4-Corre

Una Desert Eagle con el cañón modificado, más largo, de color gris claro, pulida, sin un solo arañazo. El seguro estaba quitado y detrás de la pistola seguía Umberto Márquez. Gregorio se sorprendió al encontrarse pensando en la cantidad de detalles que era capaz de apreciar en una situación tan comprometida como aquella. El miedo, pensó.


-Usted no se va-, repitió mecánicamente.- ¿No preferiría sentarse con nosotros y celebrar nuestro triunfo?
-Gregorio, por el amor de dios, piensa en tu mujer y en tu hija. No seas gilipollas- le rogó su socio.
-Yo…- tragó saliva. O lo intentó. Tenía la boca seca como una tabla.- Yo no puedo. No puedo. No puedo…


Gregorio reculó hacia la puerta cerrada. No era capaz de articular una frase coherente.

-Bien, señor Zabala, pues no se hable más. Una pena que nos hayamos conocido en estos términos. Le debo mucho. Espero que comprenda que, en estas circunstancias, no le puedo dejar marchar. Ambos sabemos por qué. Que tenga usted un buen viaje-, dijo en tono neutro, como el que mata una mosca en mitad de una conversación y sigue charlando como si nada.

Gregorio miró a Luis. Estaba desencajado. Le miraba con expresión de auténtico pavor, moviendo la cabeza frenéticamente y haciéndole señas para que no siguiese reculando.

Los políticos y empresarios asistían con una expresión de absoluta indiferencia al espectáculo, exhalando bocanadas de humo de vez en cuando o dando un sorbo distraído de vasos cargados de líquidos de color ámbar o le señalaban mientras murmuraban entre ellos y reían discretamente. Algunos, incluso, miraban la hora aburridos.

Vio cómo Umberto deslizaba el dedo índice desde la guarda hasta el gatillo y cerró los ojos cuando la corredera comenzó a moverse.

Se sorprendió al oír el disparo, un trueno desproporcionado para un arma corta, y sintió cómo un millón de escorpiones le clavaban aguijones de fuego en el brazo izquierdo. Estaba sentado en el suelo. No recordaba haber caído. Tal vez perdió el conocimiento por la tensión y el pánico.

Abrió los ojos inmediatamente. El mundo parecía funcionar mucho más despacio. Un espectáculo dantesco se estaba desarrollando frente a él.
Una puerta lateral se había abierto en la línea de fuego y de ella había salido una secretaria sujetando un teléfono móvil del que salía un cable hasta sus oídos. Era joven, de poco más de veinte años. Alta y esbelta, maquillada con discreción, guapa y peinada con una pulcra trenza.

En la pantalla del móvil, una fotografía de una mujer subtitulada “Mamá” y un contador de tiempo. Veintidós segundos de llamada. Veintitrés. Veinticuatro. Su expresión era de sorpresa absoluta. Le miraba con la boca abierta, de pie, delante de la puerta con las manos levantadas hasta la altura de los hombros.

Gregorio pudo ver la expresión de fastidio de Umberto Márquez. Pudo verla a través del agujero que tenía la joven en el pecho. Toda la parte derecha de su torso había desaparecido. Media puerta se había vaporizado y llovían trozos de madera. El pomo rodaba abollado por el suelo. Gregorio estaba cubierto de sangre, pero no sabía si era suya o de la secretaria.
La secretaria se desplomó boqueando en el pasillo.

-Hija de puta-, masculló Márquez.- La nueva tenía que ser, hostias.
Gregorio se levantó tan rápido como pudo y abrió la puerta de la sala como una exhalación. Saltó fuera presa del pánico, temiendo no escapar a tiempo del segundo disparo. Media puerta salió disparada hasta el otro extremo del vestíbulo después de otro atronador disparo como confirmación de sus temores.

