2-Cuatro

Una ráfaga de aire frío se coló entre las torres hasta el patio, haciendo remolinear el vapor del plato que Null acercaba a Uno.

-Oye, deberías comer algo.
-No tengo hambre.
-¡Venga ya! Llevas sin comer nada desde anoche. ¿Qué cojones te pasa?
-Nada, cosas mías. Me duele un poco. Por la humedad, supongo. Nada más.
-Mayor razón para… ¡Aristóteles! ¿Qué coño haces?

El grandullón que se sentaba al lado había cogido el plato que Null sostenía para Uno y había empezado a comer con apetito.

-Es inútil insistir. Es un cabezota, Null. Si no quiere comer que no coma. Y si no quiere comer caliente, menos querrá comerse esta bazofia fría.
-Míralo, siempre cargadito de razones, el tragaldabas éste-, rió Null.
-Se llama pragmatismo, so lista-. Protestó Aristóteles escupiendo parte del contenido de la boca.- Perdón.
-Deja que coma, mujer- dijo Uno, dando un sorbo al poco de café que sostenía entre las manos. – ¿No ves que está en edad de crecimiento?
-Sí- dijo Aristóteles.- Cualquier día pego el estirón-, rió tragando otro bocado.

Apuró el plato en un abrir y cerrar de ojos, se dejó caer de espaldas y se quedó dormido casi al instante.

-¡Pero cómo coño puede quedarse dormido este animal de esa manera! ¡Es increíble! ¡Increíble!- bufó Null.
-Es como un niño grande-, dijo el cuarto componente del grupo, que acababa de llegar.
-Coño, Diego, ven tocando las palmas o algo, o me harás escupir el corazón a la hoguera- refunfuñó Null de nuevo.
-Así comeríamos algo de carne decente- dijo Aristóteles sonriendo justo un segundo antes de volver a resoplar como un bendito.
-Perdona, es la costumbre. Pero si soy de los malos os envuelvo para regalo.
-Bien sabes tú que aquí podemos estar tranquilos.
-Os gusta el sitio que os he escogido, ¿eh?

Los cuatro estaban en el patio interior de una enorme casa señorial abandonada, en un minúsculo pueblo en medio de la inmensa llanura de la Sección 45. El interior fue en parte una biblioteca de gusto dudoso, y les vino bien, pues tenían como combustible memorias de famosos de medio pelo de hacía veinticinco años y gruesas pilas de revistas del corazón amarillentas y arrugadas, que a fuerza de humedad, tiempo y el animal de Aristóteles enrollándolas fuertemente, eran una leña bastante decente.

Diego se sentó al fuego y acercó las manos para calentárselas.

-¿Y a éste qué le pasa? ¿Le habéis quitado las pilas?- preguntó señalando a Aristóteles con la barbilla.
-Se ha muerto de ansia-, contestó Null con una sonrisa torcida. – ¿Qué tal te ha ido?
-Bien, podemos estar tranquilos. Es un pueblo de paletos, tranquilo y con poca vigilancia.
-¿Hay cobertura?
-Abierta hay por todas partes, como siempre. De la buena, muy poca y muy poco expuesta.
-¿Dónde?
-Donde siempre. Centro de detención, banco, ayuntamiento…
-¿Y por qué hay poca?
-Pintura de hierro.
-Qué mierda. ¿Dentro o fuera?
-Fuera desde luego. Dentro no lo sé, y sólo he visto un rincón detrás del ayuntamiento donde podríamos rascar un poco para ver si sale algo, pero sólo podría ir uno de nosotros. No hay dónde esconderse.
-Pues qué bien-, dijo enfurruñada.- Cuanto más al norte vamos, más difícil se está poniendo la cosa. Y nos estamos quedando sin dinero anónimo.

-Lo de aquel pueblo fue potra. No volveremos a tener tanta suerte.
-Ya. Pero lo bueno no se olvida nunca. Cobertura administrativa sin honeypots y a quinientos metros de la fuente. Podría haberme quedado allí un año.

Guardaron silencio y Diego se sirvió un poco del puré grumoso que esperaba junto al fuego.

-Oye, delicioso esto-, dijo intentando tragar sin tocarlo con la lengua.
-Pues aquí el bello durmiente se ha puesto las botas. Tres platos se ha comido.

Diego siguió comiendo y cuando terminó se quedó mirando a Uno. Uno normalmente era un tipo serio, poco dado a las bromas. Diego sabía que pocas cosas molestaban más a Uno que las distracciones. Sabía reconocer cuándo estaba inmerso en sus pensamientos, tan profundamente que el resto del mundo pasaba a su alrededor sin rozarle. Tan sólo a Null le hacía caso cuando entraba en sus fases silenciosas.

