8-Apariencias

Gregorio no era capaz de dormir pese a que estaba cansado como un perro. Hacía ya rato que iba sentado en el asiento de atrás del viejo Renault 18. Era más cómodo que ir tumbado.

El velocímetro tenía un generoso tope de doscientos veinte kilómetros por hora, pero hacía un rato que la aguja había pasado de ahí y apuntaba tercamente hacia el suelo del automóvil. No estaba nada mal para una tartana.

Ya hacía un rato que Abdellah había soltado la baca del coche en plena autopista desierta. Dijo que era un estorbo aerodinámico y se deshizo de ella sin más, tirando de una palanca del techo.

Gregorio intentaba asimilar todas las cosas extrañas que le habían sucedido en tres días escasos. Fue a conocer a su cliente más importante y después le habían tiroteado, acusado de incendiar un edificio, estaba en busca y captura y ahora iba a más de doscientos kilómetros por hora en un Renault 18 del siglo pasado conducido por un ex agente del servicio secreto marroquí camino de Málaga.

-Debería tomarse la medicación, don Gregorio- dijo Abdellah, sacándole de golpe de sus pensamientos. Sin decir nada, buscó las pastillas y se las tomó.
-Parece que su viejo Renault ha envejecido bien, Abdellah.
-Sí, ¿verdad? Es un viejo truco, Don Gregorio. Lobo con piel de cordero. Un buen mecánico amigo mío metió ahí debajo un buen V8 y dos turbos. También me dejó este botoncito que lo deja en cuatro cilindros y suena como una tartana…
-Jamás lo hubiera pensado, la verdad.
-El truco para reconocer coches como este está en las ruedas: si los neumáticos valen más que el coche, seguro que tiene sorpresa. Es lo único que no se puede esconder.

Siguieron un rato en silencio. Abdellah era un magnífico compañero de viaje. Sabía guardar silencio sin que Gregorio se sintiese incómodo. Mantenía una actitud relajada y se concentraba en conducir.

La cabeza de Gregorio hervía de actividad. No sabía a dónde le llevaban exactamente, ni cuánto tiempo estaría allí. No sabía cuánto  tardaría en curarse la herida del hombro. No sabía qué iba a pasar con su mujer y con su hija.

Demasiadas variables. Demasiados puntos débiles si Umberto quería hacerle salir de dondequiera que estuviese escondido. No sabía cuánto sabía su chófer.

-¿Cómo se conocieron Luis y usted, Abdellah?- preguntó incorporándose un poco en el asiento. Un rayo de dolor le recordó que debería moverse con más cuidado.
-Durante un tiempo trabajé para Umberto Márquez, pero lo dejé.
-¿Para Márquez? ¿Haciendo qué?
-Sicario- dijo Abdellah con la misma indiferencia con la que le diría la hora a una abuela en la parada del autobús.
-¿Y por qué lo dejó?
-Márquez está loco. No está bien matar para un loco.

Abdellah siguió conduciendo en silencio cuando Gregorio dejó de hacer preguntas. Gregorio tenía la piel de gallina. Su chófer no tenía reparos en admitir que era un asesino. De hecho, matar no le parecía mal, si lo hacía para la persona correcta. Al menos, aunque de una manera macabra, tenía un código ético.

-Vaya. ¿Y cómo se lo tomó Márquez?- Abdellah miró a Gregorio por el retrovisor interior con una sonrisa torva.
-Quiere matarme. Pero primero tiene que encontrarme- sonrió divertido Abdellah.
-Entonces parece que Luis me ha elegido al mejor compañero de viaje posible.
-Sí, ¿verdad?- rió el marroquí.

Luis había sido muy hábil. Mucho. A Gregorio le asustaba lo hábil que había sido su amigo.

-Ya casi estamos, don Gregorio.
-Quite el don, Abdellah, por favor. Y tutéeme.
-Muy bien. Tuteémonos.

Condujo el coche a toda velocidad dejando Málaga al este, que empezaba a iluminarse con las primeras luces del amanecer. Dejó atrás los polígonos industriales y se dirigió hacia poniente. A los pocos kilómetros salió de la autovía y se internó por caminos de tierra, conduciendo con las luces apagadas y frenando con el freno de mano.

Abdellah detuvo el coche suavemente bajo un imponente alcornoque frente a una pequeña casa de campo. Bajó del coche y ayudó a bajar a Gregorio. Gregorio aspiró una gran bocanada de aire limpio y frío y miró a su alrededor. El camino, de fino polvo blanco, pasaba por delante de la casa siguiendo el valle entre dos cerros hacia el norte. Tras la casa se podía ver un depósito de agua, un tractor, aperos y un remolque. Más allá había árboles frutales. Todo parecía cuidado y en buen estado, no parecía un escondite improvisado. Un mastín blanco vino meneando el rabo a lamer la mano de Abdellah.