De todas las puertas de la planta se asomaron curiosos para ver qué pasaba. Gregorio pensó en pedir ayuda, pero enseguida se dio cuenta de que nadie se atrevería a cobijarle. Se encerraron como ratas cuando vieron a Márquez salir como una exhalación empuñando la pistola.

-¡Llamad a seguridad, imbéciles!- bramó Umberto.

Gregorio corrió hacia las escaleras como alma que lleva el diablo, con el corazón en la boca y la adrenalina impulsando los músculos de sus piernas que se quejaban por un esfuerzo al que no se habían sometido desde hacía muchísimos años.

Otro disparo silbó por detrás de su nuca y se estrelló en una pared. Gregorio alcanzó las escaleras y se lanzó hacia abajo como si fuese una rampa, ni siquiera miraba los escalones que pisaba. Bajó una planta y miró hacia atrás. Umberto le perseguía corriendo mientras cambiaba el cargador de la pistola. ¿Por qué recargaba tras sólo tres disparos?

Gregorio se quiso recriminar por entretenerse con preguntas irrelevantes, pero se dio cuenta de que no había dejado de correr escaleras abajo. Al menos su instinto de supervivencia seguía funcionando.

Otro disparo se estrelló dos metros delante de él en la pared de la escalera. Una nube de esquirlas, y polvo le cayó encima y la onda expansiva le quemó la cara y le hizo bajar un tramo de escaleras rodando. ¿Balas explosivas? ¡Maldito maníaco! ¿Quién va a una reunión con una pistola y balas explosivas en la chaqueta?

Siguió corriendo a la desesperada escaleras abajo. Afortunadamente, el tremendo retroceso del arma modificada hacía que la cadencia de tiro fuese más reducida. De otra forma ya estaría muerto.

En el siguiente descansillo se encontró con tres guardias de seguridad que venían a la carrera por el pasillo, cerrándole el paso. Sin pensar, saltó por la barandilla para esquivarles. Uno de ellos le cogió por la chaqueta, pero ya estaba en el aire y su propio peso le liberó del guardia. Un nuevo disparo y siguió corriendo escaleras abajo. Iba a ser un viaje largo. Estaba, si no le fallaban las cuentas, en el piso cincuenta y el pecho le ardía ya por el esfuerzo. Delante de él cayó un brazo sin dueño. Al parecer el disparo explosivo había impactado en el objetivo erróneo.

Gregorio oyó un revuelo escaleras arriba, un breve forcejeo. Decidió que no llegaría mucho más lejos por las escaleras y se aventuró por el pasillo. Gastó dos segundos de su precioso tiempo en localizar una placa verde con un hombrecillo blanco corriendo a través de una puerta con una flecha y corrió hacia ella. Otros tres guardias subían las escaleras.

Salió por la puerta de emergencia como una exhalación y ésta le llevó a una terraza donde había un hombre que estaba fumando un cigarrillo.

-¿Qué pasa ahí dentro?- le preguntó con indiferencia.
-Me… persiguen…- contestó mientras bajaba las escaleras metálicas hasta la planta siguiente. Bajó así tres plantas más, esquivando fumadores hasta que se dio cuenta de que por la escalera de incendios subían más guardias de seguridad y varios hombres vestidos de negro con cara y pistolas de pocos amigos.

Por arriba ya podía oír los pasos apresurados y los gritos furiosos de Umberto Márquez. Uno de los fumadores cayó al vacío gritando de pánico.

-¡Apartad, hijos de puta!- gritó Márquez dos tramos de escaleras más arriba.

Vio una puerta abierta y se coló dentro. La puerta se deformó como un papel cuando el disparo de Márquez llegó medio segundo tarde al lugar donde estuvo la cabeza de Zabala. Gregorio cayó de bruces con muy poca elegancia en el suelo enmoquetado. El pasillo estaba calmado y había poca gente. Una agradable melodía sonaba por el hilo musical. Echó a correr sin rumbo, no conocía el edificio. Sólo quería alejarse.