Cuando Uno entraba en Una de esas fases, más valía acampar en un sitio seguro y esperar a que se le pasase.

En una ocasión le perdieron de vista mientras paseaban por la avenida principal de una ciudad grande y se metió ensimismado en un Centro de Reclutamiento para Obra Social. Sacarle de allí casi les cuesta el pellejo.

Diego sonrió ampliamente al recordar cómo Aristóteles convenció a los dos policías que le habían reconocido para que le dejasen salir de allí: enterrándolos bajo tres sólidos escritorios metálicos y cinco archivadores llenos. Tuvieron que salir por piernas y echarse al monte. Literalmente. Casi les cogen. Estuvo muy cerca. Esos dos policías convocaron un ejército en pocas horas para encontrarlos.

De vez en cuando, Uno daba un sorbo a su café sin dejar de mirar fijamente la hoguera.

Diego se levantó y fue a buscar unas mantas a los petates. Echó una de ellas a Uno sobre los hombros. Uno puso su mano derecha sobre la de Diego, le miró brevemente y murmuró un agradecimiento.

Extendió otra manta sobre el gigantón que dormía a pierna suelta, con un hilo de baba desplazándose lentamente por su mejilla y entregó otra a Null, que se envolvió al instante como un ovillo, pero permaneció sentada mirando al fuego, igual que Uno.

Diego puso dos rollos de revista más en el fuego, cogió su manta y desapareció sin hacer ruido.

El silencio bajó del cielo y se acostó en el patio de la vieja biblioteca alrededor del fuego siseante. Uno seguía las pavesas con mirada ausente. Null se tumbó en el suelo mirando fijamente a Uno a través de las llamas. Ambos se miraron a los ojos hasta que Null, rendida, se quedó dormida.


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1-Ego

Un pez fuera del agua hubiese estado mucho más cómodo que Gregorio Zabala en aquellas lujosas oficinas. Su mejor traje le hacía sentir como un mendigo dentro de aquella habitación. La taza que sujetaba entre las manos seguramente valía más que todo lo que llevaba encima. Y el café era, de lejos, el mejor que había tomado nunca. Luis, su socio, le había citado el día anterior allí a las once de la mañana y el muy cabrón aún no había aparecido. A Gregorio no le gustaban los despachos y menos aún, ir solo.

Pese a ser el mejor analista de mercados del mundo, no le prestaba ninguna atención a su aspecto, ni al de su coche, ni, en general, al dinero. Para eso estaba Luis.

-Don Gregorio, empezamos en cinco minutos- le dijo una secretaria sonriente asomando la cabeza por la pesada puerta entreabierta.
-De acuerdo…- dijo sin prestar demasiada atención, mirando su taza de café,mientras permanecía inmóvil de pie frente a la puerta de la sala de juntas.

Luis y él se conocieron en la universidad y enseguida congeniaron. Se complementaban perfectamente y antes de terminar sus estudios habían montado una empresa con más ilusión que medios. Comenzaron asesorando a pequeñas empresas por un precio ridículo. Gregorio demostró muy pronto tener un don.

Su primer cliente fue un modesto tornero a comienzos de los 80. Luis trazó un plan de negocio a cinco años con el que el pequeño tornero llegó a competir con los primeros fabricantes mundiales de tornillería de precisión para pequeños aparatos electrónicos. Cuando la informática de consumo comenzó a crecer exponencialmente, el pequeño tornero había diversificado su producción y proveía placas vírgenes para circuitos impresos, cableado, tornillería, componentes magnéticos y multitud de componentes mecanizados, como muelles, resortes, pulsadores o conectores. Los grandes ensambladores pronto se fijaron en él y el modesto tornero ahora viaja en jet de Shangai a California visitando sus factorías.

-¿Otro café mientras espera, Don Gregorio?- le preguntó solícita la recepcionista.
-No, no, muchas gracias, señorita.

