10-Cinco menos uno

Dos soldados encañonaban a Uno y a Null en los riñones y los empujaban cautelosamente hacia el cuadricóptero que descendía hacia el patio del caserón. El resto de los militares recibían órdenes del hombre al mando un poco más allá.

Los relojes de Null y Uno vibraron tres veces. Cayeron al suelo de rodillas inmediatamente y se tumbaron boca abajo. Los dos hombres que los escoltaban se miraron sorprendidos.

Antes de que pudieran reaccionar una de las enormes puertas de roble remachado que daban al patio saltó de la pared y avanzó a toda velocidad hacia el grupo de soldados y los derribó como si fueran bolos. La puerta giró sobre sí misma mostrando a Aristóteles sujetándola por el tirador como si fuera un escudo gigante. En la otra mano sujetaba una bombona de gas.

Los escoltas de Uno y Null apuntaron inmediatamente a Aristóteles demasiado tarde. La bombona voló e impactó contra la cabeza del escolta de Uno que cayó de espaldas con la visera agrietada y la cabeza en un ángulo imposible. El otro comenzó a disparar. Aristóteles se cubrió con la puerta y avanzó hacia el único soldado que aún quedaba en pie. La puerta se deshacía en astillas pero aún aguantó. Aristóteles iba contando mentalmente. «Uno, dos, tres, cuatro, diez, quince, veinte, ¡veinticuatro!»

El soldado había agotado el cargador. A la carrera, Aristóteles clavó la parte inferior de la puerta en el suelo de tierra y sujetándola de una de las esquinas superiores la inclinó hacia adelante y saltó sobre ella como si fuera una pértiga. Aprovechando la inercia de su cuerpo blandió la puerta como la espada más tosca del mundo y golpeó al soldado en el pecho mientras intentaba recargar el arma. La puerta y el soldado salieron disparados con un alarido y un sobrecogedor crujir de huesos.

Los demás soldados se estaban levantando. Aristóteles recogió la bombona de gas y la lanzó de nuevo con puntería, alcanzó a otro soldado en el hombro y lo derribó de nuevo. En cuanto lo hubo hecho se tiró al suelo tras el escolta desnucado justo a tiempo de esquivar una lluvia de balas.

-¡No disparen! ¡Cuidado con el viejo! ¡Sólo es uno y está desarmado! ¡En formación!- rugió el hombre al mando.

Aristóteles estiró el brazo para coger el arma del soldado que le servía de parapeto.

-Pero mira que son tontos, ¿eh, Uno?- dijo Aristóteles con una sonrisa maliciosa.
-Mientras me quieran vivo… ¿podrás con ellos?
-Claro, no te muevas.

Cogió el rifle, lo colocó sobre el cadáver del soldado, apuntó con cuidado de no exponer la cabeza y disparó una ráfaga a la bombona de gas. Una bola de fuego envolvió a los militares que rodaron por el suelo. Sin perder un segundo, Aristóteles echó a correr con el rifle en la mano.

-¡Equipo dos! ¡Recojan al viejo y a la chica! ¡Piloto, evacúe! ¡Evacúe!- rugió el jefe desde el suelo. En su visor dos puntos rojos señalaban las bajas de su escuadrón. No había heridos. Pero un loco había matado a dos de sus hombres con una bombona de gas y una puerta. Redactar el informe iba a ser divertido. Si lo llegaba a redactar. Le habían prohibido grabar la operación en vídeo.

Del cuadricóptero saltaron dos hombres más sujetos a cuerdas y recogieron con violencia a Uno y a Null y los subieron rápidamente con los cabrestantes. El aparato comenzó a elevarse rápidamente.

-¡Diego!- gritó Aristóteles. Un segundo después, desde el tejado Diego saltó hacia el cuadricóptero aterrizando sobre el anguloso parabrisas. Se deslizó rápidamente hacia las puertas del aparato y se coló dentro sosteníendose con un brazo al tiempo que en la mano contraria aparecía un cuchillo. Al instante cayeron dos hombres más al suelo, esta vez sin cuerdas. Se estamparon como sacos de tierra y se retorcían de dolor. Dos cruces naranjas parapadeaban en el visor del mando. Fracturas múltiples.

Aristóteles disparaba metódicamente a los soldados que se movían a las piernas, pues era la parte más desprotegida del traje. «siete, ocho, nueve… diez, once, doce». Uno tras otro intentaban incorporarse y buscar refugio y Aristóteles los derribaba con una ráfaga.

-¡Al suelo idiotas! ¡Disparen! ¡Fuego a discrección!- gritó el mando.