-Bienvenido a mi casa-, dijo acariciando la cabeza del animal.
-¿Tu casa? ¿Vives aquí?
-Sí. Cultivo aguacates, judías, tomates, ya sabe.
-Claro. Vida tranquila.
-Sí.
-Lamento complicártela.
-No te preocupes. Aquí estaremos tranquilos. Pasa, por favor.

Entraron en la casa. Era una vivienda sencilla, sin lujos. Un salón despejado con un hogar encendido a un lado. Al fondo, a la derecha se veía la cocina separada de la habitación principal por una cortina de tiras. En medio, entreabierta, la puerta del baño, y a su izquierda, en el quicio de la puerta del único dormitorio de la casa, una hermosa mujer vestida con vaqueros y camisa de trabajo escondía disimuladamente un arma tras la puerta al comprobar que no había ninguna amenaza.

Abdellah se acercó a la mujer y la besó con dulzura al tiempo que la abrazaba por la cintura. Sin soltarla, hizo las presentaciones.

Se llamaba Liria y era italiana. Era tan alta como Gregorio, con una densa melena negra recogida en una cola de caballo y rostro ovalado, pero mirada severa enmarcada por finísimas arrugas incipientes. Una cicatriz nacía en el ojo derecho y se internaba bajo la mata de pelo. Se movía como una pantera: medía los pasos, miraba dónde pisaba, con los músculos tensos, dispuesta a saltar. Pero lo hacía con naturalidad, como un ejercicio aprendido a fuerza de repetir.

-Tal vez quiera descansar, don Gregorio-, dijo ella, con voz melodiosa, casi sin acento.
-La verdad es que lo estoy deseando.
-Usted dormirá en el dormitorio.
-Tutéame, por favor. ¿Y vosotros dónde dormiréis?
-No se preocupe.
-Liria, te he dicho que me…
-Le he oído la primera vez-, respondió secamente esta vez.- Ahora déjeme que le examine la herida y cambie el vendaje.

Sentados al pie de la hoguera, Liria destapó la herida, la examinó, limpió y volvió a vendar con tal delicadeza y precisión que Gregorio supo que había terminado cuando sintió que le colocaba la camisa de nuevo.

-Le han hecho una obra de arte, teniendo en cuenta qué le provocó la herida. No creo que queden secuelas importantes.
-¿Importantes?
-Podrá mover el brazo sin problemas, eso seguro. Tal vez le duela a veces, con los cambios de tiempo, la humedad, esas cosas. Estas heridas son así. Puede que tenga menos fuerza en el hombro… pero podrá vivir con ello.
-Bueno, la halterofilia nunca ha sido mi meta en la vida- bromeó Gregorio.
-Tiene suerte de conservar el puto brazo en su sitio-, dijo de mal humor. Recogió el botiquín, se levantó como un huracán y fue a lavarse.

Gregorio se preguntaba si había dicho algo inapropiado. Abdellah le ayudó a ponerse en pie y lo condujo hasta el dormitorio.

-¿He dicho algo malo?
-Tu herida le trae fantasmas del pasado. No tenías por qué saberlo.
-¿Fantasmas?
-Liria vivía con su familia en Irak, en tiempos de la Guerra del Golfo. Su padre era un empleado de una compañía petrolífera. La guerra no es como se ve por televisión. Siempre es más cruel y más despiadada-, empezó a contar Abdellah mientras le pasaba a Gregorio un pijama limpio y le ayudaba a desvestirse.- Se suponía que estaban en territorio seguro, pero la gente de Hussein se atrincheraba rodeada de civiles continuamente para protegerse de Naciones Unidas como las ratas que eran. Pero los norteamericanos no eran mucho mejores. Durante seis horas, escuadrillas de Warthogs sobrevolaron edificios civiles para destruir diez puñeteros blindados que habían atacado un convoy militar en las afueras de Bagdad. ¿Sabes cómo los destruyen?
-Ni idea. Misiles, supongo.
-Con una ametralladora tan grande como medio avión. Y con balas de uranio y termita de casi cuatrocientos gramos. Evidentemente, no son del tamaño de las de Márquez, que son perdigones en comparación, pero en esencia se parecen mucho. Uno de los aviones se encontró con que un iraquí tuvo el valor suficiente como para disparar un tierra-aire y realizó una maniobra evasiva. Pero olvidó quitar el dedo del gatillo y cosió a tiros la fachada del edificio donde vivía Liria con su familia. Un proyectil de 30 milímetros atravesó la ventana, un tabique de la casa y alcanzó a su padre, que intentaba tranquilizar a su madre y a ella, escondidos en el dormitorio principal. Lo pulverizó. Literalmente. Su madre corrió hacia donde el pobre hombre estaba acuclillado unos segundos antes cuando un segundo avión realizó una pasada para cubrir al precedente. Tuvo menos suerte que su marido: la bala le rozó simplemente, pero le arrancó una pierna y se desangró en el suelo boqueando como un pez fuera del agua. Gastó sus últimas fuerzas para decirle a Liria que no se moviera, que no se levantara del suelo. Durante seis horas, Liria estuvo aplastada contra el suelo mirando cómo el cadáver de su madre recibía impactos de escombros y cómo las balas rozaban su cuerpo arrancándole pedazos.
-Dios mío.
-Aquella mujer salvó a la mujer que amo. La casa de su familia estaba en un edificio de viviendas al final de una avenida en la que se habían refugiado los soldados iraquíes. Cuando todo terminó, no había ni rastro de la fachada del edificio. Liria se salvó milagrosamente.
-Y cuando he frivolizado sobre mi herida para intentar romper el hielo…
-Se lo ha tomado como una falta de respeto. Pero tú no tenías por qué saberlo. Quizá debería haberte advertido.
-Le pediré disculpas.
-No lo hagas. Ella guarda su dolor como un tesoro. Es la mujer más fuerte y más dulce que existe en toda la faz de la tierra. No quiere olvidar, pero tampoco deja que el pasado sea un obstáculo para vivir.
-Son las circunstancias, claro.
-Exactamente.
-Lo siento, de verdad.
-Tranquilo. Ya lo habrá superado.