Ese primer cliente les proveyó de fondos más que suficientes para que Luis hiciera crecer su propia empresa hasta convertirla en la primera consultora mundial. Todas las grandes compañías del mundo hacían cola para conseguir un análisis de Gregorio. Luis los manejaba a su antojo. Cobraba sumas absurdas de dinero por los estudios de Gregorio y los limitaba a objetivos muy concretos. Los importes se multiplicaban sin piedad si los clientes querían exclusividad frente a su competencia. En definitiva, eran los mejores.Estrellas de la consultoría, jugaban en otra liga, a dos unidades astronómicas de sus mejores imitadores. Los mejores sólo para los mejores. Tan exclusivos que Luis cercenaba inmediatamente cualquier publicidad del gabinete en cualquier sitio. Ni televisión, ni prensa, ni Internet. Los clientes de la empresa sabrían encontrarlos.

-Don Gregorio, pase, por favor. Disculpe que le hayamos hecho esperar. El señor director ya está preparado para recibirle-, le dijo la secretaria al cabo de un rato mucho más corto de lo que hubiese deseado. Miró dentro de la taza y le devolvió la mirada un señor ojeroso de aspecto frágil y cansado.

Dejó la taza de café en una mesita y siguió a la secretaria a través de unas gruesas puertas dobles de caoba prolijamente grabadas y pulidas. Un amplio pasillo desembocaba en una sala de juntas impresionante.  Maderas nobles, mármol, metales preciosos, obras de arte únicas. Una demostración de poder tan bien combinada que se quedaba sólo a un centímetro de la obscenidad.

Un desagradable olor a tabaco llenaba la estancia pese a que en el edificio estaba prohibido fumar. Al ver que se quedaba mirando las densas volutas de humo, alguien le dijo:

-Vamos, Goyo, ¿quién va a decirle a los jefes que no fumen en su despacho?- Sonaron algunas risas relajadas. Quien había hablado era su socio, Luis Areces. Mira dónde estaba el cabrón, qué bien había esquivado una sesión de interminables preguntas en la sala de espera. Luis abrió una caja de puros cubanos. -¿Quieres uno?

Luis se encontraba en su salsa. Gregorio era una rata de biblioteca, capaz de asimilar y cruzar información dispar para producir un escenario económico favorable a su cliente, un genio en la comprensión de los mercados, de los movimientos de masas humanas, la geopolítica, la moda, la historia e incluso la climatología. Luis era un halcón de los despachos. Un negociador despiadado y un genio interpretando la reacción de sus interlocutores a cada una de sus palabras. Nadie como él para comprender las palabras que no se dicen y para callar y decir más que con palabras. El vendedor más eficiente y ambicioso del mundo.

Durante los cinco últimos años, sin embargo, Luis le había mantenido ocupado con un proyecto titánico, no con los análisis acotados a los que le tenía acostumbrado. Cinco años diseñando escenarios imposibles para vender como material lectivo a una universidad de prestigio mundial, pero su socio no le dijo cuál. Sus libros se estudiarían en todo el mundo durante mil años, le decía Luis cada vez que terminaba de leer un volumen recién terminado.

Sin embargo, nunca le dijo quién era su cliente para no condicionarle en sus planteamientos, según él. Por supuesto que Gregorio quiso indagar, pero al parecer, tan sólo Luis conocía al cliente, y los multimillonarios pagos que recibían por cada libro eran imposibles de trazar.Parecía que simplemente, aparecía el dinero en su cuenta. Una vez, incluso,devolvió una transferencia y segundos más tarde tenía el dinero en la cuenta otra vez junto con un incremento del diez por ciento. Aquello le desconcertó por completo.

De cualquier manera, estaba absorto con los escenarios. Le resultaban fascinantes y aterradores al mismo tiempo, y disfrutaba trabajando.Pero ahora tenía miedo de haberse equivocado. Su pasión por su trabajo tal vez le había hecho perder de vista qué estaba produciendo. No fue hasta haber terminado su obra completa cuando se dio cuenta de que el mejor análisis de su vida tal vez había sido el único que no debería haber hecho. El lujo de aquella oficina no hacía sino alimentar esa sospecha.

-No, gracias-, respondió con media sonrisa. Luis, que inmediatamente se dio cuenta de que algo no iba bien cerró la caja con un sonoro golpe de la tapa y se  levantó para presentar a Gregorio formalmente.
-Señores, éste es Gregorio Zabala el genio al que le debemos todo-, declamó extendiendo los brazos hacia Gregorio, como el que muestra un nuevo producto oculto hasta entonces detrás un telón.

La mesa al completo se giró para mirarle, sonrientes.Alguien al final de la mesa se levantó y comenzó a aplaudir. El resto de los asistentes le imitó. Durante un largo minuto, Gregorio permaneció de pie en el otro extremo de la larga mesa agarrado a su maletín y mirando con los ojos como platos a los asistentes a la reunión, que aplaudían con fuerza y sonreían. Reconoció la cara de varios políticos y empresarios famosos entre ellos.