Apenas diez metros separaban a Aristóteles de los soldados. Aprovechó la munición que le quedaba para cubrirse entre las columnas del patio. Se acurrucó en el suelo tanto como pudo mientras trozos de piedra saltaban a su alrededor a causa de los balazos.

El cuadricóptero giró sobre sí mismo mientras descendía.

-¡Piloto! ¡Evacúe! ¡Es una orden!-gruñó el líder de los soldados.
-Me temo que no puedo hacer eso, señor- oyó por radio la voz de una mujer. No había ninguna mujer en su escuadrón.
-Mierda-, murmuró. El sargento Sánchez había recibido una misión absurdamente sencilla. Tenía que atrapar a un viejo y una mujer en un pueblo perdido. Iban acompañados de dos escoltas. Los escoltas eran prescindibles, pero querían a los dos objetivos vivos. Un cuadricóptero y catorce hombres. Absurdo, pensó. Con un maldito coche y y una porra los traería arrastrando de las orejas, pero sus superiores insistieron. Que volase tan bajo como pudiera para ocultar el ruido de los rotores. Tenían la ubicación exacta y era una ratonera. Más fácil imposible. Y ahora había perdido el cuadricóptero y su visor parecía un árbol de navidad con cada vez más luces rojas y naranjas. ¿Qué demonios había pasado? Tenía que hacer algo. Sólo le quedaban la mitad de sus hombres en pie.

Del cuadricóptero saltó Diego tras lo que quedaba del escuadrón. Sólo el sargento le vio. Los demás estaban ocupados disparando a la columna de piedra que cobijaba a Aristóteles. Un hombre delgado, no muy alto, de tez morena, pelo azabache. Insignificante y desarmado corría hacia su mermado escuadrón. El sargento Sánchez fijó en su visor el objetivo y disparó.

Pero el objetivo ya no estaba. Se había tirado al suelo de espaldas y se deslizaba tras sus hombres. El que estaba más cerca de Diego cayó de espaldas dando alaridos y retorciéndose. Diego le había rebanado los tendones de las corvas con su cuchillo de caza. El soldado intentaba incorporarse pero no podía mover las piernas.

Sánchez vio impotente cómo Diego giraba sobre sí mismo tras el siguiente soldado y repetía el mismo ataque.

-¡Objetivo a las seis!- ladró Sánchez furioso consigo mismo por quedarse mirando como un novato.

Los soldados se giraron. Los visores de 360º grados no servían de nada si el atacante se arrastraba entre tus piernas y estás ocupado intentando cazar a un loco escondido tras una columna de granito. Los soldados se giraron a la vez buscando al atacante. Diego se coló entre las piernas de un soldado y desde detrás le clavó el cuchillo en la cadera. Era un tipo grande, de unos cien kilos. Cojeando se giró hacia Diego, pero éste se agarró al mango del cuchillo con las dos manos y lo giró con fuerza. El soldado cayó al suelo como un saco, con la cadera rota.

Diego recuperó su cuchillo y rodó rápidamente hacia el mermado pelotón. Los soldados dispararon pero Diego se movía demasiado cerca. Un arma de fuego larga a esa distancia es muy poco efectiva. Como un gato saltó sobre el pecho del soldado más cercano. El soldado vio a través del casco la cara de Diego manchada de sangre pero con una expresión tranquila. Casi parecía que estaba aburrido. El soldado reculó con Diego colgado del pecho.

-¡Ayuda! ¡Enemigo sobre mi! ¡Enemigo sobre mi! ¡Argh!

El arma de soldado cayó al suelo cuando Diego clavó el cuchillo en su pecho y le dislocó las dos clavículas con dos precisos movimientos de cuchillo. Diego pateó al soldado con todas sus fuerzas empujándolo contra el resto de sus compañeros y salió corriendo hacia el cuadricóptero.

-¡Mátenlo, joder! ¡Matenlo! ¡Maten a ese puto mono!

Diego corría en zigzag y cuando se coló en el cuadricóptero las balas agujerearon el fuselaje

Medio segundo después un banco de madera atropelló a los cinco hombres que quedaban. Cayeron al suelo rodando como muñecos desmadejados. Aristóteles alejó las armas de los soldados.

El cuadricóptero paró los rotores y un silencio ominoso se asentó en el patio. El visor del sargento Sánchez era un desfile de luces rojas y naranjas. Quedaban vivos y en condición de combate el piloto, cuatro hombres y él mismo, pero estaban derribados en el suelo.