Gregorio ya había conseguido vestirse el pijama y estaba sentado al borde de la cómoda cama de matrimonio, con sábanas limpias y planchadas y un grueso edredón. Se sentía fatal, pero sabía que no era culpa suya.

Liria entró por la puerta con una taza humeante en la mano que puso en la mesilla al lado de la cama.

-Disculpe mi brusquedad de antes. Es por su herida. Me trae malos recuerdos. Lo siento.
-No, por favor. Discúlpeme a mí.
-Bueno, dejémoslo en empate-, sonrió Liria y sus ojos verdes brillaron como el agua de un pozo al arrojar una moneda.- Tómese eso, le hará bien. Que descanse.

Abdellah le guiñó un ojo y salió de la habitación con la mano derecha en el hombro de Liria. Al salir, ella cogió el rifle que había escondido antes y se lo colgó con el movimiento exacto y estudiado de un gesto repetido miles de veces. Hacían buena pareja.

Gregorio olió el mejunje de la taza y lo probó. Era dulce y espeso, con  regusto a fruta y estaba caliente. Cuando el líquido caliente llegó a su estómago, se sintió reconfortado.

Un minuto después, los dos somníferos disueltos que llevaba la bebida le dejaron profundamente dormido.

  si te gustó y quieres apoyarme.

19 opiniones en “8-Apariencias”

  1. Hola, podrías activar las notificaciones por correo? Firefox dice que no mantiene los marcad!ores dinámicos y no le consigo encontrar sustituto. ¡Gracias.
    Por cierto, typo cuando llegan a casa, sobra un guión y un salto de línea en:

    «-¿Tu casa?
    -¿Vives aquí?»

  2. Me encanta la figura de Abdellah, creo que haber elegido a unmiembro del servicio secreto marroquí, da mucho juego y a al vez le otorga mucha verosimilitud a la historia.
    GoGoGo Wardog!

  3. Hola,

    Pues cuando me leí los 3 primeros capítulos pensé «menuda mierda que se acaba de sacar este hombre de la manga, ya podría haber seguido publicando Wardog’s», pero he de reconocer que me gusta. La primera impresión fue falsa. Enhorabuena. Me tienes intrigado. Promete.

    saludos y disculpa por dudar de tu talento.

  4. La historia tiene buenas mimbres. Yo ahora me imagino a Gregorio como una especie de Hary Sheldon intentando poner los pilares para que en en futuro pueda resurgir una sociedad justa de la que sin querer el ayudó a poner los primeros ladrillos.

  5. No te digo que eres un cabrón por teneros aquí en espera, xD, por que eres todo un genio, nos tienes a todos intrigados¡¡¡ necesito leerlo entero por dioooss¡¡ jajajaj
    Animo sigue así, pero escribe mas que vas a hacer que nos de un infarto de esperar jajajajaj
    Muuuy chulo. Desearía tener las gafas esas de VR con las que escribir en ssh.. sería la P***

  6. Me he imaginado en la cabeza el mal trago que hubo de pasar lyria en su país… joder.. se me han saltado las lágrimas… es bruto, impactante y despiadado, tal y como es la guerra…
    Te entran ganas de ayudarla.

    Ojalá pudiera leer mas hoy mismo. Menuda trama¡.
    Ánimo. Sigue así

  7. Mira Wardog, como te desinfles y esto se quede en pedo caldoso, juro por mi honor que te buscaré, te arrancaré tus propios ojos, te los haré comer, esperaré a que los cagues y volveré a ponerlos donde estaban.

    No nos dejes a medias, por favor.

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