Finalmente, los aplausos fueron desapareciendo y el hombre impecablemente vestido que había comenzado la ovación se acercó con paso firme y amable sonrisa hacia él para estrecharle la mano. Luis se acercó para hacer las presentaciones.

-Gregorio, te presento a Don Umberto Márquez, el cliente para el que has estado trabajando todo este tiempo.  Don Umberto, he aquí a nuestro genio: Gregorio Zabala.

Umberto, con una gran sonrisa, tendió su mano a Gregorio y éste la miró como si fuese una cobra.

-Luis, tengo que hablar contigo-, dijo, apartando la mirada de la mano de Umberto después de unos segundos. Umberto borró su sonrisa inmediatamente.
-¿Y tiene que ser ahora precisamente?- Le dijo Luis, matando con la mirada a Gregorio. Gregorio estaba absolutamente bloqueado. El cerebro de Luis bullía de actividad. Mierda, Goyo, no la jodas ahora, hombre. No la jodas.
-Sí, ahora mismo.
-Lo que tengan que hablar, pueden hablarlo aquí sin problemas. Estamos entre caballeros-, sugirió Umberto sin volver a sonreír. Sin embargo, poco había de invitación en el tono de su voz.

Gregorio y Luis se miraron fijamente, uno frente al otro. Un murmullo recorrió la mesa.

-Adelante, habla. ¿Qué es tan importante?

Gregorio se sintió de repente muy, muy pequeño.Increíblemente cansado y a punto de echarse a llorar. Cogió aire. Tenía los hombros tensos.

-¿Tú sabes quién  es éste hombre?- dijo señalando con el dedo a Umberto sin ningún pudor.
-¡Claro que sé quién es! ¡Todo el mundo lo sabe!
-¿Y sabes que es el dueño de medio país?  
-En realidad, de un poco más-, rió Umberto con sorna.- La semana pasada me hice con dos bancos bastante importantes, así que ahora tengo menos competencia para conseguir el otro medio.

La mesa coreó con una carcajada la intervención de Umberto.

Gregorio sacudió la cabeza.

-¿Qué necesidad tenías de engañarme? ¿Esta es la prestigiosa universidad? ¿Para esto me he estado devanando los sesos día y noche?
-¿Cómo que “para esto”? Esto es el futuro: éste es el negocio definitivo, Goyo. El que no esté aquí ahora, será una mierda en diez años. Y si no apelo a tu puto ego, te hubieses quedado atrás.
-¡Nadie debería haberse adelantado hasta aquí, Luis! ¡Nadie!
-Gregorio, estás sacando las cosas de quicio.
-No, Luis, no- le temblaba la voz.- Esto es una monstruosidad…

Gregorio se dio cuenta en ese instante de que había sido un ingenuo, de que no se había parado a pensar para qué una universidad de prestigio mundial querría que un consultor diseñase unos escenarios tan atípicos, tan distópicos, por mucho que fuese el mejor. Efectivamente, el ego le había traicionado.

Una marea de impotencia se apoderó de Gregorio. La sangre abandonó su cara y un vacío insoportable se instaló en su estómago. Aunque no sirviera de nada, se agarró más fuerte aún a su maletín para intentar controlar el vértigo. Su cabeza hervía con las implicaciones de su trabajo, con las infinitas consecuencias que se podían derivar, desde el mismo momento en el que empezó a redactar sus trabajos y cayeron en manos de Umberto Márquez. En la irresponsabilidad de sus actos. A cambio de fama. Por vanidad.

-Yo… yo… tengo que irme-, dijo balbuceando, mientras se retiraba hacia la puerta. La sala al completo seguía de pie asistiendo atónita a la escena.
-Gregorio, no lo hagas- suplicó Luis.- No seas gilipollas. Nadie en su sano juicio perdería una oportunidad como ésta.
-Tengo que irme… tengo que… –  las náuseas se apoderaron de él y salió corriendo hacia la puerta para buscar una papelera.
-¡Gregorio!- no era la voz de Luis la que tronó en la sala, sino la de Umberto Márquez la que le reclamaba amenazante. – Usted no se va.

Gregorio, ya con la puerta a tres pasos se giró para buscar el origen de la voz. Cuando consiguió enfocar la vista, vio a Umberto Márquez, el famoso banquero. Le miraba fijamente. De pie, en el medio de la sala.

Y estaba apuntándole con una enorme pistola.


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