-Los cascos, fuera, que nos veamos las caras- dijo sonriente Aristóteles apoyado en el banco de madera que sujetaba en vertical como si fuese el cayado de un pastor. Los soldados obedecieron, incluyendo Sánchez.-Vale, muy bien. Os diré lo que vamos a hacer. Mis amigos y yo nos vamos a llevar el cuadricóptero y vosotros os vais a desnudar, os vamos a atar y os vais a estar quietecitos hasta que vengan a por vosotros los malos, ¿de acuerdo?

Uno de los soldados deslizó la mano lentamente buscando la pistola que tenía en la cadera.

-No me jodas, hombre, hay que saber cuándo has perdido-, gruñó con fastidio Aristóteles. En una zancada le pisó la mano al soldado y le estampó un extremo del banco contra la cara. El cuerpo convulsionó dos veces y quedó inerte.

Sánchez y sus hombres contemplaban pálidos el espectáculo.

-¿Algún héroe más? ¿No? ¿Vamos a hacer caso ya o no?
-¡No podréis escapar!- bramó Sánchez escupiendo saliva con furia.-¡El equip..!
-Ya, ya, ya… – interumpió Aristóteles girando la mano libre en el aire con fastidio.-El equipo de apoyo vendrá en diez minutos o así y no podremos escapar porque el cuadricóptero sólo responde a las manos del piloto asignado y si huimos a pie nos vais a cazar como a conejos y tal. ¿No es eso?
-¿Cómo? ¿Cómo lo…?
-Hijo, si es que siempre es lo mismo. Bueno, qué, ¿nos vamos desnudando?
-Que te jodan, paleto- gruñó uno de los soldados. Sánchez se sintió orgulloso del coraje de sus hombres.
-Mira, no, que te jodan a ti-respondió Aristóteles estampando el banco sobre la cara del soldado sin más miramientos. Después, sin perder de vista a los soldados derribados en el suelo gritó- ¡Diegooo! ¿Tienes ya las llaves del cacharro?
-¡Casi! ¡Estoy terminando de calentar el cuchillo!
-¡No me jodas!
-¡Un minuto, hombre!

Aristóteles suspiró fastidiado.

-¿Te lo puedes creer?- dijo a Sánchez- Casi nos matáis y el jodido Diego está calentando el cuchillo al rojo para que no se te desangre el piloto cuando le corte las manitas.
-¿Qué…?- Sánchez- ¿Estáis locos?
-Qué va, hombre. Sobrevivimos. Vosotros veníais a cazarnos. No nos conocéis, no os importamos, cumplís órdenes. ¿No es eso?- Aristóteles aplastó la cabeza de otro soldado con el banco. Como no dejaba de convulsionar repitió la operación con más fuerza.- Órdenes. Debe ser maravilloso entrenar duro, esforzarse en cumplir órdenes y dejar la ética a otros. Qué más dará quién tenga que morir mientras tú cobres a fin de mes y a lo mejor hasta asciendas-. Aristóteles pisó el pecho del soldado que retrocedía arrastándose de espaldas y le aplastó la cabeza con el banco.- Hasta que un día encuentras la horma de tu zapato, sargento. Yo también tengo una misión y ni tú ni ninguno de tus amiguitos de negro os vais a interponer en mi camino.

Sánchez no daba crédito. Si aún hubiese llevado su casco habría podido ver en su visor que él era el único punto verde. De pronto comprendió que iba a morir.

-Por favor…- imploró.
-¡Ya tengo las llaves, Aristóteles!- gritó Diego y empujaba fuera del cuadricóptero el cuerpo sin sentido y sin manos del piloto .
-¡Vale! ¡Voy!- gritó Aristóteles. Alzó el banco sobre la cabeza de Sánchez.
-¡Para! ¡Tengo mujer e hijos! ¡Por favor!- rogó Sánchez con la cara recorrida por ríos de lágrimas.
-Tranquilo, tus jefes les dirán que has sido un héroe-, dijo Aristóteles. Alzó el banco y lo bajó con la fuerza de un martillo pilón. El eco del golpe resonó en el patio.-Venga, desnúdate que tenemos prisa.
-¿Pero? ¿Pero?-Sánchez no entendía por qué seguía vivo.
-Si te mato el cuadricóptero volverá automáticamente a casa y nos hace falta. ¿No lo sabías? Así que… Oooooooh, venga ya, tío ¿Te has meado?
-Yo… yo…
-¡Venga, muévete!- dijo Aristóteles levantando a Sánchez como a un pelele y lanzándolo en dirección al cuadricóptero.- ¡Quítate esa ropa meada! ¡Chicos, esto está despejado!- gritó

Inmediatamente Null, Diego y Uno saltaron del aparato y corrieron hacia el muro del fondo, donde había caído fulminado Rama. Aristóteles cogió a Sánchez bajo el brazo y corrió tras ellos sin entender qué estaba ocurriendo.

