es un puto crío! ¡Un crío! ¿Qué vamos a hacer con él? ¿Cambiarle los pañales? ¡No sirve ni como cebo para distraer a un policía borracho en una alcantarilla como esta!

Null se alejó del grupo mientras despotricaba y de vez en cuando pateaba las columnas del patio o lanzaba puñetazos al aire.

Rama miraba fijamente a Uno. ¿Qué le estaba pidiendo? Ya le había pedido algo nuevo. Su opinión. Estaba aturdido. No podía pensar con claridad. En apenas unos minutos había pasado de llevar una monótona vida de ratón de biblioteca a tener un cuchillo en el cuello y de ahí a que un desconocido le invitase a acompañarles sin decir siquiera a dónde. 

No podía pensar con claridad, pero sentía la urgencia de contestar. Ese viejo tenía algo en la cara,en la voz, en esos ojos de hielo sin fondo que le urgía a responder. Hubiese deseado decirle que necesitaba pensarlo, pero sentía que no era la respuesta correcta.

Hubiese querido preguntarle quiénes eran, conocerlos y presentarles a sus padres, pedirles opinión a ellos también, tal como había hecho Uno con él. Remover su conciencia como se la habían removido a él.Preguntarles por su opinión. Pero sentía que no era lo correcto en ese momento,que no habría una segunda oportunidad.

Ahora, tan sólo sentía una curiosidad infinita por saber quiénes eran esas personas y a dónde iban. No les tenía miedo. Había algo en ellos muy diferente a los temibles agentes de la ley. Cuando se había cruzado con un policía, o con un guardia ciudadano siempre le había parecido que trataba con carcasas vacías, casi con robots. Este grupo estaba vivo. Muy vivo.

-¿Y bien?- le urgió Uno.
-¿A dónde vais?
-Dejaré que tú intentes adivinarlo.

Rama guardó silencio unos segundos más. ¿Realmente sabía adónde iban? ¿Le estaban proponiendo lo que creía que le estaban proponiendo? Concluyó que sólo había una manera de saberlo.

-No sé a dónde vais, pero me voy con vosotros. Aquí no pinto nada, y si no lo hago, siempre me preguntaré qué habría pasado.
-No sabes cuánto me alegro de escuchar eso, muchacho. Bienvenido.


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2-Cuatro

Una ráfaga de aire frío se coló entre las torres hasta el patio, haciendo remolinear el vapor del plato que Null acercaba a Uno.

-Oye, deberías comer algo.
-No tengo hambre.
-¡Venga ya! Llevas sin comer nada desde anoche. ¿Qué cojones te pasa?
-Nada, cosas mías. Me duele un poco. Por la humedad, supongo. Nada más.
-Mayor razón para… ¡Aristóteles! ¿Qué coño haces?

El grandullón que se sentaba al lado había cogido el plato que Null sostenía para Uno y había empezado a comer con apetito.

-Es inútil insistir. Es un cabezota, Null. Si no quiere comer que no coma. Y si no quiere comer caliente, menos querrá comerse esta bazofia fría.
-Míralo, siempre cargadito de razones, el tragaldabas éste-, rió Null.
-Se llama pragmatismo, so lista-. Protestó Aristóteles escupiendo parte del contenido de la boca.- Perdón.
-Deja que coma, mujer- dijo Uno, dando un sorbo al poco de café que sostenía entre las manos. – ¿No ves que está en edad de crecimiento?
-Sí- dijo Aristóteles.- Cualquier día pego el estirón-, rió tragando otro bocado.

Apuró el plato en un abrir y cerrar de ojos, se dejó caer de espaldas y se quedó dormido casi al instante.

-¡Pero cómo coño puede quedarse dormido este animal de esa manera! ¡Es increíble! ¡Increíble!- bufó Null.
-Es como un niño grande-, dijo el cuarto componente del grupo, que acababa de llegar.
-Coño, Diego, ven tocando las palmas o algo, o me harás escupir el corazón a la hoguera- refunfuñó Null de nuevo.
-Así comeríamos algo de carne decente- dijo Aristóteles sonriendo justo un segundo antes de volver a resoplar como un bendito.
-Perdona, es la costumbre. Pero si soy de los malos os envuelvo para regalo.
-Bien sabes tú que aquí podemos estar tranquilos.
-Os gusta el sitio que os he escogido, ¿eh?