Al final de un corredor lateral vio una boca de incendios y otra señal de salida de emergencia señalando hacia el punto del que venía. Aquella era su última baza, no podría aguantar mucho más este ritmo. Apretó el paso y con el codo rompió el cristal y pulsó el botón de alarma. Un timbre ensordecedor comenzó a sonar en todo el edificio. Los rociadores comenzaron a escupir agua y todo el mundo salió gritando de los despachos y se lanzó a la carrera por las escaleras.

Gregorio se unió al primer grupo que pasó junto a él y comenzó el descenso. Pronto una marea humana bajaba las escaleras. Dos plantas más abajo eran cientos, bajando a toda prisa. Gregorio se camufló entre la muchedumbre impaciente por llegar a la salida.

A la altura de la planta diez oyó sirenas en la calle. Deseó que alguien hubiese llamado a la policía. Mierda. ¿Dónde estaba su móvil? Se registró todos los bolsillos sin encontrarlo. Decidió que buscaría un teléfono en cuanto llegase abajo, pero primero tenía que salir de allí y buscar un sitio seguro.

Por fin, llegó al hall del inmenso edificio, agotado pero extrañamente relajado entre la multitud que corría hacia la salida presa del pánico. Las puertas estaban abiertas de par en par.
Cuando salió a la calle, después de varios minutos de bajada, aspiró una gran bocanada de aire. La gente corría unos metros al salir del edificio y se volvía para mirar hacia arriba en busca del humo del incendio. Él daba vueltas desesperado buscando uniformes de policía, pero sólo veía sanitarios y ambulancias.

Otras cuatro ambulancias llegaban por la avenida con las sirenas puestas y a lo lejos se oía un camión de bomberos. Parecía que el protocolo antiincendios del edificio de Umberto Márquez era extremadamente eficaz.

Una mano sujetó a Gregorio del brazo y tiró de él. Se giró bruscamente, seguro de encontrarse a Umberto Márquez y su pistola de balas explosivas.

-¡Madre mía! ¿Qué se ha hecho en el brazo?- le preguntó un sanitario mientras le examinaba el brazo izquierdo.- ¡Venga! ¡Venga por aquí!

Le llevó hacia una ambulancia que esperaba junto a la acera. Le sentaron en una camilla y le quitaron la chaqueta mojada y llena de polvo y sangre. Se miró el brazo y entre los ríos de sangre que le manaban desde el hombro vio un buen número de astillas de madera clavadas. Un profundo surco en el hombro había aparecido en el lugar donde antes tenía el deltoides. La primera bala casi hace bien su trabajo. Sintió que se desvanecía. El mundo fundió a negro, la adrenalina dejó de mantenerlo en pie.

-¡Sánchez! ¡Sánchez! ¡Ayúdame a subir a éste que está sin tensión! ¡Paco, arranca que nos vamos! ¡Venga, coño!

Oyó que se cerraban las puertas de la ambulancia y salía disparada quemando ruedas. Entonces se quedó sin fuerzas, dejó de oír y se dejó ir.


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13 opiniones en “4-Corre”

  1. Me está gustando la pinta que tiene. Ahora, me parece que he encontrado un pequeño gazapo:
    «Luis oyó un revuelo escaleras arriba, un breve forcejeo. Decidió que no llegaría mucho más lejos por las escaleras y se aventuró por el pasillo.» Será Gregorio, que es el que está huyendo, a no ser que mi comprensión lectora esté peor de lo que creo

  2. Buenas, Ego y corre enganchan nada más empezar a leer. Los otros dos capítulos rompen el ritmo iniciado por Ego… aunque supongo que en algún sitio hay que meterlos si las dos líneas argumentales van a cruzarse en algún momento. No sé, me frustró un poco el cambio de escenario después de Ego… quizás cambiaría el orden de capítulos pero no soy escritora. En cualquier caso, enhorabuena wardog esto tiene buena pinta.

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