Cuando Aristóteles llegó soltó a Sánchez, que apenas se tenía en pie, junto a Diego, que le indicó que no debía moverse clavando la punta del cuchillo en los riñones del Sargento.

-Pero bueno, chico, ¿qué te han hecho?- dijo Aristóteles intentando encontrarle el pulso. -Ah, mierda… El pulso es muy débil y ha perdido mucha sangre-, dijo Aristóteles. -Mirad cómo está el suelo. No respira. Pobrecillo. No era más que un chiquillo…

Aristóteles recogió las mochilas que estaban desparramadas entorno a Rama y se las dio a Null. Toma, no podemos hacer nada por él. Null le devolvió una de las bolsas después de mirar en su interior.

-Esta es suya. Son sus discos duros, eran su tesoro. A mi no me sirven para nada-, sollozó.

Aristóteles colocó la mochila junto al crío. Luego se levantó lentamente y golpeó la cara de Sánchez con el dorso de la mano. El sargento cayó al suelo y sintió algo removerse en su boca. Escupió tres muelas nadando en sangre.

-Ésto es lo que consiguen tus órdenes, valiente. Que un crío muera desangrado como un perro.
-Lo siento…- consiguió articular el sargento
-¿Que lo sientes?- chilló Null al tiempo que clavaba la puntera de su bota derecha en la entrepierna del sargento. Sánchez se encogió gimiendo.
-Chicos- susurró Uno apretando los dientes.- Vámonos. Cargad los cuerpos de los soldados en el cuadricóptero. Null, reinicia el visor del Sargento, todos vivos. No cortes el jammer del cuadricóptero hasta que yo te diga.

En un abrir y cerrar de ojos estaban en el aire. Las manos del piloto estaban sujetas a los mandos de vuelo con cinta aislante. El piloto estaba inconsciente en la parte de atrás. Null tiró de los mandos hacia atrás y el cuadricóptero despegó bruscamente. Giró sobre sí mismo y salió disparado en dirección Oeste.

-Diego- llamó Null.
-¿Sí?
-Desconecta el avisador, me tienes la muñeca frita con las vibraciones ya.
-Oh, perdona, no me había dado cuenta- respondió Diego pulsando un botón en su pulsera.

Aristóteles miraba sombrío hacia el caserón.

-Uno…
-Dime, Aristóteles.
-Creo que deberíamos haber quemado ese sitio.
-¿Por qué?
-Ningún padre merece encontrar a su hijo así. Un incendio al menos les hubiese dado un culpable contra el que poder estar furiosos. Así solamente les consumirá la pena.
-Entiendo. Pero no podemos volver. De cualquier forma, el equipo de retaguardia lo encontrará muy pronto. Ni siquiera creo que sus padres lleguen a saber nunca qué ha pasado aquí. Tenemos que escondernos.
-¿A dónde vamos?
-Lejos. Tengo que pensar.

  si te gustó y quieres apoyarme.

22 opiniones en “10-Cinco menos uno”

  1. 2 cosas:
    1- «Diejo aplastó la cabeza de otro soldado con el banco. » ¿No sería Aristóteles?
    2- «respondió Diego poulsando un botón en su pulsera.» Pulsando

    No es bueno escribir a altas horas de la noche señor Wardog

  2. Genial. Una pena lo de Rama, pero no se puede hacer tortilla sin romper los huevos. Si lo pide la historia…

    Una erratilla:
    El soldado vio a través del caso la cara

    a ese casco le falta una pieza

  3. Mejorando en cada capítulo, pero creo que en «Diejo aplastó la cabeza de otro soldado con el banco.» debería ser «Aristotéles aplastó la cabeza de otro soldado con el banco.», no?

    Deseando leer el próximo! 🙂

  4. ¿La impresora 3D que genera el RJ45 en el capítulo anterior? … supongo que no tendrá la capacidad como para que Rama se hubiese autoreplicado ¿verdad? Pobre Rama.

  5. «Se deslizó rápidamente hacia las puertas del aparato y se deslizó dentro sosteníendose con un brazo al tiempo que en la mano contraria aparecía un cuchillo.»

    Dos veces deslizar, no es incorrecto, pero bueno quizás un «Se deslizó rápidamente hacia las puertas del aparato y se metió dentro sosteníendose con un brazo al tiempo que en la mano contraria aparecía un cuchillo.» quedaría mejor, en mi opinión.

    ¡Nos está encantando esta historia, gracias!

    1. Pues es verdad, tanto deslizamiento no puede ser bueno. Voy a darle un poco de grip porque así como está igual el pote Diego acaba el uno de los rotores de cola y acaba hecho carne mechada…

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