Los cuatro estaban en el patio interior de una enorme casa señorial abandonada, en un minúsculo pueblo en medio de la inmensa llanura de la Sección 45. El interior fue en parte una biblioteca de gusto dudoso, y les vino bien, pues tenían como combustible memorias de famosos de medio pelo de hacía veinticinco años y gruesas pilas de revistas del corazón amarillentas y arrugadas, que a fuerza de humedad, tiempo y el animal de Aristóteles enrollándolas fuertemente, eran una leña bastante decente.

Diego se sentó al fuego y acercó las manos para calentárselas.

-¿Y a éste qué le pasa? ¿Le habéis quitado las pilas?- preguntó señalando a Aristóteles con la barbilla.
-Se ha muerto de ansia-, contestó Null con una sonrisa torcida. – ¿Qué tal te ha ido?
-Bien, podemos estar tranquilos. Es un pueblo de paletos, tranquilo y con poca vigilancia.
-¿Hay cobertura?
-Abierta hay por todas partes, como siempre. De la buena, muy poca y muy poco expuesta.
-¿Dónde?
-Donde siempre. Centro de detención, banco, ayuntamiento…
-¿Y por qué hay poca?
-Pintura de hierro.
-Qué mierda. ¿Dentro o fuera?
-Fuera desde luego. Dentro no lo sé, y sólo he visto un rincón detrás del ayuntamiento donde podríamos rascar un poco para ver si sale algo, pero sólo podría ir uno de nosotros. No hay dónde esconderse.
-Pues qué bien-, dijo enfurruñada.- Cuanto más al norte vamos, más difícil se está poniendo la cosa. Y nos estamos quedando sin dinero anónimo.

-Lo de aquel pueblo fue potra. No volveremos a tener tanta suerte.
-Ya. Pero lo bueno no se olvida nunca. Cobertura administrativa sin honeypots y a quinientos metros de la fuente. Podría haberme quedado allí un año.

Guardaron silencio y Diego se sirvió un poco del puré grumoso que esperaba junto al fuego.

-Oye, delicioso esto-, dijo intentando tragar sin tocarlo con la lengua.
-Pues aquí el bello durmiente se ha puesto las botas. Tres platos se ha comido.

Diego siguió comiendo y cuando terminó se quedó mirando a Uno. Uno normalmente era un tipo serio, poco dado a las bromas. Diego sabía que pocas cosas molestaban más a Uno que las distracciones. Sabía reconocer cuándo estaba inmerso en sus pensamientos, tan profundamente que el resto del mundo pasaba a su alrededor sin rozarle. Tan sólo a Null le hacía caso cuando entraba en sus fases silenciosas.

Cuando Uno entraba en Una de esas fases, más valía acampar en un sitio seguro y esperar a que se le pasase.

En una ocasión le perdieron de vista mientras paseaban por la avenida principal de una ciudad grande y se metió ensimismado en un Centro de Reclutamiento para Obra Social. Sacarle de allí casi les cuesta el pellejo.

Diego sonrió ampliamente al recordar cómo Aristóteles convenció a los dos policías que le habían reconocido para que le dejasen salir de allí: enterrándolos bajo tres sólidos escritorios metálicos y cinco archivadores llenos. Tuvieron que salir por piernas y echarse al monte. Literalmente. Casi les cogen. Estuvo muy cerca. Esos dos policías convocaron un ejército en pocas horas para encontrarlos.

De vez en cuando, Uno daba un sorbo a su café sin dejar de mirar fijamente la hoguera.

Diego se levantó y fue a buscar unas mantas a los petates. Echó una de ellas a Uno sobre los hombros. Uno puso su mano derecha sobre la de Diego, le miró brevemente y murmuró un agradecimiento.

Extendió otra manta sobre el gigantón que dormía a pierna suelta, con un hilo de baba desplazándose lentamente por su mejilla y entregó otra a Null, que se envolvió al instante como un ovillo, pero permaneció sentada mirando al fuego, igual que Uno.

Diego puso dos rollos de revista más en el fuego, cogió su manta y desapareció sin hacer ruido.

El silencio bajó del cielo y se acostó en el patio de la vieja biblioteca alrededor del fuego siseante. Uno seguía las pavesas con mirada ausente. Null se tumbó en el suelo mirando fijamente a Uno a través de las llamas. Ambos se miraron a los ojos hasta que Null, rendida, se quedó dormida.


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